EL INVASOR

Lao-Tse

Elisenda tuvo un presentimiento, avizoró su mirada y se detuvo en una mancha insignificante que se movía lentamente por el centro del río. Orientó sus gafas, intensificó al máximo la nitidez de los rayos X y contempló una figura diminuta que se dirigía a la orilla que ella vigilaba.

Era un hombre pequeño. Al principio era un punto insignificante perdido en la mitad del río. Esa noche no había luna y la niebla lo ocultaba todo. Venía muy despacio, la lancha nadadora tenía el motor apagado y se deslizaba suavemente por las aguas sin apenas hacer ruido. Cuando estuvo a unos metros de la orilla y apreció con nitidez, el hombrecillo levantó las manos.

Elisenda se quedó petrificada. El hombre pequeño se bajó de su lancha y manteniendo las manos levantadas se acercó hacia ella. Por primera vez desde que llegó a su celda tendría que actuar. Solo habían pasado tres noches y ya tenía que actuar. Estaba sola y un enemigo, un invasor, avanzaba hacia ella. Sabía las normas y conocía perfectamente el protocolo, tenía que activar el microchip defensivo, pero dudaba.

— Me llamo Lao-Tse y quiero paz.

Lo repitió tres veces en el idioma del Estado D y lo hubiese repetido muchas más si Elisenda no le hubiese respondido en voz muy baja, pero tajante:

— Cállate, ya lo he oído.

Y sin bajar la espada que apuntaba a su pecho le obligó a dar la vuelta y le indicó que caminara hacia donde debería encontrarse Eloína.

— Yo solo paz —y ofreció sus muñecas para ser esposadas.

— Yo esperar —y le indicó que siguiese caminando.

— Pero dime si paz o si guerra. Si guerra, mátame ahora.

— ¡Cállate! No digas nada.

Elisenda tenía que esperar. Seguía dudando mientras esperaba ver la silueta salvadora de Eloína. Pasados unos minutos divisó una sombra. Era ella, tenía que ser ella. Levantó el brazo izquierdo y lo movió de un lado a otro para llamar su atención.

Cuando Eloína llegó a su altura percibió la gravedad de la situación. Vio la cara asustada de Elisenda que contrastaba con la de un hombre tranquilo que caminaba delante de ella con las manos en alto. Elisenda le apuntaba con su espada por la espalda. El hombre quiso hablar, pero solo pudo decir su nombre porque Elisenda le mando callar.

— ¿Qué hacemos con él? — preguntó asustada y en voz muy baja Elisenda.

— Lo primero, pensar.

— Según el protocolo tenemos que dar la alarma inmediatamente.

— Antes dejémosle hablar.

Y el hombre menudo que apareció en la zona del río que vigilaba Elisenda comenzó a hablar:

— Me llamo Lao-Tse y quiero paz. He venido solo para no arriesgar más vidas que la mía. Sé que me juego la vida en este empeño, pero a mi edad y visto como están las cosas en el valle, no merece mucho la pena seguir viviendo. Todo me lo juego al azar. Y el azar significa que a este lado del valle pueda encontrar a otras personas con pensamientos parecidos a los míos.

— Te escuchamos con atención — respondió Elisenda— pero debes entender que necesariamente tendremos que pasar información de tu presencia en este lado del valle.

— Cierto — recalcó Eloína— , pero antes termina de contarnos tu relato.

— Vengo de mensajero de la paz. No sé si en esta orilla la idea de la paz puede tener cabida, pero os puedo asegurar que en mi orilla somos una inmensa mayoría quienes estamos hartos de las guerras interminables entre los dos Estados y de los engaños permanentes a los que está sometida toda la población.

— Continúa — replicó ahora Elisenda.

— Queremos hacer llegar a alguien una propuesta de paz.

— ¿Una propuesta de paz a quienes no tienen capacidad para decidir? ¿Un poco raro, no? ¿En vuestro Estado tenéis capacidad de decidir quienes estáis defendiendo el Valle? -volvió a replicar Elisenda.

— Lo cierto es que no, pero si tenemos pensamientos similares podemos diseñar estrategias conjuntas. Yo soy un simple defensor del valle de la orilla opuesta, estoy a ordenes de mis jefes como me imagino lo estaréis vosotras, pero estoy harto de recibir órdenes. En la otra orilla somos muchos quienes estamos dispuestos a la rebelión. Y este sería el primer intento para contactar con vosotras y saber si en este lado hay también descontento con la sumisión de que somos objeto.

— Déjanos pensar —dijo ahora Eloína.

Elisenda y Eloína se miraron perplejas. Se separaron un poco del invasor y, manteniendo Elisenda la espada amenazante, conversaron en voz imperceptible.

— Tenemos que hablar con ELhoY 6.4. — dijo Eloína.

— ¿Quién es ELhoY 6.4.? — preguntó Elisenda.

— Después te contaré.

Eloína con voz tranquila habló al hombre pequeño:

— Podemos coincidir contigo, pero antes de dar ningún paso tenemos que hablar con una persona de nuestra máxima confianza.

— Yo esperaré el tiempo que sea necesario. Cada día que siga con vida en este lado del Valle será un motivo de alegría para mí. Cuando acepté esta misión pensé que mi destino sería el de la muerte inmediata.

— Pues espera— le dijo, mientras indicó a Elisenda que permaneciese vigilante.

El método que Eloína tenía diseñado para contactar con ELhoY 6.4. era muy complejo. Era un contra microchip, el chip del pensamiento alternativo, y solo unas cuantas personas tenían conocimiento de su existencia. Unas personas clandestinas dentro del sistema: las revolucionarias.

Eloína era una de ellas, pero aún no se lo había contado a Elisenda. Aunque habían confraternizado desde el primer día, llegando incluso a compartir la bondad de sus cuerpos, aún no habían llegado a la realización del rito de la sangre.

A todas las personas que se incorporaban a la defensa del Valle se les incrustaba un microchip defensivo para contactar con su jefe inmediatamente superior en el supuesto de que ocurriese alguna emergencia. Es lo que debería haber hecho Elisenda en el mismo momento de divisar al invasor. Pero Elisenda estaba tan aturdida ante el inesperado percance y llevaba tan poco tiempo en el Valle que no se atrevió a hacer nada sin antes consultar con Eloína.

Eloína activó el protocolo de contra información y se puso en contacto con ELhoY 6.4. Le contó lo sucedido y ambos se dieron cuenta inmediatamente de la gravedad del asunto. Con toda la información en su poder, ELhoY 6.4. le ordenó que hicieran el seguimiento estricto del protocolo.

Protocolo

En caso de ser percibida una situación amenazante para la seguridad del Estado, la celda que lo detecte comunicará a su jefe inmediato, a través del microchip defensivo, el hecho. Una vez puesto en conocimiento el hecho ante el jefe inmediato de la jerarquía de la defensa, la celda descubridora contactará con sus lindantes y les dará a conocer lo sucedido.

Este era el artículo del protocolo que hacía referencia a una situación amenazante para la seguridad del Estado como era este caso. Y siguiendo las instrucciones de Eloína, Elisenda activo el microchip que llevaba incrustado en su cerebro y todo se revolucionó. La celda 116 se unió a la 117 y 118. Elisenda detalló a sus compañeras cómo había aparecido el invasor ajustándose en todo momento a lo establecido en el protocolo. Pasados unos minutos el cielo se cubrió de aparatos voladores. Tres se posaron en la parte del camino que pertenecía a la celda de Elisenda. De uno de ellos bajó una persona y dos simuladores. La persona se identificó e interrogó primero a la celda 117, después a la 118 y por último a la 116 y dejó grabadas para el archivo del caso —que sería nominado como el del invasor de la 117— todas sus respuestas. Los dos simuladores se acercaron al invasor, lo esposaron, le cubrieron la cabeza con una malla que tenía dos aberturas a la altura de los ojos y se lo llevaron.

El invasor cruzó sus ojos con Elisenda primero, con Eloína después y se tranquilizó. La profundidad de sus miradas y la dulzura de sus gestos frente al ajetreo del resto de personas y de aparatos simuladores que allí se habían congregado le llenaron de confianza.

El resto de los aparatos voladores aparecían y desaparecían por la parte del río que estaban inspeccionando. Desde el último episodio bélico no había sucedido ningún percance digno de reseñar. Pero la aparición de una persona enemiga lo cambió todo de repente. Saltaron todas las alarmas y el dispositivo de emergencia, en su nivel dos, se puso en funcionamiento.

Las celdas 116, 117 y 118 fueron examinadas con minuciosidad por aparatos simuladores. Los aparatos voladores rastrearon la zona durante un largo rato. No descubrieron nada. El invasor había llegado solo y fue puesto a disposición de la justicia del Estado.

Elisenda y Eloína tuvieron un día muy complicado, en nada se pareció a los vividos desde que el destino las llevó a ocupar celdas simultáneas. No vieron desaparecer la niebla ni aparecer el sol. No tuvieron tiempo para relajarse, para contarse sus historias, para acariciarse o para jugar con las labores del huerto. Solo tuvieron tiempo para responder a preguntas, para escuchar los ruidos de los aparatos voladores y para la incertidumbre. Cuando todo acabó, cuando la jefatura superior de la defensa dio por concluidos todos los trabajos y un aparato volador se hizo cargo del invasor, a su mente llegó la incertidumbre.

Elisenda era quien más dudas tenía en su cabeza. Quedó muy preocupada por la captura del invasor y por la suerte que pudiera correr. Eloína procuraba tranquilizarla, ella conocía a ELhoY y estaba segura de que él solucionaría con éxito la situación. Cuando pasó la agitación y el día estaba a punto de concluir fue cuando Elisenda se dio cuenta de que tenía una pregunta pendiente:

— ¿Quién es ELhoY 6.4.?

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