SOY

ZaHIR 2.7.

Nací el año primero después de la Hecatombe. Soy descendiente de ZArkO 2.6. y HIRby 2.5. Soy ciudadana del Estado Atlántico Este Norte. Habito en la zona tres, en el distrito de autonomía energética número veinte, y en la ciudad setenta y cinco.

Las noticias que tengo de mis cuatro primeros años son muy confusas. En mi ficha solo pone el nombre de mis ascendientes, el estado al que pertenezco y el lugar donde nací: un zulo con unas coordenadas que no recuerdo. Como además mi memoria todavía no había aparecido solo puedo decir que una nube negra es el principio de mi existencia.

A partir de los cuatro años recuerdo algo. El principio todo es vago, pero la idea de una cabeza enorme con una trompa muy larga viene constantemente a mi mente. Después empecé a saltar en un lugar totalmente hermético, cerrado por gruesos muros y con una luz cambiante. Unas veces era blanca, otras amarillenta y la mayoría del tiempo tenía una tonalidad azul, unas veces más clara y otras más oscura. Corríamos unos detrás de otros sin poder tocarnos, creo que seríamos unos cincuenta, y de vez en cuando nos daban una cosa diminuta que nos teníamos que meter en la boca durante unos minutos y después tragárnosla. Todos vestíamos igual: una malla elástica y porosa que se adaptaba perfectamente a nuestro cuerpo, que permitía nuestro crecimiento y que era sustituida anualmente por otra de mayor tamaño. Se completaba con los botines, las calcetas, los guantes y la cosa grande con trompa de la cabeza. También recuerdo que cuando dejábamos de correr nos ponían unos cascos en las orejas y escuchábamos unos sonidos musicales que nos relajaban. Entre la música, que escuchaba con agrado, de vez en cuando oía frases que me hablaban de números, de palabras y de hechos históricos.

A los siete años, con el cuerpo totalmente protegido por la malla, las calcetas, los guantes y la escafandra, salí por primera vez al exterior y vi un ligero sol que se traslucía tras una niebla espesa. Nos llevaron a una ciudad derruida. Fuimos en un enorme aparato volador y durante el trayecto, a través del sistema que teníamos acoplados a nuestra cabeza, nos contaron que en la ciudad a donde nos dirigíamos encontraríamos los restos de nuestra antigua civilización y que las casas derruidas eran el resultado de los errores que cometieron nuestros antepasados.

La cosa grande que me perseguía en los sueños de mi niñez, ahora, a mis siete años, tenía forma. La llamaban escafandra, se ajustaba perfectamente a la cabeza y tenía un tuvo que comunicaba con una mochila que llevábamos en nuestra espalda. Caminábamos con pasos lentos y acompasados al ritmo de nuestra respiración. Observábamos con detenimiento el estado del paisaje y escuchábamos con atención los mensajes que llegaban hasta nuestros oídos a través de un sistema de audio integrado en la propia escafandra. En todos ellos se nos recordaba el daño que ocasionó al planeta que los antiguos humanos se hubiesen dejado llevar por las emociones y los sentimientos.

Tuvimos un tiempo de libertad para deambular por las casas derruidas y para investigar los daños del desastre. Fue en una de ellas, en la oquedad dejada por dos enormes muros de hormigón, donde encontré una cosa polvorienta que me llamó la atención. Lo limpié con mis guantes y descubrí un cofre lleno de abolladuras y arañazos. Me apresuré a abrirlo en busca de un tesoro de tiempos históricos. Lo que descubrí fueron unas notas desconectadas y unos garabatos con una simbología indescifrable para mi entendimiento. En una de las notas figuraba el nombre de Elisenda y me lo apropié como mío. Empecé a soñar que ese nombre correspondería a alguno de mis antepasados. Desde entonces lo he asociado al nombre de una supuesta bisabuela materna.

Siempre he tomado dos pastillas cada día, pero tardé mucho en saber su verdadera utilidad. En mi primera salida, a los siete años, a la tierra destruida, nos dijeron algunas cosas relacionadas con cada una de ellas. La inhibidora era la que nos mantenía despiertos a la realidad, eliminaba las emociones dañinas y era la que impedía que los desastres se reprodujeran. Era el perfecto complemento de la primera, a la que llamaban la nutritiva, y que nos proporcionaba la alimentación necesaria para el crecimiento, primero, y para el mantenimiento de la salud, después. Así pues, a los siete años deduje que una pastilla nos mantenía sano el cuerpo y la otra nos mantenía sana la mente.

Además de las pastillas, el día de la felicidad, tomábamos otros alimentos cuya finalidad era dar trabajo a nuestro organismo para que los órganos vitales de nuestro cuerpo no se atrofiaran. Eran frutas y legumbres que recibíamos en forma de raciones cada siete días.

Después de esa primera salida mis recuerdos siguen un proceso inverso. Los más alejados tienen más vida que los cercanos. En realidad todos son vagos, no hay nitidez en ninguno de ellos. Los de mi juventud y mi adolescencia, que tendrían que ser los que marcasen mi vida, están difuminados en el tiempo y asociados a un círculo de personas más altas que yo, pero siempre de mi mismo sexo.

Mi periodo de aprendizaje tuvo dos fases. La primera, de recopilación de conocimientos y la segunda, de especialización para la incorporación al estado ciudadano. Todos los conocimientos que me inculcaron estaban relacionados con la supervivencia. Partían del suceso histórico de la Hecatombe y del poder de resistencia del ser humano para subsistir a la adversidad. El estado ciudadano implicaba la obligación de producir para lo que era necesaria la especialización, yo lo hice en la sección química y farmacéutica. También implicaba el deber de cumplir con las normas del Estado. Una de esas normas era, en el caso de las mujeres, la preparación de nuestro cuerpo para cumplir con nuestra obligación de procrear.

Llegué a la fase de la reproducción a la edad estipulada: veintidós años. Como a toda mujer, me hicieron un exhaustivo reconocimiento ginecológico, me cambiaron la píldora inhibidora por la reproductora y me declararon apta para ser gestante. Ser gestante significó un gran cambio para mí. Salí del zulo en donde había vivido mi etapa de aprendizaje convertida en ciudadana y me incorporé al Centro de Reproducción y Supervivencia.

El Centro era un edificio exterior recién construido que tenía todas las garantías de habitabilidad. Los primeros edificios que se construyeron en el exterior durante la era del reciclaje estaban situados a cien kilómetros del punto cero. En la zona en la que se hizo el Centro, a pesar de haber pasado veinte años, todavía persistían unos índices de radioactividad que hacían obligatorio el uso de la escafandra E20 y de la malla M20.

El nuevo edificio estaba totalmente aislado, constaba de dos paredes de materiales antirradioactivos con una separación de cincuenta centímetros que estaban rellenas de materiales de reciclaje: una mezcla de materiales antiguos triturados. La luz natural penetraba en el edificio por un sistema de ventanas que se correspondían con cada uno de sus habitáculos. Cada ventana tenía cinco vidrieras separadas por diez centímetros y con un sistema de absorción de la radioactividad en cada uno de sus laterales. Me asignaron un habitáculo individual en el que pude quitarme la escafandra, la malla, los guantes y las pantuflas por primera vez. En él esperé mi primer proceso de gestación.

Seleccionaron esperma de una persona de mi mismo estado, pero de la zona 8 y del departamento 6, de una variedad genética muy distinta a la mía. EGhuR 3.0. fue la identidad que me dieron de la persona propietaria. Me colocaron una pulsera con esas letras y con un código genético en la muñeca de mi mano derecha. En la mano izquierda llevaba ya dos: una con los nombres de mis ascendientes y otra con mi nombre y mi código genético. En ellas estaba toda la información que tenía que llevar el resto de mi vida para que se supiera, además de mi identidad, quienes eran mis ascendientes y quienes eran los de la criatura que empezaba a engendrar.

Pasé los nueves meses en mi habitáculo de la zona de reproducción perfectamente alimentada y con un control minucioso de todo el proceso de gestación. Observé cómo mi barriga se hizo enorme, cómo todo mi cuerpo cambió y cómo unas sensaciones que nunca antes había tenido comenzaron a aparecer por mi cuerpo. Fue una etapa muy rara, notaba que algo se desarrollaba dentro de mí, pero no tenía ningún control de lo que me estaba sucediendo.

Noté los labios de mi primer descendiente cuando desperté en una cama rodeada de tubos y de personas con mallas blancas que daban vueltas en torno a mí. Eran unos labios que buscaban algo, que baboseaban mis pezones, pero que no llegaban a succionar mi leche, o al menos yo no notaba que algún líquido saliese de mi cuerpo. Apenas pude ver el brillo de sus ojos porque inmediatamente lo separaron de mí y lo llevaron a otra habitación continua. Lo que sí escuche fue su llanto, primero lo oí entre sueños y después lo escuché perfectamente cuando abandoné el estado somnoliento en que me encontraba. Fue un llanto que se quedó grabado en mi cerebro y que recuerdo todavía porque se repitió durante treinta días. En ese tiempo lo escuchaba periódicamente cada cuatro horas. Primero en los brazos de una mujer vestida de blanco. Después acercaban el niño a mi pecho e inmediatamente cambiaba el llanto por un jugueteo con uno de mis pezones, que culminaba con la succión del líquido lechoso que salía del interior de mi cuerpo. Era un alivio tener a ese niño que desde el primer momento fue calificado como mi descendiente primero y a quien asignaron una identidad que grabaron en una pulsera colocada en su manita y de la que a mí me dieron una copia para unirla a las que ya llevaba.

Era un alivio establecer comunicación con esa persona diminuta que me acompañaría siempre, aunque solo fuese en la pulsera de mi mano derecha. En ese momento significó el conocimiento de que había algo dentro de mí que yo podía dar, que me comunicaba con un cuerpo diminuto con el que compartía el calor y las pulsaciones y que me proporcionaba una gran satisfacción.

Solo fueron treinta días, pero me acostumbré a sus lloros, a sus lamidos, a sus chupeteos, a sus eructos, a sus deposiciones y al olor de su cuerpo. Llegaba la mujer vestida de blanco, lo dejaba encima de mi pecho y observaba durante unos quince minutos todo el proceso de amamantamiento. Después me lo quitaba bruscamente y desaparecía, y yo me quedaba impaciente a esperar que viniese de nuevo el llanto.

El proceso se repitió otras dos veces. En aquel momento el Decreto de Supervivencia obligaba a toda mujer cuyo resultado fuese de Apta para la procreación a tener tres descendientes. Así que tras los treinta días de amamantamiento comencé un tiempo de recuperación consistente en una alimentación especial que duró dos meses, un régimen de pastillas fertilizantes para llegar al día señalado en condiciones óptimas para engendrar y una sesión diaria de ejercicios gimnásticos para que el aparato reproductor se fortaleciera.

TarIM 7.4., fue el progenitor de mi segundo descendiente, que en este caso fue mujer y PaRKo 9.2. el progenitor del tercero que también fue mujer.

A mis veintiséis años con una ristra de pulseras repartidas en ambas manos —las de mis ascendientes, las de los progenitores, las de mis descendientes y las mías propias— entré en la sala de registro. Me sustituyeron todas por una grabación cutánea en mi brazo derecho: el chip identificativo. Me convertí en ciudadana trabajadora. Cumplido el proceso reproductivo, y tras una breve estancia de siete días en la zona de aislamiento y relajación, me trasladaron a la ciudad cincuenta y siete del área de producción y de residencia ciudadana, que era un refugio subterráneo enorme.

Salí del Centro de Reproducción y Supervivencia con mi escafandra E20, mi botella de oxígeno a la espalda, los guantes, las pantuflas y la malla M20 protegiéndome todo el cuerpo. Me trasladaron en un aparato volador de transporte individual hasta una de las entradas de la ciudad. Me metieron en un enorme descensor con dos apartados. En el primero me quité toda la ropa y un aparato absorbente atrajo la posible radioactividad que pudiese generar mi cuerpo y mi ropa al proceder al cambio. En él la dejé y, totalmente desnuda, crucé un filtro esterilizante y pasé al segundo apartamento, donde encontré la nueva ropa que utilizaría en mi nuevo destino: una malla más fina, que me cubrió todo el cuerpo, unos guantes más adaptables a las manos, unas pantuflas muy cómodas y una mascarilla F33 que me podía quitar en las zonas limpias.

La ciudad cincuenta y siete era un sótano enorme rodeado por grandes muros de hormigón, que constaba de una calle principal con barracones a cada lado. El de un lado servía de residencia y el del otro de producción. Ambos tenían la misma letra y a mí me correspondió la H.

El barracón de residencia H tenía cien habitáculos. A mí me asignaron el habitáculo cuarenta y seis. Era un rectángulo de tres metros de largo por dos de ancho. Tenía en el techo un ojo visor que controlaba todos mis movimientos. Constaba de una cama, un lavabo y un depósito de residuos. La cama era de un material conglomerado muy duro encima del cual se extendía un colchón de un material adaptable a la curvatura de la espalda. El lavabo era un recipiente de acero inoxidable con un grifo que tenía la finalidad de humedecer las partes de nuestro cuerpo que quedaban en libertad por la noche: las manos y la cabeza. Y el depósito de residuos una taza diminuta que recibía nuestras deposiciones, tanto sólidas como líquidas, con salida al pozo de recuperación de los desechos orgánicos.

Volver al agujero supuso un golpe para mí. Durante los tres años de mi vida en el exterior me hice ilusiones y pensé que el tiempo de la oscuridad había desaparecido. Pero no, la recuperación del mundo exterior iba muy despacio y entre las prioridades no estaba la de construir residencia para las personas que trabajaban en unos barracones de elaboración de píldoras nutritivas.

Al barracón de producción H se accedía cruzando la calle central. Todas las personas del barracón de residencia H trabajábamos en el de producción de la misma letra. La sala de producción constaba de una cinta giratoria por la que circulaban unos botes diminutos que debían ser llenados por un robot con las píldoras que salían por un tubo. Ese fue mi primer trabajo en el departamento de alimentación: controlar el aparato. Tenía dos brazos con dos dedos en cada uno de ellos y era un bicho raro. No tenía ojos pero parecía mirarme constantemente. Yo solo tenía que controlarlo. El control de los aparatos de producción era nuestra misión primordial. Los humanos éramos los dominadores, las máquinas eran las esclavas. Mi dominio consistía en poner en marcha el robot y sintonizar los ritmos. Una vez sintonizados, los dedos del aparato cogían una píldora de la cinta transportadora y la depositaban en la boca del bote que transcurría por la cinta paralela. Mi trabajo era un acto rutinario que me ocupó durante un periodo de veinticuatro años. Después me cambiaron de residencia y me cambiaron de producción. No me dieron ninguna explicación, simplemente me notificaron el cambio.

A los cincuenta años salí definitivamente al mundo exterior. La era del reciclaje llegaba a su fin y las ciudades zulo estaban siendo sustituidas por las ciudades recicladas. Desde mi estancia en el Centro de Reproducción y Supervivencia habían pasado veinticuatro años y solo había salido al exterior lo establecido: una semana los diez primeros años, dos semanas los diez siguientes y tres semanas los últimos cuatro.

La salida al exterior era un rito que se repetía todos los años con ligeras modificaciones en función de los avances que se iban logrando en la recuperación del planeta. Todas las personas que habitábamos en los zulos teníamos derecho a ese tiempo vacacional.

Después de veinticuatro años la era del reciclaje se dio por concluida. La ciudad cincuenta y siete fue reconstruida en el exterior. Cincuenta años fueron necesarios para volver a la vida al aire libre. Con mucha precaución, eso sí, porque la radioactividad seguía estando. En mínimas proporciones, pero ahí estaba. El edificio que me asignaron era similar al que había compartido en el Centro de Reproducción y Supervivencia. Todos los edificios construidos en la era del reciclaje eran idénticos, tenían una estructura rígida y maciza: dos paredes de un conglomerado antirradioactivo con una separación de cincuenta centímetros rellenas de materiales antiguos triturados. La luz natural entraba en el edificio por ventanales con doble vidriera y con aparatos de absorción y control de la radioactividad.

El interior de cada edificio estaba constituido por habitáculos individuales totalmente controlados por el ojo visor. El que me correspondió a mí tenía una superficie y una forma similar al del zulo, pero con un gran ventanal. La luz solar penetraba en mi recinto un tanto apagada como consecuencia del grosor de la ventana debido al número de vidrieras. El aire entraba limpio gracias a los aparatos purificadores. Y dosificado en función de las necesidades de la persona que ocupaba el habitáculo. Mi nuevo pabellón de residencia era el V. Estaba construido de forma idéntica al anterior por lo que no tuve ningún problema de adaptación.

Mi nuevo trabajo o, mejor dicho, mi nuevo tiempo de control, como se empezó a llamar después de la abolición del tiempo de trabajo, fue muy diferente. Para empezar la movilidad era el elemento más novedoso. Pasé de los espacios reducidos en el zulo a los espacios abiertos en la ciudad recién construida. La zona de residencia y la zona de producción estaban separadas por una distancia de unos diez kilómetros. Y por primera vez se me asignó un aparato volador de la gama uno: el unipersonal. Era lo más simple del complejo mundo de los aparatos voladores. Una base con dos plataformas donde había que apoyar los pies y una barra vertical con dos mandos de sujeción para apoyar ambas manos y un sistema de locomoción en dos fases. Una primera, propiciada por una pila atómica, ponía el aparato en movimiento en cuanto se pulsaba el botón rojo. Y una segunda con energía natural le mantenía moviéndose.

La energía natural era el último invento. También era llamada energía transformadora. Transformaba cualquier elemento de la naturaleza en movimiento. El aire, el sol, el agua, la luz, todo se convertía en movimiento. Una pila que se retroalimentaba era la encargada de mantener encendido el aparato y adaptarlo a la velocidad y a la altura deseada.

En el pabellón de producción, que era mucho más grande y moderno que el del zulo, pasé de controlar a los aparatos envasadores de píldoras nutritivas a los aparatos encargados de fabricarlas. De estar controlando una cadena de envase a estar en un laboratorio. Entrar en el laboratorio era mucho más sofisticado. Mientras que para acceder a la cadena bastaba con seguir el protocolo de las normas generales, para entrar en el laboratorio era preciso aumentar las medidas de seguridad. Primero teníamos que pasar por la sala de desinfección con la vestimenta habitual. Allí éramos sometidos a una ducha múltiple que consistía en recibir a presión chorros de agua con productos desinfectantes. Después nos teníamos que poner el equipo integral, que consistía en un buzo que nos cubría todo el cuerpo. Para ponerse el buzo se necesitaba de la ayuda de un robot que cerraba una cremallera que iba desde el coxis hasta la base del cráneo.

Con todo nuestro cuerpo totalmente protegido entrabamos en el laboratorio. Allí todo eran botones, cables y luces. La química lo resolvía todo con fórmulas y proporciones. Yo solo tenía que controlar el cuadro de luces. La verde indicaban que el proceso se llevaba a cabo de forma satisfactoria. La roja que se había cometido un fallo. Entonces el proceso se paralizaba y yo tenía que detectar el fallo y corregirlo. En mi laboratorio se llevaba a cabo el proceso de descomposición de los alimentos. Estos llegaban aptos para el proceso pues antes habían pasado por el laboratorio de limpieza y esterilización. El primer botón separaba el agua del resto de la masa nutritiva, el segundo botón localizaba las proteínas, el tercero los hidratos de carbono, el cuarto las grasas y el último las vitaminas. Los elementos así separados pasaban al siguiente laboratorio: el de concentración de los nutrientes necesarios para la elaboración de la píldora. En mi etapa de laboratorio pasé diez años y fui rotando por todos ellos.

El gran cambio sucedió cuando cumplí sesenta años. Me cambiaron de ciudad. De la ciudad cincuenta y siete, la ciudad de la alimentación, pasé a la ciudad setenta y cinco, la ciudad de la movilidad. Era una ciudad reconstruida sobre las ruinas de otra antigua afectada por los efectos de la Hecatombe. Las ciudades afectadas eran aquellas que habían sufrido unos daños tan grandes en su edificabilidad que fue preciso la destrucción total y la reconstrucción en la era del reciclaje. Todas estaban a una distancia no superior a los cien kilómetros del punto cero de una zona afectada.

En la ciudad de la movilidad se construían todos los aparatos voladores del Estado Este Norte. Desde el gamma uno, que era el que yo tenía asignado para mi uso particular, al gamma cien, llamado también el gran ballenato, un enorme aparato con capacidad para un millar de personas.

El simulador que me tocó controlar era muy simpático, perdón por utilizar una palabra inadecuada para definirlo, pero no me lo he podido reprimir. La nave de producción de los aparatos voladores era un barullo. Convivíamos los humanos con los simuladores y con los aparatos robóticos.

Los aparatos robóticos eran los más simples en su diseño y en sus prestaciones. No tenían ningún parecido con los humanos y estaban diseñados en función del trabajo que debían desarrollar. Su estructura mecánica era fruto de una combinación de elementos articulados de acero inoxidable, aluminio y titanio y un sistema sensorial de cables. Estaban ubicados en la cadena de montaje y eran los encargados de acoplar las piezas que aparecían en la cinta. Con ellos no tenía ninguna relación pues eran los simuladores quienes se encargaban de que su funcionamiento fuese siempre el adecuado.

Los simuladores pertenecían al diseño más complejo y no solo debíamos controlar su perfecto funcionamiento sino también responder periódicamente a las normas de diferenciación. La diferenciación de los humanos y los simuladores era un ejercicio diario controlado por los ojos visores que cubrían toda la nave. Su constitución y sus movimientos eran tan parecidos a los nuestros que periódicamente teníamos que hacer visible nuestra condición superior. Ambos paseábamos por los pasillos que había entre las diferentes cadenas de producción. Los simuladores controlando a los aparatos robóticos y nosotros controlándolos a ellos. A veces nos esquivábamos los unos de los otros y siempre éramos los humanos quienes debíamos estar al tanto para no chocar. Los simuladores eran insensibles y aunque estaban programados para no chocar ni entre ellos ni con los humanos, a veces parecía que querían jugar con nosotros y no se apartaban de nuestro camino. La alimentación era un ejercicio diferenciador. Durante el tiempo que dedicábamos a su control tomábamos una píldora nutritiva y bebíamos agua cada treinta minutos. El recipiente que los humanos llevábamos adaptado a nuestro brazo derecho era una de nuestras señas de identidad.

Diferenciarme de los simuladores cada vez se me hacía más difícil. En los últimos años de mi etapa de control de la producción empecé a tener dudas y a no ajustarme a los tiempos dedicados a la diferenciación. Los tiempos de la píldora y la bebida a veces se me pasaban y me retrasaba en cumplir con las obligaciones estipuladas. También me costaba diferenciar a los simuladores de los humanos a pesar de que ellos no llevaban la botella de líquidos en su antebrazo y de que eran los encargados de realizar los trabajos que nosotras controlábamos. Pero lo que en realidad más me atormentaba era la repetición del chip identitario. Repetir mi nombre, la fecha de mi nacimiento y los nombres de mis progenitores cada vez me resultaba más costoso.

No sé qué me pasó en el paseo diario, pero la persona que caminaba delante de mí era alta y tenía el pelo rizado. Yo acababa de cumplir cien años y estaba cansada. Tenía la sensación de que los simuladores se burlaban de mí y quería irme al pozo del olvido. Me desmayé. Cuando la sangre volvió a mi cabeza yo estaba con las piernas levantadas y una persona me sujetaba de los pies. Era la misma persona que había visto caminar delante de mí.

Me habían dado ya dos avisos porque el control del simulador que me habían asignado no era todo lo preciso que la Administración requería, pero este suceso fue el determinante para el fin de mi etapa controladora. El ojo oculto visor grabó los segundos que permanecí fija en ese hombre joven con los ojos verdes que me sujetaba por los pies y que me devolvía a la vida. Debieron ser muchos, aunque yo no fui consciente, pero el Estado sí.

NAhrA 4.1

Soy NAhrA 4.1. Nací el 14 del mes 4 del año diez de la nueva era en el Estado Atlántico Este Sur Zona 2, denominada la zona de las tinieblas, en el distrito de autonomía energética número diez, en la aldea del elefante. Es una zona muy frondosa de enormes árboles con hojas apagadas. Árboles que lucharon por su supervivencia como lo hicimos los humanos. Es la zona más limpia del planeta después de la Hecatombe. Fue el estado aliado que menos sufrió las consecuencias de la guerra.

Soy descendiente de RAhIR 4.0. y NaHYI 1.9. y de ninguno de los dos he tenido conocimiento. Solo sé sus nombres porque están registrados en mi ficha de identificación. Yo no recuerdo nada, pero eso es lo que pone y lo que he tenido que repetir en la escuela, en el hospital, en el trabajo y en el control de los simuladores. Tengo que agregar que el hospital donde vine al mundo era un edificio situado en las coordenadas:

Longitud: E15°18' 85"

Latitud: S 4°19' 29"

Un edificio rectangular de siete plantas y perfectamente acondicionado. Lo sé porque está asociado a mi primer recuerdo.

Cuando tenía seis años el cielo se cerró. Recuerdo que estaba en el campo junto con otros primeros y una persona ciudadana nos iba explicando los nombres de las plantas. De repente todo se volvió oscuro y unas enormes gotas de agua comenzaron a sacudirnos por todo nuestro cuerpo. No me hubiese pasado nada si no se hubiese roto la rama de aquel árbol gigante. El resto de primeros salieron corriendo con sus cuerpos empapados y siguiendo a la persona mayor, pero yo no pude hacerlo porque mi pierna estaba atrapada por aquella enorme rama y chillé. Grité con todas mis fuerzas desafiando a los rugidos que venían del cielo. La persona que nos explicaba los nombres de las plantas y otras muchas que no conocía acudieron para levantar la rama. Cuando lo hicieron noté un gran alivio, pero no pude ponerme de pie porque mi pierna no me obedecía. Entonces fue cuando cuatro personas me cogieron en volandas y, azotados todos por la lluvia, llegamos al cobertizo. Allí vi unas caras raras, una de ellas me dio una píldora, otra levanto dos varas y ya no vi más.

Me desperté y estaba tendida en una cama blanda. Era la primera vez que mi cuerpo descansaba en una superficie tan cómoda, en la cabaña primera todo era duro y del mismo material: un conglomerado transparente que se lavaba con facilidad y que dura para siempre. Tenía una pierna totalmente tapada, levantada y sujeta a una barra que había en el techo. Me saludó amablemente una persona que tenía unos papeles en la mano. Y entonces fue cuando me dijo que en ese hospital había nacido yo.

Apenas guardo recuerdos de los años que pasé en la primera cabaña. Salvo el accidente, que es como siempre llamé a mi rotura de la pierna y al paso por el hospital, que me impactó, todo lo demás es vago y siempre está acompañado de una sensación de angustia y añoranza. Por lo que me han dicho era muy juguetona y compartía los materiales con el resto de primeros. A los seis años, justo después del accidente, pasé a la cabaña segunda. No nos llamaron segundos, como hubiese correspondido por el nombre de la cabaña, sino aptos. Y fue cuando nos hablaron de cosas que nos habían pasado y que nunca más nos volverían a pasar. Nos enseñaron el nombre de todas las plantas y su cultivo. Fue una etapa de la que guardo gratos recuerdos porque corríamos mucho y nos podíamos tocar.

Todas las semanas llegaban a la cabaña unos señores vestidos con unos trajes muy raros y con unos aparatos también raros. Tomaban notas y al final siempre nos pinchaban en el brazo. Era para saber los niveles de radiación, nos dijeron cuando ya tuvimos edad para comprender las cosas.

La edad de comprender las cosas fue la etapa más incomprensible de mi vida. Comenzó a los doce años con un largo viaje que hicimos en un aparato volador. Dejamos atrás las cabañas y los árboles de hojas apagadas y llegamos a un lugar con edificios rectangulares, con árboles alineados y con plantas de pequeño tamaño, pero totalmente florecidas. Según íbamos bajando del aparato volador una persona con uniforme y con gafas nos separó por sexos. A las mujeres nos colocó en hilera y separadas una de otra por unos tres metros. Otra persona con idéntico uniforme, pero ahora mujer, se acercó a mí me dio la ropa que debía ponerme y me colocó un aparato diminuto —el chip de la comprensión, lo llamaron— en mi oreja.

El uniforme que nos asignaron constaba de una malla rectangular que me mandó ponerme en ese mismo momento y que tapaba el protector genital y otra malla más estrecha, que me tuve que poner también en ese momento, para cubrirme una parte de mi cuerpo que siempre había estado libre: los pechos.

El aparato diminuto que me colocaron en la oreja inmediatamente comenzó a emitir un sonido con ritmo muy lento y repetitivo:

Esta es la primera norma: en la etapa de comprensión no os podéis tocar.

Durante todo un día ese mensaje se repitió constantemente. Era la primera norma que se tenía que grabar en nuestro cerebro. La primera norma de la etapa de comprensión que para mí era incomprensible. Al día siguiente escuché las razones por las que ya no podíamos tocarnos:

Por el contacto penetran las sensaciones destructivas. En el tacto reside la maldad de los sentimientos individuales. Sensaciones destructivas, maldad de los sentimientos individuales.., frases nuevas carentes de todo sentido comenzaron a perseguirme.

Yo, aunque intentaba evadirme de lo que escuchaba, no podía conseguirlo. Tampoco llegaba a entender nada, mi mente estaba aturdida. ¿Por qué nos habían separado de los hombres? Hasta entonces habíamos corrido juntos, habíamos jugado juntos y juntos habíamos dormido en la cabaña. ¿Por qué ahora nos separaban?

Las mujeres tenéis un destino que trasciende de lo temporal, nos repitieron otros dos días. Vuestros óvulos son el camino de la eternidad, repitieron otros dos. Más frases nuevas e incomprensibles en la etapa de la comprensión.

El diminuto aparato que tenía incrustado en mi oreja no hacía más que sonar, repetía las mismas frases una y otra vez, frases que golpeaban mi mente como las gotas de agua golpearon mi cuerpo el día del accidente. Estuve varias semanas tratando de defenderme de lo que escuchaba mediante procesos mentales de autoconcentración. En mi mente se entabló una lucha entre lo que me decían y lo que pensaba en el tiempo intermedio. Pero el tiempo intermedio era tan breve que apenas podía coordinar algún pensamiento sensato. Recordaba con agrado mis correrías por el campo y las caras de los primeros y los aptos, pero el tiempo de pensar era cada vez más reducido y las frases que salían del aparato eran cada vez más fuertes y más frecuentes, tanto que al final claudiqué. Acepté la impotencia como forma de resistir y me convertí en una autómata que seguía las indicaciones que me llegaban por el chip de la comprensión con total indiferencia.

Y así fueron llegando a mi mente las ideas fundamentales: la primacía del Estado, la condición ciudadana, la fidelidad a las instituciones y el fin del individuo. Ideas que hacían que todo lo demás desapareciese porque la repetición de unas cosas obligaba a olvidar todo lo acumulado en las etapas anteriores.

Hasta los dieciocho años estuve en los barracones de la comprensión. Las cabañas se convirtieron en enormes edificios y el espacio colectivo fue sustituido por el espacio individual. Lo colectivo era nuestra forma de vida, pero a cada uno nos adjudicaban un espacio individual. Algo que para mí resultaba difícil de entender. En la comprensión está la supervivencia, era el lema que figuraba a la entrada de mi celda.

La celda me atrapó terriblemente. Fueron seis años de peleas conmigo misma. De indecisión, de rebeldía, de rabia y, al final, de sumisión. Había muchas cosas que no entendía, pero hubo una que colmó mi desesperación. ¿Por qué no podíamos mirarnos a los ojos más de tres segundos? ¿Qué maldad podía esconderse en los ojos?

La etapa de la exaltación lo cambió todo. Entendí mi lugar en el Estado y me hice ciudadana. Ser ciudadana no es cualquier cosa. Es formar parte de la vida, es ser trascendente y hacerte inmortal. Una persona no es nada si no está incrustada en la naturaleza. Y la naturaleza dejará de existir el día que las personas volvamos a los errores individuales del pasado. Hemos sobrevivido gracias al esfuerzo colectivo. A la renuncia de la personalidad y al control del Estado. El Estado lo sabe todo, el Estado lo puede todo. Yo soy Estado.

Tardé cinco años en entenderlo, pero a mis veintitrés me di cuenta de todo. Me di cuenta de la importancia que suponía nuestro Estado para el resto de los aliados. Fuimos el menos afectado por la radioactividad, cierto, pero fuimos el más generoso, el que más ayudó a la supervivencia: nosotros somos la solidaridad. No éramos nada, un país subdesarrollado, un país hambriento, y nos hemos convertido en el más avanzado del Gran Estado D, en el lugar donde se producen los alimentos, en el lugar donde se fabrican los aparatos productivos, en el lugar donde más se estudia y más se investiga.

Me di cuenta de su importancia no porque me lo repitiesen por el chip de la comprensión muchas veces, sino porque lo veía cuando salíamos al campo para comprobar los niveles radioactivos, cuando hacíamos prácticas de cultivos ecológicos en nuestros huertos, cuando diseñábamos aparatos capaces de hacer el trabajo de los humanos y cuando nos explicaban la única filosofía del Estado: el mantenimiento de la vida.

Pero cuando me di verdaderamente cuenta del cambio que estaba experimentando y de que ese cambio sería ya irreversible fue cuando nos proyectaron las imágenes del resto de los Estados Federados. Paisajes quemados, edificios destruidos, personas sin caras, con uniformes que les cubría todo el cuerpo, personas escondidas en sótanos enormes que gritaban pidiendo ayuda y solidaridad. Eran las imágenes de la Hecatombe.

Cuando vi el horror y la muerte me hice ciudadana universal y juré que formaría parte del Estado durante toda mi vida. Me comprometí con la causa solidaria y asumí con agrado seguir todas las obligaciones que el Estado me encomendase para la salvación de nuestro Gran Estado D.

Todo cambió en la etapa de la exaltación. Sus barracones en nada se parecían a los barracones de la comprensión. Aunque su estructura era la misma, las personas éramos diferentes. Habíamos dejado de ser unos inconformistas y unos rebeldes para convertirnos en el sostén del Estado. Yo estaba totalmente concentrada en mi vida interior y no me daba cuenta de que a mi alrededor otras personas existían. Se cruzaban en mi camino al ir a la zona del universo, se cruzaban en mi camino al ir a la zona de encuentro personal, se cruzaban en mi camino al ir a la zona del hábito y se cruzaban en mi camino al ir a las celdas en la hora del descanso.

Se cruzaban conmigo, pero yo no las veía, eran hombres y eran mujeres, en esta nueva etapa nos volvieron a juntar, pero daba igual, a ninguno dirigía mis ojos más de tres segundos, ¿para qué, si lo único que tenía que ver era lo que estaba en mi interior? Y en mi interior solo existía el deseo. El deseo de ser ciudadana universal.

A los veintitrés años me dieron el carné de ciudadana y tomé la decisión de procrear por autoconvencimiento y hacer mía la legislación vigente: tener tres descendientes en cuatro años. Tener descendencia era traspasar la frontera de lo individual y pasar a formar parte de la divinidad planetaria. Es la mayor satisfacción posible para cualquier mujer. Es notar que todas las partes de tu cuerpo están al servicio de la colectividad, es entregarte sin ningún temor a participar en lo más sublime que el Estado te puede otorgar: formar parte de él a través de tus órganos reproductores.

No me importaba que mis descendientes solo estuviesen un mes junto a mi pecho. Era tiempo suficiente para transmitir a ese nuevo ser que su misión sería la misma que la mía: subsistir. Subsistir formando parte de la colectividad que domina el mundo. Tuve tres descendientes de tres progenitores distintos que estaban como yo al servicio del Estado, no vi nunca su cara, pero las imaginé miles de veces y supe que eran ciudadanos universales que compartían conmigo lo más trascendente que se puede llegar a compartir, el mismo pensamiento.

Disfruté de ellos durante cuatro años porque desde el inicio, cuando me incorporé al espacio de la procreación y me cambiaron la píldora inhibidora por la reproductora, hasta el final, cuando lo abandoné, mis tres descendientes estuvieron en mi mente como algo tangible, como algo que podía acariciar con los dedos de mi imaginación en todos los momentos de mi estancia en el espacio de la perpetuación de la especie. El simple hecho de incorporarme a ese espacio ya supuso en mí una vitalidad nueva. El pabellón tenía mucha luz, había grandes ventanales y todas las pareces estaban pintadas de blanco. La celda que me correspondió era el doble que las que me habían correspondido en los procesos anteriores, tenía una gran ventana por donde entraban los rayos del sol por la mañana y dos cuadros. Nunca había tenido un cuadro en mi celda y nunca habían incidido los rayos del sol directamente sobre mi cuarto. Además había una gran pantalla con unos círculos que se iluminaban en función del periodo en el que te encontrabas. El primero era de adaptación, una luz centelleante me indicaba que había llegado al lugar donde se realizan los sueños. Comenzó a sonar una música melódica e inmediatamente me puse a soñar.

Mi primer sueño consistió en imaginarme al ser más maravilloso de la tierra con rostro de hombre. La pantalla centelleante con su sucesión de imágenes lo favorecía. Había una conexión directa entre lo que yo pensaba y lo que aparecía en ella, era como si me leyera los pensamientos. Si pensaba en un hombre moreno, aparecía en la pantalla un hombre moreno, si quería que fuese más joven, el hombre de la pantalla se rejuvenecía, igual sucedía si quería que fuese más alto o mejor proporcionado. El color de sus ojos, la textura de su cara o el tamaño de su pelo también cambiaba en la figura de la pantalla según lo que mi mente soñara.

Cuando mi mente se cansó de soñar sucedió lo más sorprendente: se abrió la puerta de mi celda y un aparato con aspecto humano e idéntico al que había aparecido unos minutos antes en la pantalla pronunció esta frase:

— So-y- el- si-mu-la-dor-mu-tan-te- 55 55 55 ayu-dan-te-de-los-hu-ma-nos. Es-taré a tu dis-po-sición todo el tiem-po que per-ma-nezcas en el espa-cio de la pro-creación. So-y el hom-bre de tu dese-o.

Pasé un mes jugando con el simulador que me acompañaba en mis sueños sin que pudiera distinguir la realidad de la fantasía. Fue un mes en el que la excitación me acompañó de día y de noche, porque la figura que me acompañaba parecía ser igual a mi cuerpo. La única diferencia era que ella no tenía que tomar píldoras ni alimentos. La alimentación era lo que nos diferenciaba, yo por las mañanas siempre me tomaba las dos píldoras: la nutritiva me daba energía para todo el día y la reproductora me ponía tan contenta que me daban unas ganas enormes de acariciar al muñeco que estaba a mi lado. Además, el simulador me ofrecía frutas que estaban deliciosas. También me ofrecía alimentos que yo nunca había probado. Cuando me daba un alimento me repetía su nombre y así pude comprobar que había naranjas, pomelos, mangos e infinidad de frutos. También me dijo el nombre de otros alimentos que estaban elaborados, todos pertenecían a las carnes y a los pescados, pero eran totalmente diferentes a los que habíamos comido anteriormente. Los que habíamos comido antes eran tacos cuadriculados que metíamos en la boca y que masticábamos, pero que no sabían a nada, eran como la píldora pero mucho más grandes. Estos por el contrario, eran jugosos y tenían sabores exquisitos. Todos eran nuevos y el simulador me los iba describiendo. Un día me ofreció de su boca una bolita de color marrón que colocó cuidadosamente sobre mis labios y que me supo a algo totalmente nuevo, extraordinariamente delicioso. Me dijo que se llamaba chocolate y que me daría una bolita todos los días. Gracias a él supe distinguir lo dulce de lo amargo o lo soso de lo salado. Además todo salía de su boca, que era como un manantial de donde salía la fruta, la carne o el pescado.

Él lo hacía con sumo cuidado y yo lo recibía ayudándome con las manos. A veces nuestras bocas estaban tan juntas que mis labios rozaban los suyos, entonces me daba cuenta que tenían un sabor parecido al que notaba cuando me chupaba los dedos y me gustaba. Alguna vez hasta mi lengua se rozó con la suya y un escalofrío recorrió mi cuerpo como si yo no pudiese ser dueña de lo que me ocurría. Con el paso de los días comencé a darme cuenta que también me gustaba tocarle las manos y que desprendía un olor que unas veces se confundía con el de las naranjas y otras con el del chocolate. Era un simulador perfecto, más perfecto que cualquiera de las personas con las que había compartido los barracones de primero y de segundo. Y muchísimo mejor que las personas irreconocibles de la etapa de la comprensión de las cosas. Si hubiese aparecido en aquella etapa yo nunca hubiese pasado por los periodos de la duda y de la angustia, pero afortunadamente llegó en el momento oportuno para saciar mi sed de ser ciudadana reproductora.

Él fue mi inseminador artificial. Cuando la píldora reproductora puso todo mi cuerpo a disposición de la concepción sucedió el acto. La pantalla lo llamó método antiguo. No sé en qué se diferenciaría de otros métodos pero a mí me pareció extraordinario. Nos dijo que era el más placentero y que solo se utilizaba en nuestro Estado y estaba en fase experimental, que las mujeres de nuestro Estado éramos unas privilegiadas y que el simulador 55 55 55 era el más perfecto porque se sincronizaba con nuestro cerebro y su cuerpo se adaptaba automáticamente a lo que estábamos pensando. Nuestros deseos eran satisfechos de inmediato, sus ojos cambiaban de color según nuestro pensamiento, el pelo crecía o menguaba en función de nuestros anhelos y sus caricias aparecían por la parte del cuerpo en que estuviésemos pensando. La pantalla nos dijo que si mostrábamos en nuestras caras un estado de satisfacción elevado el simulador mutante, ayudante de la reproducción de los humanos, sería exportado a todos los estados de la Federación y que ello sería un orgullo para el Estado Atlántico Este Sur.

La pantalla nos empezó a dar órdenes. A mí me decía en qué posición debía tumbarme en la cama y al simulador dónde tenía que colocar el aparatito que le salía de entre las piernas para que el esperma del hombre elegido llegase a fecundar mi óvulo. Fue un acto que duró muy poco tiempo, a mí me hubiese gustado que se hubiese alargado un poco más, pero la pantalla es la que manda y la que sabe lo que es mejor en cada momento para la consecución del objetivo buscado.

Me hubiese gustado haber palpado ese aparatito por donde salió el esperma para haber averiguado su funcionamiento y haber disfrutado un poco más de su tacto porque era gratificante. La pantalla me tranquilizó cuando me recordó que el simulador me acompañaría en mi celda durante los nueve meses que duraría mi embarazo y el resto del tiempo que pasase en el espacio de la procreación. Entonces pensé que me quedaban otras dos ocasiones para averiguar todo lo que el simulador escondía en ese cuerpo tan suave y sobre todo lo que tenía entre las piernas.

La pantalla, el simulador, los juegos y los sueños se alinearon con el infinito y se produjo en mi persona el salto a la divinidad. Los cuatro años que pasé en el espacio de procreación fueron los más maravillosos de mi vida. Fui consciente del significado de la supervivencia y me sentí la protagonista de nuestra historia. Tengo los nombres de mis tres descendientes grabados en mi chip identificativo, pero no hubiese sido necesario porque los llevo grabados en mi mente. No he sabido nunca nada de ellos, pero sé que forman parte del universo, que cada acto mío está sincronizado con uno de ellos y que juntos somos el Estado D.

A mis veintisiete años abandoné el espacio de la procreación y tomé mi segunda gran decisión: formar parte de la solidaridad del Estado. Pasé a los pabellones de ayuda y solidaridad para la repoblación del Estado Atlántico Este Centro.

El Estado Atlántico Este Centro, el país de las inundaciones, era el más extenso de los tres estados del Este. Tenía una extensión de más de seis millones de kilómetros cuadrados. En la era anterior había sido un inmenso desierto solamente habitado por personas nómadas que se dedicaban al pastoreo, pero después de la etapa de los terremotos todo cambio. Aparecieron las aguas, inundaron las dunas y el paisaje cambió por completo. El campo se hizo productivo a medida que las aguas fueron encontrando un cauce y las lluvias acudieron con frecuencia. Aparecieron hierbas y animales que procedían de las montañas. Se formó el Valle, una zona llana de unos dos millones de kilómetros cuadrados, con temperaturas elevadas y un índice de humedad propicio para el cultivo de cereales. Se empezó a cultivar la tierra, pero no había personas suficientes para desarrollar tanto trabajo. Y el Estado Atlántico Este Centro comenzó a pedir ayuda. Facilitó la llegada de personas de los otros estados ofreciendo trabajo y vivienda en los asentamientos de la solidaridad.

Mi Estado respondió a la solicitud de ayuda en dos fases: la primera voluntaria y la segunda obligatoria. Yo me apunté a la primera y fui voluntaria al departamento de Robótica. Pude haber elegido Campo, porque me entusiasmaba el cultivo de las plantas. También puede haber elegido Laboratorio porque me ilusionaba saber lo que se escondía detrás de los productos elaborados que nos administraba diariamente el Estado. Elegí el que desde pequeña me hizo volar mi imaginación. Introducirme en el mundo de la imaginación era salir del contorno del universo y adentrarte en la ficción. Dominar esos instrumentos y jugar con ellos a hacerlos creer que algún día puedan ser ellos quienes te dominasen a ti, era un reto. Además, la robótica me permitía seguir avanzando por la vía de la Naturaleza y llegar algún día al Consejo de Sabias, que era el sueño de todas las mujeres.

Llegué a mi nuevo Estado muy ilusionada, pero pronto me di cuenta que todo iba a cambiar. En el propio aparato volador, que nos trasladó de un estado a otro, nos dieron la primera malla integral y la primera mascarilla. El aparato se paró en la zona de desinfección y una voz en off comenzó a sonar:

Van a estar en un habitáculo totalmente hermético, aislado de la zona radioactiva por unos muros de hormigón. En el Estado Atlántico Este Centro hay una exposición de radiación de 100 C/kg., (unidad internacional de exposición: culombio/kilogramo) que corresponde a una exposición media baja. En la zona donde se van a alojar la radiación se convierte en peligrosa al superarse ese índice en un 25 %. La cantidad que puede ser absorbida por una persona en la zona donde se van a alojar es de 250 Gy. (Unidad internacional para medir la dosis de radiación absorbida por un objeto o persona, gray). En consecuencia se hace imprescindible que todo su cuerpo esté protegido. Para un aislamiento total colóquense encima de su vestimenta actual la malla integral y la mascarilla que les proporcionará el robot que se desplaza por el pasillo. Pónganse de pie y sigan sus instrucciones.

Me puse de pie y cuando el robot llegó a mi altura me sometió a un riguroso reconocimiento. Me mandó rayos láser, primero de arriba abajo, desde mis pies hasta mi cabeza, y después en horizontal, en un continuo zigzagueo que me recorrió todo el cuerpo. Cuando dejó de enviarme rayos hizo un procesamiento de los datos, buscó en su enorme barriga una talla adecuada y me ofreció la malla y la mascarilla. En la pantalla del robot apareció una figura que se iba colocando la malla y que me iba indicando los pasos que debía seguir yo, primero para ponerme la malla y después para colocarme la mascarilla.

Cuando todos nos hubimos colocado la malla y la mascarilla la voz en off volvió a sonar:

Su vida transcurrirá en zulos que estarán a una profundidad de 25 metros. Y serán tres: el de descanso, el de producción y el de ejercicio. Bienvenidos al Estado Este Centro. ¡La solidaridad nos hará eternos!

No era lo que me había imaginado. La solidaridad es sacrificio, la solidaridad es ayuda, la solidaridad es pensar en los demás. Sí, la solidaridad es eso y mucho más, yo lo sabía porque así lo aprendí cuando me dieron el carné de ciudadana universal, pero cuando te instalas en la rutina, cuando pasan los días y repites siempre los mismos actos tu mente flaquea y aparecen en ella resquicios por donde van asomando las dudas. Yo me agarré con fuerza a mis principios y me instalé en un estado de euforia que duró toda mi época de estancia en el pabellón de producción del robot limpiador.

En cada pabellón de descanso convivíamos mil personas. A cada una se nos adjudicó una celda de solidaridad. Todas las personas que estábamos en ese pabellón procedíamos de estados diferentes al Estado Este Centro. Cada celda era un habitáculo pequeño, que se ajustaba fielmente a las necesidades mínimas de una persona: dormir, alimentarse y evacuar. Las normas de relación eran idénticas a las que habíamos tenido en mi Estado en la etapa de comprensión: separación por sexos, prohibición de tocamientos y limitación del tiempo de mirada en tres segundos.

Justamente debajo estaba el pabellón de ejercicio, nos comunicábamos con él por un descensor de enormes dimensiones. Tenía capacidad para un centenar de personas y era el momento más complicado de nuestra relación, estábamos relativamente juntos, la posibilidad de tocarnos aumentaba y evitar las miradas era difícil. Yo me concentraba en mí misma y giraba mis ojos de una dirección a otra sin sobrepasar nunca el límite de los tres segundos. En el techo del ascensor una enorme cámara controlaba todos nuestros movimientos y nuestros gestos, los almacenaba en su registro y una vez interpretados pasaban a formar parte de nuestro expediente. Y el expediente era fundamental a la hora de promocionar en el puesto de trabajo.

El pabellón de ejercicio era el más entretenido de todos. Una vez dentro disponíamos de aparatos que mantenían en forma nuestra musculatura y que nos relajaban la mente. Los había de varios tipos. Unos eran de calentamiento muscular, otros eran de estiramiento y los más sofisticados eran los de carreras y salto. Estos estaban tan perfectamente diseñados que se confundían con los cuerpos de los humanos, yo me acordaba del simulador de la reproducción que tanto placer me proporcionó y me sentía totalmente acompañada. En las carreras ellos eran quienes marcaban el ritmo adaptándose a las constantes vitales que marcaba tu cuerpo y en los saltos te indicaban la técnica para conseguir la perfección. Además, una música apenas perceptible nos acompañaba constantemente en cada ejercicio. Eran los ratos más gratificantes, los alternábamos con los tiempos de producción. A cada hora de trabajo le correspondía otra hora de ejercicio.

El pabellón de producción era una inmensa nave con diez cadenas de montaje de cien operarios cada una donde se construía el robot limpiador. A mí me asignaron el puesto número 96 de la cadena 6 y me dijeron que la pieza que tenía que ajustar en el diseño robótico que pasaba frente a mí, con una periodicidad de un minuto, servía para la limpieza de la radiación de la zona del Valle. Estaba contribuyendo con mi solidaridad al mantenimiento de la vida de todos los estados federados en el gran Estado D y tenía que ser precisa en la ejecución de mi trabajo para no entorpecer el trabajo colectivo. Mi trabajo era sencillo pues consistía en colocar en el robot limpiador una pieza que aparecía periódicamente cada minuto en la concavidad de mi derecha. El minuto que nos daban para la colocación de la pieza era suficiente. El tiempo estaba diseñado para que todos los operarios de la cadena pudiesen realizarlo sin ningún esfuerzo. La orientación que a mí me dieron fue la de realizar una respiración profunda antes de iniciar el trabajo y colocar la pieza con suma precisión. Después, respirar relajadamente hasta la aparición del nuevo aparato. Al principio anduve un poco apurada de tiempo, pero pronto me di cuenta de que era suficiente.

Me encontré en una cadena donde se comenzaba con la colocación de una barra vertical y se finalizaba con un robot andando hacia la zona de distribución. Eché mis cuentas y deduje que una vez concluido el proceso, un robot limpiador se ponía en funcionamiento cada minuto para dirigirse a la zona donde tenía que cargarse de radioactividad. Un elemento cada minuto significaba que en las veinte horas de trabajo de cada cadena se producían mil doscientos ejemplares y que en el pabellón se producían doce mil robots diarios.

Volví a echar mis cuentas pasados diez años, que fue el tiempo que estuve en el pabellón del robot limpiador, y deduje que durante ese tiempo nuestro pabellón había producido treinta y seis millones de aparatos. Treinta y seis millones que era necesario reciclar.

Y pasé al pabellón reciclador, tenía que hacer justo lo contrario de lo que había hecho en los diez años anteriores. Pero lo tenía que hacer con muchas más precauciones. Además de la malla que se acoplaba a mi cuerpo y la mascarilla que me purificaba el aire que entraba a mis pulmones me tenía que meter en un mono antirradiactivo que me aislaba completamente del exterior. Mi puesto de trabajo se correspondía ahora con el 37 de la cadena 5. El proceso era el inverso: el robot entraba en la cadena cargado de basura y en cada puesto se le iba quitando una pieza a la que se descargaba de la radioactividad que tenía acumulada. El tiempo que teníamos asignado era ahora de dos minutos, teníamos que hacer el trabajo con una enorme precisión y no disponíamos de los dedos de nuestras manos sino de unas pinzas pegadas a nuestros guantes. Paralelamente al robot, pasaba una pila; la pieza que quitábamos al robot la teníamos que acercar a la pila para que se produjese la descarga de los protones que había acumulado en su proceso de limpieza. Al final el robot se había convertido en una pila atómica con capacidad para mover aparatos voladores.

El control que nos hacían mientras estuve en el pabellón reciclador era exhaustivo. Todos los días al terminar nuestra sesión pasábamos por la máquina limpiadora. Entrábamos con el mono y salíamos con la malla y la mascarilla. La máquina limpiadora era un robot que se encargaba de quitarnos el mono antirradiactivo sin que nuestro cuerpo contactase con él. El robot nos abría la cremallera que nos tenía completamente encerradas, nos quitaba el mono, que quedaba depositado en la zona sucia y, mediante un sistema de cierre hermético, nos separaba de la maquina limpiadora y nos abría un ventanal que nos introducía en la sala limpia. En la zona limpia todos los días nos extraían sangre y nos tomaban muestras de nuestras células cutáneas.

Para garantizar la seguridad personal en el pabellón reciclador no se podía permanecer más de cinco años. Transcurrido ese tiempo era obligado trasladarse a una zona del Estado con menor contaminación. A mí me trasladaron a la zona Sur, a la ciudad de la Agricultura.

La ciudad de la Agricultura era una ciudad bastante limpia, era la más moderna del Estado y se comenzó a construir cuando se iniciaron los trabajos de reconversión de la ribera del río. A medida que las tierras se fueron limpiando y se fueron haciendo productivas, la ciudad comenzó a prosperar. Aparecieron las empresas fabricadoras de aparatos para cultivar el campo y empezaron a trasladar a numerosas personas para cubrir las necesidades productivas. En ella se alternaban los edificios nuevos, ajustados a la normativa antirradiación, con los antiguos zulos.

Los edificios nuevos estaban construidos con un sistema de protección muy riguroso. El tejado del edificio era una enorme cúpula con todos los aparatos necesarios para conocer en cada momento el nivel de radiación que tenía el edificio. Un sistema automático conectaba los aparatos detectores con los aparatos limpiadores, de tal forma que cuando los primeros detectaban un índice de radiación superior al permitido los segundos activaban su sistema de limpieza de la atmósfera. Los zulos dejaron de construirse y se convirtieron en residuos del pasado y en lugares de almacenamiento.

A mí me adjudicaron una habitación en un edificio nuevo. Era un lujo, después de los quince años pasados en los zulos volver a tener una ventana por donde entraba aire me llenó de satisfacción. Solo tenía una, pero era suficiente. El aire, antes de entrar, era sometido a un proceso riguroso de control; la doble cristalera lo obligaba a entrar por la zona alta, ser examinado por un sensor en la zona intermedia y, si no se detectaba la superación de la radiación máxima permitida que hiciese saltar la alarma, entraba en la habitación por la zona baja totalmente limpio. La ventana de doble cristal era el complemento perfecto con la cúpula que se encontraba en el tejado del edificio y con quien estaba conectada.

En el centro del techo de la habitación había un gran ojo visor que controlaba todos nuestros movimientos, el control siempre me había parecido bien y, aunque en los primeros años de mi estancia en el estado Centro llegué a flojear en mis principios, ahora, con la ilusión de ver de nuevo el paisaje, me reafirmé en la necesidad del autocontrol y de la disposición del Estado para facilitárnoslo. Sí, no podíamos caer en los errores del pasado, en los cincuenta y siete años de la nueva era habíamos avanzado tanto que el gran Estado se había convertido en el Dios verdadero y único al que pertenecíamos todos.

En la ciudad de la Agricultura me asignaron el puesto de trabajo C-175, de la nave M donde se producía un aparato gigantesco de múltiple funcionalidad. La nave M estaba destinada a la producción de maquinarias para el cultivo del campo y la máquina C era la encargada de preparar la tierra y sembrar el producto elegido. No era un robot como los que habíamos elaborado anteriormente: era un robot-equipo. Estaba compuesto por cinco dispositivos que actuaban coordinados y en perfecta armonía. El primer dispositivo era el analizador de la tierra. Se encargaba de determinar que la tierra estaba exenta de radioactividad y si la cantidad de nutrientes que tenía se correspondía con las necesidades del producto a cultivar. El segundo dispositivo, sincronizado con el anterior, proporcionaba a la tierra los porcentajes justos de nutrientes en función de las carencias detectadas. El tercer dispositivo se encargaba de la biotecnología; el cuarto, de la humedad y del sistema de riego por inducción; el quinto y último era el encargado de sembrar el producto elegido. La máquina C era muy voluminosa, pero yo, desde mi puesto de trabajo 175 (una cinta por donde circulaba el primer dispositivo de la Maquina C) solo tenía que ajustar una válvula.

El pabellón de producción, el de reciclaje, la ciudad de la Agricultura y..., la Universidad de la Investigación. Allí llegué con cincuenta años recién cumplidos. Y tuve suerte, alguien se fijó en mí. Era el jefe del departamento de Investigación Antropológica, un sabio. Yo no había estado nunca en contacto con un sabio, sabía que existían personas sabias que dirigían nuestras vidas, pero nunca había visto a una de cerca.

No sé qué verían en mí, pero un día me llegó por el chip que tenía incrustado detrás de mi oreja la orden de presentarme en el despacho de contratación del departamento de Investigación Antropológica de la Universidad. En los departamentos de investigación estaban las personas que tenían contacto con los sabios y que participaban de sus experimentos. Yo había adquirido conocimientos sobre la capacidad nutritiva de los alimentos, sobre la incidencia de la radioactividad en el cultivo de las plantas y sobre el potencial energético que guardaban los cuerpos. Sabía muchas cosas, aunque no era consciente de que las sabía. Durante todo el tiempo que estuve en la cadena de reciclaje y, sobre todo, en la ciudad de la Agricultura, mientras dormía, el chip mandaba información a mi cerebro, yo la registraba sin darme cuenta y así empecé a saber de los efectos que se producían en el interior de la corteza terrestre. Mi cerebro debía de tener una gran capacidad receptora porque yo asimilaba con prontitud todas las órdenes que me llegaban a través del chip receptor y me adaptaba perfectamente a los nuevos requerimientos. Sucedió en la cadena de producción y en la de reciclaje, pero donde más noté mi rápida adaptación a los puestos que se me asignaba fue en la ciudad de la Agricultura. Allí pasé de un puesto a otro ejecutando a la perfección las órdenes que recibía.

La Universidad de la Investigación distaba solo doscientos kilómetros de la ciudad de la Agricultura y seguía estando en la zona más limpia del Estado Este Centro. Las condiciones de habitabilidad eran similares, pero con la novedad de que la zonas de descanso estaban situadas en los mismos edificios que los despachos de trabajo. Eran unos edificios privilegiados, lo pude comprobar nada más llegar cuando me asignaron la habitación de descanso y el puesto de investigadora. La habitación era similar a la que me habían asignado en la ciudad de la Agricultura, pero con una ventana aún más amplia. La luz del sol iluminaba todo mi cuarto y el lecho para dormir era más cómodo. Además era más amplia y disponía de una parte con aparatos para realizar ejercicios gimnásticos.

El contacto con el sabio que cambió mi vida ocurrió un tiempo después y fue casual, o al menos a mí me lo pareció. El laboratorio que me habían asignado para realizar los experimentos era circular. Constaba de diez habitáculos, aislados unos de otros por mamparas transparentes y unidos por un círculo central que suministraba a cada uno los elementos necesarios para el desarrollo de trabajo investigador. Se accedía a los despachos por un pasillo circular que conectaba con el resto de los laboratorios de la planta a través de un corredor de una anchura considerable. Y fue precisamente en ese corredor donde un hombre con una barba blanca, cuajada y perfectamente recortada, puso sus ojos en mí. Yo los aguanté durante el tiempo estipulado, pero noté algo en mi interior que me sobresaltó. Tenía unos ojos brillantes, encendidos, no se parecían en nada a los ojos de las otras personas. A todos los ojos los notaba cansados, pero a los de la persona que se cruzó conmigo en ese corredor de una anchura considerable, los noté ilusionados y esperanzadores. Aparentaba una edad muy superior a la mía, pero tenía una vitalidad como si aún le quedasen muchos años de vida. Además, en los tres segundos que mantuve mi mirada, noté su intención de comunicarme algo.

El día que me llamó a su despacho supe que él había seguido con especial atención mi trayectoria profesional. Que tenía registrado en su chip cerebral todos los pasos que yo había dado en mi etapa productiva y todos los conocimientos que había adquirido sin yo darme cuenta. Y que seguía con especial atención mis trabajos experimentales. Me dijo que el Estado tenía depositadas en mí enormes expectativas y que el proceso de investigación unido a la experiencia acumulada me auguraban un futuro prometedor.

Pasé diez años en la Universidad de la Investigación, los cinco primeros en la investigación sobre la píldora unificadora y los cinco restantes como jefa del proyecto Eliminación de la Radiación en el Valle. Cambié dos veces de planta y los trabajos que realicé, aunque carecían de relación, me parecieron extraordinarios. Fui una perfecta autómata que seguía las instrucciones que aparecían en mi mesa. Hice las combinaciones precisas según las órdenes que recibía y sentí en mi interior una sensación muy grata. Parecía como si todos los días algo se desarrollara en mi interior. Notaba que sabía más cosas aunque no era capaz de concretarlas. Lo que más satisfacción me producía era el contacto periódico con él. Sabía que me había cambiado la vida. Eran contactos breves, miradas ajustadas al tiempo estimado, pero había tal concentración en su mirada y tanta intensidad en las palabras que pronunciaba que en el breve intervalo de los tres segundos parecía exponerme toda una lección de sabiduría.

A los sesenta años tenía tanta información acumulada en mi cerebro que el hombre sabio que cambió mi vida me convirtió en asesora. Ser asesora del equipo de salvación del Estado Atlántico Este Centro no es cualquier cosa. Implica una gran responsabilidad y yo la asumí. Asumí la responsabilidad de compartir los secretos del Estado y de garantizar su futuro. Estuve treinta años en el equipo asesor del hombre sabio que me cambio la vida y que me hizo corresponsable de los secretos de Estado.

La noche

Elisenda se puso el traje de guerrera y se fue a patrullar los diez metros de la ribera del Río Grande que le habían asignado. Tenía que ser muy meticulosa. No podía perder de vista el río. Ningún ser extraño podía cruzar el valle sin ser visto. La noche era muy peligrosa, durante el día eran los cuarteles quienes se encargaban de la vigilancia. Los aparatos voladores recorrían el espacio aéreo con precisión milimétrica y el riesgo de invasión era nulo. Pero la noche era distinta. La niebla se apoderaba del valle y la visión era muy reducida. Por eso los diez metros que cada celda tenía asignados debían ser observados minuciosamente. No debía haber ningún momento de descuido. Elisenda lo sabía y por eso estaba absorta en su tarea.

El día fue desconcertante. Nunca pensó que pudiera experimentar un cambio tan radical en tan poco tiempo. Cuando llegó a su celda el sol calentaba con intensidad y tenía las ideas claras: sabía que había llegado su final. Cuando los ojos de Eloína encontraron los suyos la luminosidad del día penetró en su ser y lo cambió todo. Después todo fue muy rápido. Los acontecimientos la sobrepasaron y por primera vez llegó a un estado de excitación máximo. Y cambió todas sus ideas: quiso volver a nacer. Quiso tener otra vida porque la que ahora le venía a su mente era una vida nula, sin sentimientos, sin emociones, totalmente plana. Por primera vez pensó. Ocho horas después de su llegada, cuando Eloína la dejó en su celda para que descansase y se preparase para la vigilancia, Elisenda pensó. Pensó en sus trabajos, en la era de la producción, en su papel de controladora de las máquinas cuando el trabajo fue abolido, en que una vez tuvo descendientes de los que nunca tuvo noticias. Pensó que tendrían cara y en que le gustaría conocerla. Pensó en la píldora que dejó de tomar esa mañana y que ya no tomaría nunca más. Sí, la píldora que había tomado desde niña era la responsable de no haber vivido su vida. Y pensó en Eloína —NAhrA 4.1.— en lo que se habían contado y en lo que habían hecho, y quiso retroceder al pasado para vivir su vida de otra manera y ser como ella: tener una vida verdadera. Pero a las 0:0 h. cuando comenzó su turno de vigilancia llegó la niebla y sus pensamientos desaparecieron.

Llegó de forma repentina. El agua evaporada durante todo el día descendía ahora silenciosamente sobre la ribera del río. Borró a los árboles y a los arbustos. Hizo desaparecer las estrellas y la soledad se apoderó de Elisenda. No tenía noticias de que su ejército estuviese diseñando algún ataque, solo tenía instrucciones precisas de cómo tenía que patrullar: solo tenía que mirar.

La malla, la espada, el puñal, el casco y, sobre todo..., las gafas, eran su equipo de vigilancia. El tiempo era el enemigo. Tenía ocho horas de soledad absoluta, ocho horas para escudriñar entre las tinieblas la posibilidad de que algún enemigo hiciese alguna incursión. Concentración máxima era el lema y las gafas siempre orientadas hacia el centro del río era la consigna. El estado de vigilancia debía ser absoluto. La noche era el momento adecuado para la invasión del enemigo.

Era su primera noche, tenía claras las instrucciones, pero a medida que la noche avanzaba ella se fue dando cuenta de que su mente se le escapaba, de que su concentración era sustituida por los acontecimientos que le habían trastornado. A medida que la noche se hacía más oscura, ella presentía con más claridad que estaba en otra parte. Era otro río el que tenía que vigilar, otro el enemigo al que debía descubrir y, sobre todo, era otra niebla la que tenía que levantar. El encuentro con Eloina la había transformado por completo. Era otra persona, la enfermedad había dado un giro radical. En su cerebro comenzó a sonar la música, los compases la acompañaban mientras paseaba y se sentía a gusto consigo misma. Por primera vez en su vida estaba relajada. El día había sido muy intenso, las doce horas que llevaba en su celda le habían parecido una eternidad.

Sabía que a su izquierda paseaba Eloína y no podía dejar de pensar en ella. Solo unos metros las separaban. Las dos tenían la misma vestimenta. Las dos tenían las mismas instrucciones. Las dos recorrían los diez metros que tenían asignados, una distancia mínima, que casi les permitía tocarse cuando coincidían en el punto de encuentro, pero una distancia que se hacía infinita en el punto más alejado.

Había llegado al valle sumisa, dispuesta a cumplir con todas las normas, a terminar su existencia según lo establecido, defendiendo al Estado. Y en doce horas se hizo rebelde: cambió el Estado por una sola persona. Una persona a la que buscaba en su punto de encuentro. Si llegaba antes se paraba y esperaba observando entre la niebla aparecer su silueta. Si llegaba después se apresuraba para reconocerla. No se decían nada, solo se saludaban con el movimiento de una mano y giraban para volver a alejarse. Diez metros las separaban y diez metros las unían. Pero Elisenda tenía su mente sincronizada con la de ella y coincidían sistemáticamente en su punto de encuentro. Cuando lo hacían la niebla desaparecía por un instante.

Sabía que a su derecha otra mujer defendía otros diez metros, otra mujer que estaría, como ella, pendiente de divisar entre la niebla a un posible invasor. Otra mujer con quien debía tener otro punto de encuentro, con la que tendría que coincidir también en algún momento, a la que tendría que saludar y con la que tendría que hablar. Otra mujer a la que aún no conocía. En algún momento la vio acercarse y alejarse como un fantasma. Y a su cabeza acudieron nuevos pensamientos: ¿Quién sería? ¿Cuánto tiempo llevaría en aquella celda? ¿Habría conocido también el amor? ¿En qué grado se encontraría su enfermedad? ¡Cuánto cambia la vida de una persona en tan solo doce horas!

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