Nico
Nico
— Me voy a tirar al metro, tía.
— ¡Hija!, ¡esas cosas no se dicen ni en broma!
— No es broma, tía. Voy a suicidarme, y solo usted puede evitarlo.
— ¿Qué te pasa, hija? ¿Qué te pasa?
— Lo sabe muy bien. Si no encuentro a Nico, me mato.
La Flory lo dijo tan secamente que la tía Lucía se asustó. En su cara no vio lágrimas, ni vio miedos, ni dudas. Solo vio que tenía la mirada perdida. Que su voz era firme. Que no le temblaba el pulso. La tía Lucía vio a una mujer desesperada a la que quiso llevar por otro camino.
— Tienes otro hijo.
— Ese es de Lalo. Sabe que me forzó para tenerlo. Si no encuentro al mío, no tengo ninguna razón para seguir viviendo. Será la única forma de hacerlo sufrir. Hasta ahora lo he retrasado por la situación de Andrés. Pero Andrés ya no corre ningún peligro. Si quiere evitar mi muerte solo tiene que hacer una cosa: decirme donde está Nico y acompañarme a su encuentro.
— No hagas ninguna tontería, hija. Te juro que vas a ver a tu hijo.
Lo había soportado todo. Desde que la Flory aceptó el precio por salvar la vida de su hermano fue un cadáver viviente. Fue insensible a todo. Trabajaba en las tareas domésticas de forma autómata, asentía a los placeres de Lalo estando siempre en otra parte, no hablaba con nadie, salvo cuando era forzada porque le preguntaban algo, atendía lo imprescindible a los compromisos sociales: era una persona ausente. Lo había soportado todo, porque nunca dio por segura la vida de Andrés. No se fiaba nada de la palabra de Lalo, y su hermano podía volver a ser detenido por cualquier cosa en cualquier momento, pero cuando Andrés, después de repetir dos años de mili, arregló todos los papeles y embarcó rumbo a Argentina, la Flory ya no aguantó más y se plantó ante su tía para averiguar el paradero de su hijo. Salvado Andrés, luchar por su hijo era lo único que le quedaba en la vida. Estaba segura de que su tía tenía que saber en qué colegio Lalo lo había escondido, o al menos lo sabía su hijo, y ella, por ser su madre, estaba obligada a exigirle que le desvelase el paradero de Nico.
Por eso cuando se plantó ante su tía y le dijo que si no encontraba a su hijo se tiraría al metro, la tía Lucía no tuvo ninguna duda de que así lo haría. Lo vio en sus ojos, porque no solo vio el deseo de una madre por abrazar a su hijo, sino la desesperación de una mujer totalmente abatida. Por eso no dudo ni un momento en jurarle que vería a su hijo.
Ella no sabía dónde estaba. Sabía por Lolo que estaba bien, porque se lo había preguntado varias veces. Una vez le pidió que le diese la dirección para ir ella a verlo, pero desistió ante el enfado de su hijo y la confesión de que él iba a verlo dos veces al año.
La tía Lucía no volvió a preguntar a su hijo por la dirección del colegio, pero ahora era distinto, después de ver la cara de la Flory iba a exigirle que le dijese el paradero de Nico, aunque tuviese que utilizar las mismas armas que había utilizado la Flory con ella.
Lolo era la única persona que se relacionaba con el niño. Su amigo nunca quiso saber nada de él. Ni siquiera quiso verlo. Por eso, cuando Lalo forzó su boda con la Flory, le encomendó a él todo el papeleo. Él fue quien subió al taxi con el hijo de su prima el día que cerraron el compromiso.
— Las instrucciones que me ha dado Lalo son claras: yo llevaré a Nico al internado, tú cogerás un taxi e irás a Monteleón a coger el autobús que te llevará al pueblo, Andrés saldrá de la cárcel e irá a encontrarse contigo. Luego tú te marcharás al pueblo y prepararás la boda y Andrés se reincorporará voluntariamente al ejército de Franco. Una vez en el ejército tendrá una semana de permiso para asistir a la boda en el pueblo y ser tu testigo.
— Tienes que decirme la dirección del internado.
— Me lo ha prohibido tajantemente. Si te lo digo se vendrá todo abajo. No habrá boda y se reabrirá el juicio a Andrés.
— No se enterará. Yo no diré nada.
— Se enteraría. Tú no podrías resistir sin ver a tu hijo, tú y yo lo sabemos, y nosotros también pagaríamos las consecuencias. La vida de mi mujer y la mía propia también estarían en peligro.
— Yo te juro que…
La frase de la Flory se quedó entrecortada al ver la cara impasible de su primo y la rotundidad con que movía la cabeza.
Nico murió de pena…, de pena y de hambre…
Cuando el médico apretó el dedo fuertemente en la parte derecha de la pelvis y bruscamente lo soltó, Nico gritó estrepitosamente. Fue el grito que anunció su muerte. “El cólico miserere”, dijo don Paco. “Teníais que haberme avisado antes”.
“¡Haberme avisado antes…! ¿Quién?, si Bruno estaba en el convoy, Boni en la guerra y yo en la cama”.
La tía María estaba desesperada, tenía la familia rota…, se descomponía todo. Bruno dispuesto a cometer una locura en cualquier momento. Boni llevado a la fuerza a dar tiros a los del otro lado. Y en el otro lado Andrés y la Flory de los que no sabía nada. Y ella en la cama con un dolor de estómago que la mataba. Y la niña, de solo ocho años, era quien tenía que hacer todas las tareas de la casa.
Nico no murió de hambre, sino de necesidad, como decía el médico del pueblo que estaba a cinco kilómetros:
— Ya sé que tus hijos no pasan hambre, María. -le dijo ante la insistencia de ella de que nunca les faltaba un plato caliente con alimento suficiente para llevarse a la boca-. Tus hijos lo que tienen es necesidad.
No pasaban hambre, pero ni sus hijos, ni ellos se alimentaban equilibradamente. Comían grasas en exceso, el tocino del cerdo les saciaba el hambre. También comían hidratos de carbono, todos los días cenaban patatas, pero les faltaban proteínas. No probaban la carne, a pesar de tener vacas y ovejas que criaban terneros y corderos, porque todo se lo requisaban. Las vitaminas también eran escasas, aunque comían uvas, melones o sandias, eran frutas de temporada y cuando la temporada pasaba, la fruta no volvía a aparecer por la casa.
De necesidad y de tristeza, porque veía la desesperación de sus padres. Su padre, impulsivo, insultaba a quienes lo obligaban a subir la munición al frente del puerto de Navafría para matar a sus hijos. Renegaba siempre de la guerra y siempre que hablaba de ella en casa era para maldecirla.
— ¡Al aire, hijo, al aire! -dijo a Boni cuando le reclutaron- ¡Dispara al aire, que enfrente está tu hermano! Y si se te escapa alguna bala que sea para quien te mande.
A Boni lo reclutaron en el primer remplazo que fue a la guerra. Tenía veinte años.
Y María sufría oyendo relatar a su esposo.
— Bruno, que tú nos pierdes. Si te oyen, te matan. Y si te matan, nos matan a todos. A los de allí y a los de acá.
— Tranquila, María, que yo me muerdo la lengua, me lo trago todo, me ahogo, pero no lo digo. Lo pienso, pero me callo. Solo aquí me desahogo. ¡Hijos de puta!
Y las lágrimas resbalaban por su mejilla. Él sabía que su otro hijo estaba en el frente, al otro lado, sabía que las balas que le obligaban a transportar los días de convoy iban destinadas a él. A su hijo y a Tinín. Porque, aunque Andrés no le había dicho nada sobre sus ideas, él las conocía. Las conocía, como le conocía a él. Desde pequeño fue rebelde, se encendía ante las injusticias, maldecía al rico y se sublevaba ante el cura o ante el alcalde cuando dictaban normas injustas.
Conocía las ideas de su hijo, como conocía las ideas de su yerno. Cuando viajó a Madrid para ayudarles a hacer la matanza se dio cuenta de que Tinín estaba comprometido con la República. De que sus amigos eran anarquistas, de que compartían los productos al margen de las normas. De que se ayudaban los unos a los otros bajo los principios de la ética y de la solidaridad. Supo las ideas que tenían y se dio cuenta de que así eran felices.
Bruno subió al convoy como todos los días. Se mordió la lengua durante el camino. Y llegó a su casa ya entrada la noche. Subió al pueblo de arriba a buscar al médico, pero fue tarde.
La Flory no conoció la muerte de Nico hasta después de la guerra. Cuando puso a su hijo el nombre de su hermano todavía eran felices. Llevaba a su hermano en el corazón y quiso tenerlo cerca.
Y Nico nació el día que construyeron su casa, cuando cerraron la puerta y se amaron esperando la llegada de los municipales. Cuando se amaron tanto que hicieron florecer anticipadamente las plantas y llegaron hasta el límite donde dos ya solo pueden ser uno.
La Flory descubrió el amor total en ese instante, porque lo mismo que quería devorar a Tinín… poseerlo, ser su dueña, tenerlo dentro y guardarlo para siempre; igual sentía la ternura de sus manos…poniendo ladrillos, construyendo ventanas, guiñándole un ojo… y quería conservarla para siempre. No podía separarlo del aire que respiraba en su casa, ni podía separarlo de lo que era su vida: de su pueblo, de sus praderas, de sus carreras por los montes detrás de las ovejas…, de su familia.
En su mente se instaló un todo global que con el paso de los meses se resumiría en un solo nombre: Nico.
— A rastras, hija, hubiese venido a rastras a ver nacer a tu hijo.
Recordaba que le había dicho su madre cuando vino a Madrid para ayudarla en sus primeros momentos de ser madre.
La tía Lucía cumplió su promesa. Arrancó a su hijo la dirección del internado y los días de visita y concertó una cita con los frailes.
Fueron las dos al Escorial en un taxi. Allí, arrinconado, escondido en un edificio lúgubre, encontraron a Nico. Tenía seis años y había pasado los dos últimos totalmente solo.
— ¡Mala.., mala…, mala…!
Fue el recibimiento de su hijo. A la Flory se le llenaron los ojos de lágrimas. Abrazó a su hijo y hundió su cabeza en su pecho. Nico le tiraba de los pelos con rabia. La Flory lloraba.
— ¡Mala…, mala…, mala…!
— Tírame fuerte, hijo, más fuerte. Me estás dando la vida.
— ¡Mala, mala, mala! ¿Por qué no estás…?
Se hubiese dejado arrancar todos los pelos y hubiese sido feliz..., ¡tenía, por fin, a su hijo en sus brazos!
Cuando Nico no pudo más, cuando las fuerzas de sus manos se acabaron y se quedó exhausto, cuando calmó toda su rabia, dejó de tirar de los pelos a su madre. La vio empapada en lágrimas y se contagió del llanto, entonces le dio todos los besos que le tuvo guardados durante más de dos años. La besó acaloradamente, con ansia, con un deseo inmenso de comérsela, de acapararla para siempre.
— ¡Todo es mentira, hijo, todo es mentira!
— ¡No te vayas!
— Todo lo que te hayan dicho, y todo lo que te digan a partir de ahora, es mentira. Solo hay dos verdades en la vida y he venido para que las sepas. Para que te las aprendas y no las olvides nunca: “Tu padre fue el mejor hombre del mundo. Tu madre te quiere mucho”. Repite hijo, repite: ¡mi padre fue el mejor hombre del mundo!
— ¡No te vayas!
— Repite, hijo, es la única forma de quedarme contigo.
— ¡No te vayas!
— Repite: ¡mi padre fue el mejor hombre del mundo!
— ¡Mi…mi…!
— ¡Mi padre fue el mejor hombre del mundo!
— ¡Mi…, mi padre fue el mejor hombre del mundo!
— Ahora dilo más bajo, que casi no se te oiga.
— ¡Mii padree fue elll mejor hombre del mun…do!
— Ahora todavía más bajo, que no te oiga ni yo.
— ¡mii… pa… mun…!
— Todavía más bajo, hijo. Solo para ti, para que lo oigas solo tú
— ¡…!
— Así hijo. Solo para ti, sin que se entere nadie. Ahora repite igual de bajito: ¡mi madre me quiere mucho!
— Mi…
Sin terminar la frase se echó a llorar nuevamente.
— No llores, hijo, tenemos que ser muy fuertes. Es como un juego y tenemos que ganar. Tienes que confiar en mí. Para ello tienes que repetir, más bajo aún. Solo para ti: ¡mi madre me quiere mucho!
— Mi…, mi madre meee quieeere muuucho.
— Más bajo. Como antes.
— Así, hijo, así. Repítelo todos los días muchas veces, pero asegurándote de que nadie te oiga. Si te oyen perderemos el juego. Todo lo demás es mentira. Pero no se lo digas, porque si lo haces nos descubrirán también. Haz como que les crees y sígueles la corriente. Diles a todo que sí, que estás de acuerdo, pero piensa en nuestro secreto.
— Sí, pero quiero que estés conmigo.
— Vendré a verte muchas veces.
— Quiero que me lleves contigo.
— No puedo. No me dejan. Los malos no me dejan estar contigo.
— No quiero estar solo.
— Nunca estarás solo. Estarás con nuestro secreto.
— Pero quiero que vengas siempre.
— No sé si podré. Si no vengo es porque no me dejan, pero tú no se lo digas. Si te dicen que tu madre no te quiere y que por eso no viene a verte, no les contradigas. Repite dos veces lo que te he dicho para ti y a ellos diles que vale.
— No me dejes.
— Repite, hijo. Repite nuestro secreto.
— Al oído, repítemelo al oído. Mi madre…
— Mi madre me quiere mucho.
— Así, así, bajito, sin que te oiga nadie. Siempre que lo digas yo estaré contigo.
La Flory siempre llevó a Nico en su corazón.