MUERTE DEL INVASOR

Ejecución

Los ojos hablan cuando las palabras están prohibidas, pero la mirada no puede permanecer fija. Eloína y Elisenda saben que la única manera de comunicación con el invasor es a través de la mirada, saben que no pueden mantenerla fija más de tres segundos. Por eso lo miraron muchas veces. Lo miraron muchas veces durante poco rato, lo estrictamente establecido o incluso menos. Lo hicieron las dos y coordinadamente. Cuando cesaba la una lo iniciaba la otra. Lo hicieron durante el juicio intentando penetrar en el alma del invasor. Y lo consiguieron porque le sirvió de relajación. Una relajación que puso nervioso al acusador y tranquilizó a su defensor. A todos sorprendió la tranquilidad con la que el invasor aceptó la sentencia y sorprendió aún más la aceptación de su proceso hacia la muerte.

Ahora no es posible, sus ojos no pueden cruzarse. Van al Centro Penitenciario de Ejecución de Sentencias. Van en el mismo aparato volador que el invasor, pero la guardia de seguridad y custodia les ha situado dos filas detrás y solo ven su nuca pelada. Les acompaña Fina, pero ella es la desconocida, no ha compartido con ellas el rito de la sangre y no es clandestina. A ella tampoco la miran.

El Centro Penitenciario es un lugar tenebroso. Un sótano situado a doscientos kilómetros de la Ciudad de la Justicia. Es un viejo zulo de cincuenta metros de profundidad que sirvió de refugio atómico en los años previos a la Hecatombe. Consta de tres pabellones: el de la elección final, el de la perpetuación de la memoria y el de la ejecución de la pena.

Las tres fedatarias acompañan al reo. Son las encargadas de dejar constancia, de dar fe, de la legalidad de todos los actos del proceso de ejecución de la sentencia contra el invasor. Una vez confirmada, su ejecución sigue un proceso muy riguroso. Lo primero es la elección de la forma de ser ejecutado.

Condenar a una persona a elegir su forma de morir es condenarla dos veces. O peor aún, condenarla tantas veces como el número de posibilidades que de elegir su propia muerte le ofrecen. Se tiene que imaginar cada una de ellas y en cada una ver el final de su existencia. Es una crueldad. Tomar una simple píldora es una forma atractiva. No notará nada, se quedará dormido y no despertará. Igual de atractiva es la inyección letal. Similar a la píldora, pero más rápido. Solamente notará un ligero pinchazo. Después se dormirá para no despertar jamás. Morir en el pozo es la opción menos llamativa. Es la opción en la que será más consciente de su propia muerte. Su caída al vacío le producirá una sensación de vértigo que no desaparecerá hasta que pierda el conocimiento. Es la menos solicitada.

El invasor tiene que elegir. La sentencia lo dice. Dice que debe elegir entre tres formas posibles de muerte. Antes de elegir quiere mirar a Elisenda o a Eloína. No puede. Están detrás junto con Fina. Ellas sí le miran pero solo ven su espalda. Es el protocolo y a las tres mujeres solo les corresponde dar fe de la elección del reo de la forma que quiere morir. Elisenda y Eloína saben que la decisión que debe tomar el invasor es la de ser ejecutado en el pozo del olvido. Es la que ELhoY quiere.

El invasor piensa. Pasan por su mente todas las miradas. Las miradas que le han tranquilizado. Las miradas de Elisenda y de Eloína durante el juicio. La intensidad y lo que se escondía en lo profundo de ellas. Había algo en el interior de sus ojos que le tranquilizaba. Estaba tan dentro de las dos, era tan igual lo que veía en los ojos de Elisenda y en los de Eloína que le relajaba. Ahora lo sentía cuando notaba que los ojos de ambas se clavaban en su nuca. No las veía, quisiera verlas pero se tenía que conformar con notar que en su nuca penetraba la mirada de esos ojos tan intensos, tan profundos que parecían no tener final. Y venía a su mente la mirada penetrante de ELhoY. Era idéntica a la de las dos mujeres, no se parecía en nada a la del resto de las miradas. Había algo escondido, algo que estaba muy dentro, algo muy profundo que le relajaba. Y recordó la frase, solo por él perceptible, que salió de su boca cuando se despidió: La confianza te salvará. ¿Confiar en qué?

El invasor elige la muerte en el pozo del olvido.

Después de elegir la forma de su muerte corresponde el protocolo de registro en el Museo de la Memoria. El invasor, sujetado de cada brazo por un simulador humano y seguido siempre a cinco metros por las tres fedatarias, es conducido al pabellón científico de elaboración de simuladores humanos.

FiHNa 4.7., NAhrA 4.1. y ZaHIR 2.7. siguen el proceso rutinario y al entrar en la sala de reconocimiento de los humanos beben de la botella identificativa que llevan sujeta a la muñeca derecha. Se sientan en tres bancos situados a cinco metros de donde posa el invasor e inmediatamente se activa el proceso.

El visor externo hace una copia exacta del aparato locomotor y de los órganos sensoriales. Hace girar al invasor primero a su derecha y después a su izquierda. En cada giro el invasor mira de reojo y ve a Elisenda y Eloína, respira tranquilo. El visor interno toma nota del tamaño y la forma de los órganos interiores. El invasor, que permanece sujeto por dos simuladores centinela, es fotocopiado por fuera y por dentro.

El invasor permanece estático en la sala. Sentado frente a una pantalla que capta para la posteridad todo lo que sucede allí. A su lado, a derecha e izquierda, continúan sentados los dos simuladores. Cada uno le sujeta una mano. Las tres fedatarias siguen sentadas a cinco metros del invasor y todos sus gestos son captados por la pantalla.

Tres horas después, sujetado por dos simuladores, uno del brazo izquierdo y otro del derecho, aparece en la sala un nuevo invasor. Es una réplica. Ha quedado perfecto. Pero no tiene vida, no se ha realizado la conexión energética que es el último paso para convertir al aparato en un robot con vida controlada, en un simulador dependiente de la voluntad del departamento de inteligencia artificial. Sin este paso el aparato es un objeto inanimado. Y ese es el estado asignado a la réplica del invasor: un objeto inanimado idéntico al verdadero que figurará eternamente en el Museo de la Historia de la nueva era.

El invasor observa la entrada de su réplica con ojos de asombro. Los simuladores le ponen en pie y lo colocan frente a ella. La pantalla capta al invasor verdadero frente a su réplica. Las imágenes de ambos son transmitidas al centro científico de elaboración de simuladores. La exactitud entre ambos queda registrada. Las tres fedatarias son captadas por la pantalla y dan fe de que el proceso se ha desarrollado correctamente.

El invasor verdadero, cogido de cada brazo por el simulador humano correspondiente, y seguido de las tres fedatarias es conducido a la sala de ejecución. Su réplica es transportada en vilo por los dos simuladores y es conducido al Museo de la Historia. Unos detrás de otros salen de la sala.

Llegamos al pabellón de ejecución de sentencias a la hora señalada del día señalado. Lo hicimos en un vehículo oruga que no había visto nunca. Había pasado la mayor parte de mi vida debajo de la tierra, en zulos y con escafandra, pero nunca había visto a un gusano trepador. Mis movimientos se habían reducido a recorridos cortos y siempre andando: la distancia que separaba mi lugar de residencia de mi puesto de trabajo.

Ahora la distancia que separa el Pabellón de la Memoria del de la Ejecución de la Sentencia es demasiado larga como para hacerlo andando. Por eso nos trasladan en un aparato que nunca he visto, que circula a ras de tierra y que alcanza una gran velocidad. En la tripa del gusano hay tres departamentos. En el primero van tres personas que diviso con dificultad; son humanos, porque les veo beber de la botella identificativa. En el segundo vamos nosotras tres con el invasor y los dos simuladores que le mantienen sentado; como en todos los procesos anteriores, mantenemos rigurosamente la distancia de cinco metros y solo le vemos la nuca. El tercero está vacío, lo sé porque al entrar miré con disimulo y una profunda angustia se apoderó de mí.

El vehículo oruga se detiene y se abren unas enormes puertas. Las tres personas del primer departamento pasan al nuestro y una de ellas comienza a dar órdenes a los simuladores. Les dice que bajen del vehículo y conduzcan al invasor por la línea roja del pasillo siguiendo a las dos personas que ya han empezado a caminar. Los simuladores, llevando al invasor en volandas, obedecen la orden. Acto seguido se dirige a nosotras para decirnos que les sigamos. Él es el último en salir del vehículo.

Avanzamos según lo ordenado por un enorme pasillo. En principio no hay mucha luz y mis ojos se tienen que adaptar a la oscuridad, pero a medida que andamos se va iluminando hasta que tengo una visión perfecta. El pasillo se agranda en forma de plaza y las personas que encabezan el grupo se paran y hacen parar a los demás. En el centro de la plaza hay tres círculos, el central es rojo y los dos laterales azules. La persona que dirige el proceso de ejecución ordena a los simuladores que coloquen al invasor en el círculo rojo y que ellos se sitúen en el azul. Los dos simuladores ajustan los pies del invasor a las huellas que figuran en el círculo rojo y lo sujetan por los brazos. Cada uno de ellos se coloca en el círculo azul.

A cinco metros del círculo rojo hay una raya amarilla. La persona que camina a nuestro lado nos da la orden de parar y nos sobrepasa. En el techo, cuatro ojos visores captan las imágenes de lo que sucede en la plaza desde todos los ángulos posibles. A nuestra derecha hay una cabina. A ella se dirige la persona ejecutora.

No puedo por menos de mirar a Eloína, noto que mi chip cerebral oficial está dejando constancia del hecho para la memoria del Estado. La persona ejecutora entra en la cabina, se sienta cuidadosamente, aprieta una palanca, se abre el círculo rojo, los simuladores sueltan los brazos del invasor... Impertérrito cae al pozo del olvido.

Miro a Eloína con complicidad, cruzó los dedos. Fina permanece absorta en lo que ha sucedido.

El rio

Es un río porque así figura en los mapas y en el chip del conocimiento, pero desde la azotea de la cuarta planta del edificio de la Armonía Elisenda lo contempla como si fuese el mar. Cierto que aunque todavía no ha caído la niebla resulta imposible observar lo que sucede en la orilla contraria. Más bien se puede observar cómo la redondez de la tierra es un hecho evidente. Las olas tampoco son tan bravas como las del océano, lo que produce la primera sospecha de que aquello a lo que los ojos de Elisenda se enfrentan no llega a la proporción oceánica, pero cuando el viento azota, aunque sea levemente, las aguas comienzan a respingar como si fuesen bailarinas chapuceando entre la amabilidad de los peces.

Elisenda llegó a su habitáculo después de un día agitado. Como todas las tardes, cuando todavía el sol gana la batalla a la oscuridad, coge su potente telescopio para comprobar si por los arboles que crecen al otro lado del río juguetea alguna ardilla. La ardilla es el animal que la cautiva. Todas las tardes las ve saltar entre las ramas de los árboles. Se fija en sus ojos porque son idénticos a los de Eloína, se confunden entre el negro y el marrón y rebosan luz y alegría.

Con sus ciento y un años Elisenda contempla el río con los ojos de la esperanza. Ante ella se abre una nueva vida. Ha pasado solo un año desde su llegada al valle, pero ahora tiene recuerdos. Recuerdos que la revitalizan y la aumentan las ganas de vivir. Piensa en lo que ha vivido en el último año y está ensimismada. Un ruido estridente la vuelve a la realidad.

— ¿Eres tú, Eloína?

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