ENCUENTROS
ELhoY 6.4.
— Te he contado muchas cosas de mí, pero no te he contado aún lo más trascendente. —Le dijo Eloína después de haber pasado una noche en vela y una mañana compulsiva.
— Cuéntamelo, puedes confiar plenamente en mí.
— Nos falta hacer un rito. Es el que realizamos todas las personas que pasamos a la clandestinidad ciudadana.
— ¿Rito? ¿Clandestinidad ciudadana?
— Sí, no nos tomamos la inhibidora. Nos miramos todo lo que nos da la gana. Tenemos sentimientos y nos amamos. No cumplimos las normas. Somos clandestinas. Y hacemos un rito.
— Quiero ser clandestina. Yo estoy dispuesta a seguir todos los pasos que tú me indiques. El encuentro contigo ha significado iniciar una nueva vida.
— El rito de la sangre es el de la confianza total. Es el que hice con ELhoY 6.4. y el que tenemos que hacer nosotras antes de seguir con esta historia.
— Hagámoslo.
Y después de hacerlo, y a pesar de lo avanzado de la tarde, Eloína comenzó a contar su historia con ELhoY 6.4.
"Cuando llegué a la Universidad de la Investigación me encontré con un sabio. Él me cambio la vida, se interesó por mí, siguió todos mis procesos de investigación y después de diez años me hizo su asesora. Eso ya lo sabes porque lo dejé escrito en el registro del Estado".
— Si, ya me lo has contado, entonces el sabio es ELhoY 6.4.
— Lo has adivinado.
— ¿Y cómo te cambió la vida?
— Eso es lo que te voy a decir ahora. Es el secreto que no te podía contar hasta que hiciésemos el rito de la sangre.
— Pues ya está hecho. Cuenta — dijo mimosamente Elisenda mientras le succionaba el dedo pulgar de su mano derecha.
— Es una larga historia. Fueron cuarenta años y no se pueden resumir en una tarde.
— Empieza y cuando sea la hora del descanso lo dejamos.
"En los cinco primeros años de mi estancia en la Universidad de la Investigación apenas tuvimos relación. Me llamaba periódicamente a su despacho y me asignaba proyectos. Del primero, el relacionado con la píldora unificadora, ya te he hablado. Fue la etapa de mi encuentro con daJla 9.7. y HairA 7.1. El segundo proyecto que me adjudicó se llamó Aceleración del proceso de eliminación de la radiación en el Valle, estaba relacionado con su Departamento y por primera vez a mí me nombró Jefa del proyecto. Lo desarrollamos en equipo con la participación de todos los componentes del proyecto y de él como coordinador del Departamento. Trabajar en equipo, con todos los conocimientos que tenía adquiridos tras mi experiencia con el robot limpiador primero y el reciclador después, me aportó una situación de privilegio. Aunque yo era la máxima responsable me gustaba debatir y compartir las decisiones con el resto de los componentes del proyecto.
En las reuniones de equipo mi chip funcionaba a la perfección. Todas las instrucciones de limpieza de los aparatos, todas las fórmulas aprendidas de prevención de riesgos y todos los procesos de consolidación de los hábitos de limpieza en el campo acudían a mi mente, sin tener que hacer ningún esfuerzo en recordarlo. A todo ello se unían mis conocimientos de la agricultura, del riego por inyección y de la adaptación de las especies que se cultivaban en el Valle a los nutrientes que necesitaban. Todo me convertía en una persona respetada.
Tenía reuniones esporádicas con ELhoY 6.4., pero como él no estaba implicado en el trabajo diario nuestros encuentros se limitaban a las reuniones de coordinación de proyectos. De él solo sabía su nombre y me sonaba bien. Tan bien que decidí apropiármelo y fue el principio de Eloína. ELhoY 6.4. había llegado a la clase social más alta, la de dirección. Se encontraba en aquel momento ubicado en el nivel dos, equipo asesor, de la cadena de mando. Era la máxima autoridad en sismología y en vulcanología. Conocía losvolcanes como la palma de su mano, desde su origen magmático hasta sus efectos en el deterioro del medio ambiente. ELhoY 6.4. era el Coordinador General del Departamento de Conservación de la Naturaleza.
A partir del quinto año de mi presencia en la Universidad de la Investigación nuestros encuentros se hicieron más frecuentes. El nuevo proyecto, Seguimiento de los procesos energéticos en el interior de la Tierra dependía directamente de él. Yo era la adjunta primera y tenía la responsabilidad de controlar los niveles sismográficos de toda la costa del Estado Atlántico Este. Aunque el Planeta parecía haberse estabilizado, en los últimos cincuenta años el momento sísmico mantenía unos parámetros físicos estables y la posibilidad de que se produjeran nuevas rupturas sísmicas era mínima, las consecuencias tan dramáticas que habían sucedido en el siglo anterior aún no se habían olvidado.
Nuestra relación laboral nos obligaba a mantener conversaciones frecuentemente. Teníamos que intercambiar opiniones sobre la evolución de la dimensión de las ondas y la evolución de las temperaturas por lo que la vista y la palabra se hacían imprescindibles. La vista en este nivel podía permanecer fija ante los ojos de la otra persona por el tiempo que fuese necesario y la palabra podía ser compartida en turnos de hasta cinco minutos. La vista y la palabra nos hicieron cómplices, primero de nuestra relación de trabajo, y después de nuestra relación sentimental.
En los puestos de dirección todos son privilegios: las normas de la mirada y del distanciamiento se relajan y nadie toma la píldora inhibidora. Pero el privilegio mayor es el que se alcanza cuando se llegaba al nivel más alto de la carrera de investigación: se accede al derecho de visitar Los Glaciales del Sur"
— ¿Los Glaciales del Sur? ¿Qué es eso?
— ¡Oh! ¿Tú no llegaste a acceder a ese derecho?
— No, yo en mi vida productiva no superé el nivel 4, solo he visitado dos veces la zona limpia y nunca llegué al nivel de investigación. He sido productora primero y controladora después. No he disfrutado de los privilegios de las clases superiores.
— ¡Qué gran injusticia!
— Quizá la injusticia más grande es no haber tenido esa necesidad. De no haberte conocido jamás hubiese sabido que los sentimientos existían.
— Por la maldita píldora. ¿Tú nunca has tenido deseos?
— Yo he cumplido siempre con las normas. Siempre he tomado las píldoras que me correspondían. Y has sido tú quien ha despertado mis deseos.
— ¿Nunca has querido rebelarte?
— No sé que es rebelarse.
— Ir en contra de las normas que nos imponen.
— Yo siempre las he aceptado.
— ¿Ni siquiera has cuestionado a la píldora inhibidora?
— No. Jamás pensé dejar de tomarla hasta que me lo dijiste tú. Pero sigue porque tus historias están produciendo en mi espíritu un efecto similar al de haberlas vivido.
— Mejor lo dejamos para otro día. Lo que te quiero contar es muy largo y hoy hemos tenido un día muy intenso. Necesitamos descansar un poco antes de salir de nuevo a patrullar.
Los Glaciales del Sur
Después de una noche de intensa vigilancia Elisenda entró por primera vez en la celda de Eloína agarrada a su mano. Todas las mañanas se habían juntado en la suya, pero esa noche su cabeza había dado muchas vueltas y en una de ellas se imaginó en la celda de Eloína. Quiso ser ella la intrusa y gozar del cosquilleo que proporciona el olor a lo desconocido. Ambas se juntaron en la confluencia de sus parcelas y fue Elisenda quien le cogió la mano y eligió el rumbo en busca del lugar para dedicarse al deleite. Y su mayor deleite de esa mañana era seguir escuchando la historia que quedó inconclusa el día anterior.
Elisenda era parca en dar explicaciones de los hechos que le habían acontecido en su vida. Ella misma reconocía que era insulsa y que no tenía hechos que pudieran ser contados. Solo al hilo de los comentarios que hacía sobre las historias de Eloína se percibía algún atisbo de lo que ella había sido. Por eso escuchaba con entusiasmo lo que Eloína le contaba. Lo hacía con verdadero fervor, la animaba a que fuese explícita en los detalles, a que se recrease en sus historias, pues al hacerlo ella también se recreaba y pensaba que compartía la historia. Eloína, al contrario, disfrutaba narrando sus historias, lo hacía con mucha meticulosidad, sin olvidar ningún detalle, y observaba con enorme satisfacción el efecto excitante que su relato propiciaba a su amada.
Esa mañana, cuando vio que le agarraba la mano y que se dirigían a su celda por primera vez, la sonrisa apareció en su cara y se dispuso a seguir contando la historia que el día anterior había comenzado.
"Los Glaciales del Sur son como el paraíso perdido de la antigua era. Una cadena montañosa que bordea el Océano, de alturas cercanas a los ocho mil metros, donde las nubes se hermanan con las montañas y las temperaturas bajan bruscamente de los cero grados. Allí fuimos los máximos responsables de los proyectos del departamento de Conservación de la Naturaleza y ELhoY 6.4. fue nuestro guía.
Llegamos al pabellón de recepción donde pasamos la noche y lo primero que nos dieron fue un aparato locomotor unipersonal con una plataforma donde apoyar los pies y un cuerpo vertical, el manillar, con un ordenador de a bordo. El aparato tenía dos posiciones de funcionamiento.
En la uno, el aparato avanzaba pegado al terreno siguiendo las indicaciones que tú le dabas utilizando las manos. Su sistema de cadenas, perfectamente adaptables a la orografía del terreno, permitía sortear todo tipo de plantas, arbustos o incluso alguna roca de pequeño tamaño.
En la posición dos el aparato se elevaba a la altura que tú mismo marcabas en el ordenador. Desde esa posición cada uno podía jugar con la altura y la velocidad y convertirse en un autentico pájaro.
Desde que cogimos nuestro patinete hasta que empezamos a subir los primeros metros del monte pasaron solo unos minutos que a mí se me hicieron interminables, mi impaciencia era enorme. Mis ojos cambiaban constantemente de dirección. Unas veces se posaban en el pabellón donde habíamos pasado la noche, un habitáculo rectangular con capacidad para un millar de celdas unipersonales. Apenas pude dormir a pesar de que la litera era cómoda porque la emoción me embargaba. Otras veces se centraban en las personas que me acompañaban.
Mis ojos, sin poderlo remediar, buscaba con ansiedad a ELhoY 6.4. Sabía que tenía muchas obligaciones, pero me negaba a reconocerlo, quería que estuviese siempre pegado a mí como un fiel compañero. A veces mis ojos se dirigían a lo alto de las montañas, unos picos que se encadenaban y que desaparecían de nuestra vista cuando las nubes se adueñaban de su existencia.
El sol se asomaba lentamente por el horizonte, eran los primeros minutos del día y yo quería que pasasen más deprisa, pero inevitablemente todo transcurría despacio. Miraba a un lado y a otro, pero mis manos, inquietas, acariciaban impacientemente al pequeño vehículo y mis pies se movían nerviosos dispuestos a iniciar el recorrido. No podíamos empezar hasta que la voz del monitor jefe apareciese en el pinganillo que habían incrustado en el lóbulo de nuestro pabellón auditivo. Un minuto de espera tiene más de sesenta segundos, pero por fin se dio el pistoletazo de salida y todos de forma alborotada nos dirigimos por las primeras cuestas a disfrutar de los Glaciales del Sur.
Inicié mi recorrido en la posición uno a una velocidad muy lenta. El terreno, aunque empezaba a ser ligeramente inclinado, permitía observar hierbas floridas, arbustos de poco ramaje y algún riachuelo cantarín. Controlaba la velocidad y la limitaba para observar la belleza del paisaje, trepar por veredas estrechas y disfrutar del viento que a esa hora de la mañana azotaba mi cara.
Cuando observé que la mayoría de las personas que me acompañaban volaban pasé a la posición dos y las emociones comenzaron a apoderarse de mí. Volábamos como pájaros, íbamos a diferentes niveles y jugábamos con la naturaleza y con nosotros mismos. Aunque las normas de comunicación se habían relajado, la costumbre nos atenazaba y apenas existía relación entre nosotros"
— Yo tuve un aparato volador similar en la ciudad exterior cincuenta y siete.
— ¿Conoces el aparato volador de la gama uno?
— Sí, pero el mío era muy básico. No nos podíamos elevar a más de veinte metros.
— Pues cuéntame tu vida en la ciudad cincuenta y siete, porque yo te cuento todo y tú no me cuentas nada.
— Vale, lo haré, pero cuando termines tu historia, que me está entusiasmando.
— De acuerdo, sigo y después lo haces tú.
"A los dos mil metros apareció la nieve. La temperatura descendió a cero grados, mi cuerpo notó la inclemencia del tiempo y tuve que apretar el botón calefactor de mi malla. Los árboles desaparecieron del paisaje. Lo último que vi fueron los pinos. Unos pinos retorcidos cuyas ramas cansadas de tanto sufrir los embates del viento se arrastraban por el suelo para mendigar una caricia. Entre los riscos afloraban a la superficie sus gruesas raíces que en un difícil equilibrio buscaban degustar el alimento que revitalizase sus músculos. Percibí su olor embriagante antes de que una ráfaga de nieve cubriese mis gafas y mis dedos se apresuraran a pulsar el botón que me elevaba hacia el cielo.
Por encima de la nubecilla observé a otras personas volar. Me sumé al baile cuando desde lo alto escuché la sinfonía del viento que al golpear las ramas de los pinos jorobados producía unos sonidos armónicos. Unos eran melódicos por medio de sus finas agujas y otros eran graves cuando sus musculosas ramas se retorcían y resquebrajaban. El sol brillaba y su reflejo en la nieve hería mis ojos, pero yo baila buscando entre todas las personas que zigzagueaban por encima de las nubes a aquella que me tenía obsesionada. Extasiada, observé una pequeña explanada cubierta de nieve, me dirigí hacia ella y aterricé desplegando mis alas. Antes de recuperarme de mi fatiga noté que una persona paraba a mi lado. Era él.
A cuatro mil metros de altura llegamos al Centro de Interpretación de la Naturaleza. Allí nos dieron unas gafas especiales y ELhoY 6.4. nos mostró la verdad física del planeta. La realidad de los años anteriores a la Hecatombe no es como nos la han contado en los centros de instrucción. En el centro de Interpretación está registrada la evolución de nuestro planeta desde la época de los dinosaurios hasta nuestros días.
La cadena montañosa de los Glaciales del Sur es una parte de la Gran Cadena Glacial que se interpone entre el Continente y el Océano. La zona norte es tan abrupta que resulta imposible su acceso a alturas superiores a los cinco mil metros. En el centro de Interpretación se registran las diferentes fases de la formación de la cadena. ELhoY 6.4. nos lo fue contando al grupo allí congregado al tiempo que en nuestras gafas aparecían las secuencias filmadas de las transformaciones. Nos dijo en qué periodo desaparecieron los polos. Nos explicó el periodo de deshielo y las inundaciones que se produjeron en enormes zonas del planeta. Nos contó detalladamente el periodo de los volcanes y los terremotos. Nos explicó los cambios climáticos y cómo las cadenas montañosas cortaron el paso del vapor de agua, que se fue depositando en sus picos en forma de hielo en alturas superiores a los cuatro mil metros. Nos contó cómo las nubes se hermanaron con las montañas. Y nos contó cómo la huella humana intervino en todo el proceso.
En el centro de interpretación estaba todo registrado. Las imágenes nos mostraban cómo el agua se fue evaporando de los océanos y cómo una parte se quedó en forma sólida en los grandes picos de las montañas. Cómo subieron los niveles de los océanos y cómo volvieron a descender. Y cómo numerosas zonas que habían sido invadidas por las aguas volvieron a ser habitables.
ELhoY 6.4. me hizo suya. Y me hizo libre. Y cuanta más libertad me daba más suya me hacía. Así pasamos siete días. Pero cada día tuvo una noche y las siete noches que pasamos allí me las reservo para contártelas en otra ocasión, porque si no esta historia se me hará eterna. Además ahora tú me vas a contar con todo tipo de detalles tu vida en la ciudad cincuenta y siete exterior".
— Bueno, te cuento yo mi estancia en la ciudad cincuenta y siete pero con el compromiso de que tú me cuestes ese mismo día la primera noche con ELhoY 6.4.
— De acuerdo, nos lo contamos mañana después de retozar.
La ciudad cincuenta y siete
— De la ciudad cincuenta y siete, en sus dos versiones: el zulo y el exterior, ya te he hablado en el relato de mi historia.
— Sí, en tu historia están los hechos, pero yo quiero que me cuentes tu vida, lo que hacías, lo que sentías.
— Es que no sentía.
— Algo tenías que sentir. Es imposible vivir sin sentir. Cuenta, ya verás como te sale algo.
"Mi vida como ciudadana en la ciudad cincuenta y siete fue una interminable rutina. Trabajo-control, alimentación, relajación, paseo por la gran calle central y escuchar discursos. Treinta y un años pasé en el zulo de la ciudad cincuenta y siete. Tardé bastante tiempo en adaptarme a mi estatus de ciudadana. A pesar de haber pasado con éxito el proceso de aprendizaje adecuar mi vida a las normas que de manera definitiva tenía que aceptar supuso un trauma para mí. Un trauma que fue inmediatamente captado por el ojo visor del Estado y que se solucionó a los pocos meses de mi estancia con la incorporación a mi dieta de una píldora nueva: la tranquilizadora.
No recuerdo tener deseos ni me viene a la memoria la cara de alguna persona, tampoco recuerdo a la persona que me daba las órdenes ni a quienes estaban a mi lado. Solo recuerdo estar cansada, cansada de la monotonía, siempre hacía las mismas cosas, creo que era una autómata que hacía en cada momento lo que estaba estipulado. Ahora me veo como una persona apagada, sonámbula, sin recuerdos; fueron treinta y un años y me parece un tiempo insignificante comparado con la intensidad del día que vivimos ayer. Ni siquiera cuando salíamos al exterior tenían sustancia para mí. Hacíamos otras cosas, sí, pero era simplemente cambiar de hábito.
Comencé a pasear por las autopistas sin escafandra cuando nos trasladaron a la ciudad cincuenta y siete exterior, pero con una mascarilla antirradiactiva y unas gafas protectoras de los rayos solares. Paseábamos durante tres horas por unas carreteras gastadas por el tiempo y estábamos siempre controladas por unos temibles visores. Durante el paseo se activaba el chip musical para concentrarnos en nosotras mismas. Teníamos que guardar cinco metros de distancia con los otros paseantes y estábamos obligados a hacer siempre el mismo recorrido: el asignado a cada edificio de residencia.
El primer paseo me entusiasmó. Contemplar el paisaje me dio una sensación nueva: sentí ganas de volar. Pero con el paso del tiempo la sensación nueva se convirtió en costumbre y el deseo de volar desapareció de mi cabeza. Además la música me mordía el cerebro y mis pies comenzaron a dolerme a partir de la segunda hora.
Después del paseo teníamos una hora de relajación. Pero mi cama de relajación era un monstruo que me estiraba unas veces los brazos y otras veces las piernas. Yo no podía negarme porque los aparatos robóticos se movían por todas partes y no me permitían reaccionar. Además eran ellos quienes marcaban el ritmo y determinaban el tiempo que el brazo o la pierna debían permanecer estirados. Yo siempre odié a esos aparatos esqueléticos que se adelantaban a mis pensamientos y me obligaban a hacer unos movimientos que me ponían nerviosa. Lo que peor llevaba era cuando estaba en la posición supina y el dichoso aparato me elevaba, cogiéndome de los talones hasta la posición vertical; entonces toda la sangre se concentraba en mi cerebro y sentía que me ahogaba. Así permanecía unos segundos, pero a mí se me hacían eternos. Tampoco me gustaba que me estirasen los brazos ni que me los llevasen hasta tocar con ellos la punta de mis pies. Se llamaba relajación, pero a mí me parecía un suplicio.
El gimnasio era distinto. Allí no teníamos música que nos taladrase el cerebro. A mí me gustaba saltar en aquellas mallas que me hacían subir cada vez más alto. Desde la altura contemplaba a las personas de mi alrededor como diminutos mosquitos con los que podía jugar. Además los saltos, las piruetas y las carreras me daban vitalidad, me hacían sentir libre y olvidar mi absoluta soledad.
Los discursos eran horribles porque eran repetitivos y porque nos obligaban a cumplir unas normas estrictas. Al principio lo llevaba con resignación y con alguna esperanza de que con el tiempo cesaran, pero pasaron los días..., los meses... y los años, y los discursos no cesaron, entonces sucumbí en el nihilismo. Mi mente se quedó en blanco. Dejé de ser persona y me convertí en autómata. Era espectadora de mi propia vida. Una vida que dejó de tener recuerdos porque era una vida inexistente.
Todo se soluciona cambiando una píldora. El ojo visor es muy inteligente y lo detecta todo. Detectó mi estado de ansiedad al principio de mi estancia en la ciudad cincuenta y siete y lo solucionó con la píldora tranquilizadora; detectó mi vida inexistente y lo solucionó sustituyéndola por la activadora. Era todavía joven y tenía que ser activa para la nueva etapa. En el año sesenta de la nueva era desapareció el tiempo de trabajo y fue sustituido por la norma de control de los aparatos robóticos y de los simuladores. En realidad ya se venía aplicando, los humanos controlaban los aparatos. Yo así lo hice en la cadena de envasado. Pero ahora era más sofisticado, el control de los aparatos productivos servía como tiempo de diferenciación entre el ser humano y los simuladores".
— Ansiedad, ¿te das cuenta como tú también tenías sentimientos? Es imposible vivir sin sentimientos.
— Todos negativos. No he sabido lo que era el gozo hasta que te conocí.
Una noche con ELhoY
— Sigue tú contando tu vida porque la mía no tiene sentido.
— Claro que lo tiene. Lo iremos descubriendo poco a poco. Ya hemos descubierto que estabas totalmente controlada por el Estado, pero que algunas cosas te gustaban, como lo que hacías en el gimnasio, y que contra otras te empezabas a rebelar, como el sopor que te proporcionaban los discursos.
— Pero mis recuerdos son vagos, escasos y difusos, mientras que los tuyos son muchos, variados y nítidos. Por eso prefiero que sigas tú.
— Vale, pero los tenemos que intercalar con los tuyos para que el conocimiento sea mutuo.
— De acuerdo. Sigue con tu historia de ELhoY 6.4. Estoy deseosa de que me cuentes la primera noche.
— Antes de llegar a la primera noche empezaré por recordarte los antecedentes.
— Sí, pero empieza ya, por favor.
"Te recuerdo:
Las veinticuatro horas antes de partir a los Glaciales del Sur tuvimos una adaptación alimentaria consiste en la ingesta de alimentos y bebidas en cantidades suficientes y en la variedad necesaria para cubrir las necesidades alimentarias corporales de una semana.
Disfruté de la comida y de la bebida antes de hacer la limpieza intestinal para preparar a mi cuerpo a estar siete días con el único alimento de la píldora nutritiva y las necesidades líquidas imprescindibles. Todo programado para que no tuviésemos ninguna necesidad de hacer deposiciones ni sólidas ni líquidas durante nuestra estancia en los Glaciales. Nuestras capacidades retentivas se adaptaron a estar siete días sin evacuar.
La vestimenta también era especial. La malla nos cubría todo el cuerpo. Un simulador, mi asistente personal preparatorio, me la puso ajustándomela herméticamente a mis proporciones. Estaba tan adaptada a nuestro cuerpo que con las manos percibíamos las rugosidades de lo que tocábamos como si lo palpásemos con nuestra piel. Se ajustaba perfectamente a la cabeza adaptándose a los ojos, a la nariz y a la boca. Por la parte de los ojos el material era transparente y se podía regular su amplitud de visión telescópica mediante el ritmo del parpadeo. Fue la primera vez que tuve el dominio de las imágenes y pude ver con nitidez aspectos que nunca antes había observado. La boca y la nariz eran los únicos orificios libres del hermetismo de la malla. Una ligera concavidad permitía el alojamiento de los alimentos: siete píldoras nutritivas y los líquidos imprescindibles que se alojaban en nuestra boca mediante un temporizador. La píldora nutritiva cada doce horas y el suministro líquido cuando el cuerpo lo demandaba en función de los niveles de esfuerzo. El orificio buconasal dejaba salir al exterior a un tubo que nos permitían respirar. El aire entraba en nuestros pulmones cuando inspirábamos y salía cuando exhalábamos. Entraba a la temperatura adecuada gracias a un sistema de calefacción que el tubo tenía incorporado a su estructura en la zona intermedia.
La malla estaba diseñada para tenerla puesta los siete días. Regulaba la temperatura externa con la de nuestro cuerpo mediante un sistema calefactor que la mantenía constante y la adaptaba a la exigencia corporal de cada persona. Y estaba totalmente aislada de los ruidos exteriores por lo que la comunicación siempre se recibía a través del chip oficial instalado en el cerebro.
Con el cuerpo predispuesto y la mente en estado eufórico llegamos al pabellón de recepción de visitantes donde pasamos la primera noche. Mi sorpresa inicial y mi primer día de excursión hasta el encuentro con ElhoY. Le quito los números porque yo siempre le llamo así, ya te lo conté el otro día. Pues bien, y siguiendo donde lo dejé, después de la explicación de ELhoY en el centro de interpretación nos dieron un tiempo de relajación personal. Yo me dirigí al rellano donde se produjo nuestro primer encuentro. Paré para observar la majestuosidad del paisaje y él se posó a mi espalda. Tras mi sorpresa inicial me cogió las dos manos, posó fuertemente su frente contra la mía y empecé a disfrutar de su comunicación a través del chip del pensamiento alternativo. Y lo primero que me dijo fue que todo el tiempo de la relajación personal estaría a mi disposición.
Me estremecí, leer su pensamiento dio un vuelco a todo mi cuerpo. De repente mi asombro se convirtió en miedo, en pudor, en vergüenza. Me di cuenta de que de la misma forma que yo leía su pensamiento él estaba leyendo el mío. Él se estaba dando cuenta de mi vergüenza, de mi pudor y eso aumentó mi angustia. Tranquila, le escuché pensar. Su pensamiento era el de tranquilizarme, se había dado cuenta de mi estado y trataba de controlarlo. Respiré profundamente y él pensó: Repítelo tres veces. Él sabía lo que me relajaba. Me escuchaba mis pensamientos y me ofrecía la respuesta que yo quería. Respiré profundamente tres veces y me tranquilicé.
Pasó los dedos de su mano derecha por mi espalda. Me agradó y se dio cuenta. Me escuchó que deseaba que lo repitiese empezando por las vértebras cervicales. Y las yemas de sus dedos se posaron suavemente en mi primera vértebra, lo hicieron con suavidad como yo lo pensaba. Me relajé. Él pensó: Así, despacio, concéntrate en mis manos. Lo entendí y lo hice. Me tranquilicé porque las yemas de sus dedos que seguían descendiendo lentamente acariciando mis cervicales me producían una gran relajación. Entonces pensé en él y se dio cuenta. Pasé mi mano derecha por la misma zona que él me acariciaba a mí y noté primero su satisfacción y después su excitación. Me alegré y él lo notó. Respondió a mi alegría con la suya y me animó a seguir pensando en él y en su estado de agitación. Dirigí mi mano izquierda en busca de su mano derecha y él se dio cuenta, porque me la ofreció con agrado.
Por primera vez fuimos cómplices y pensamos lo mismo, nuestras manos unidas se apretaron y el pensamiento de agradecimiento fue mutuo y simultáneo. La tranquilidad de mi cuerpo se plasmó en una sonrisa y mi alegría aumentó cuando leí en su pensamiento que él también se sonreía. No lo podíamos ver porque nuestras frentes estaban pegadas y en esa posición nuestros ojos no tenían la visión de nuestros labios, pero yo vi su sonrisa perfectamente dibujada en su cerebro. Él lo notó al mismo tiempo que se dio cuenta de que yo también me sonreía y me hizo saber que había descubierto mi percepción de su sonrisa.
Estaba conectada con él, sentía lo que sucedía en su cuerpo, lo que le revolucionaba y lo que pensaba de su estado. Me centré en él y me di cuenta de que también él se concentraba en sí mismo. Pensó que le gustaría que mi mano se aproximara a su entrepierna y así lo hice. Se encendió y me alegré. Él lo notó también y me respondió con un agradecimiento y una súplica: Piensa por dónde quieres que pase mi mano.
Me di cuenta de que había dejado de pensar en él para hacerlo en mí y me gustó. Cumplí lo que él quería y me concentré en mi propio cuerpo, quise que la mano que tenía libre la subiese hasta mi cabeza y me acariciase una oreja. Inmediatamente noté la suavidad de sus dedos en el lóbulo auditivo y me empecé a excitar
Mi pensamiento cambió hacia su cuerpo y noté que él se había aflojado. Él solo pensaba en mí y en mi estado de excitación, pero cuando notó que yo pensaba en él volvió a centrarse en su deseo y en un instante todo su cuerpo se volvió a revolucionar. Sintonizamos nuestros pensamientos, pasamos de sus deseos a los míos de manera simultánea y cuando ambos llegamos a una situación de máximo deseo lo disfrutamos conjuntamente. Yo disfruté de mi placer y del suyo y supe que a él le sucedió lo mismo.
A la hora programada el aparato volador, gama uno, hizo sonar su alarma. Me di cuenta de que nuestro tiempo en el rellano llegaba a su fin. Él se dio cuenta también de que debíamos regresar al campamento base y pensó: Podemos seguir esta noche en mi celda. Yo me alegré y pensé: Acepto con agrado tu invitación.
Cada uno en su aparato volador nos dirigimos al campamento base. El gama uno dejó de obedecer mis indicaciones y se puso en funcionamiento el control automático del aparato que siguiendo su programación se dirigió a su destino de final de la jornada. El campamento base era el lugar donde pasábamos las noches. La primera, como ya te conté, fue inquieta y expectante. La segunda fue la de la satisfacción plena.
Las celdas eran individuales y tenían el acondicionamiento justo para pernoctar: un aposento modelable para adaptarse a la anatomía del cuerpo. Eran individuales, pero no había ningún control sobre quien la utilizaba. Era un nivel de disfrute del que solo tenían acceso las personas más cualificadas y con responsabilidades de dirección. Cuando entré en su celda ELhoY me recomendó tomar la estimuladora y lo acepté.
La impaciencia fue lo primero que me vino a la cabeza, tuve un momento de curiosidad, pero solo fue un momento, pues pude comprobar con solo una mirada que la celda de ELhoY era idéntica a la mía. Él se dio cuenta de mi impaciencia al mismo tiempo que yo me di cuenta de que me lo notaba. Por eso nuestras manos se buscaron ansiosas y nuestras frentes se apretaron con fuerza. La malla que nos cubría estaba programada para acompañarnos los siete días sin que nadie se la pudiera quitar. No obstante yo sentí el olor de su cuerpo, disfruté del sabor de su saliva y noté la suavidad de su piel. Todo estaba en sus pensamientos y todo me gustaba. A él también le gustaba mi olor, mi sabor y el tacto de mi piel. Lo pensaba y yo se lo leía a través de mi frente.
Fue él quien pensó en reclinarnos en el diván y yo quien siguió sus pasos. Primero nos sentamos porque fue lo que a mí se me ocurrió. Después él se reclinó y me invitó a que yo lo hiciese encima de su cuerpo. A veces nuestras frentes se separaban porque las posiciones que íbamos adoptando requerían de una mayor movilidad de nuestra cabeza. Ya no importaba, empezamos a saber lo que el otro pensaba sin necesidad de tener las frentes unidas. Era un continuo fluido que me recorría todo el cuerpo y que sentía cómo a él también le ocurría.
El diván no estaba preparado para el descanso compartido, pero la noche fue larga y la fantasía de dos personas unidas por el mismo deseo abría un enorme abanico de posibilidades para unir el placer y el sueño. Primero nos agotamos en el mundo del disfrute. Comencé yo apoyando mi frente sobre la suya y transmitiéndole mi deseo de tocar todo su cuerpo. Él se recostó en el diván y se ofreció para que fuese yo quien recorriese con las yemas de mis dedos las partes más sensibles de su ser. A pesar de la malla notaba su pulso y me daba cuenta de cómo su ritmo cardiaco se aceleraba y su órgano viril aumentaba con la amenaza del estallido de la malla. Y cuanto más se aceleraba y más aumentaba más avanzaban mis pensamientos en el deseo de que explotase. Él me leyó el pensamiento pero no se derramó, la píldora estimuladora del hombre permitía alcanzar el clímax sin llegar a la eyaculación. Él supo controlarse y yo se lo leí.
Cuando estuvo saciado su cuerpo se desplomó y la actividad de su mente se redujo al mínimo. Yo me di cuenta y él también se dio cuenta de mi percepción porque inmediatamente se puso a pensar en mí y su actividad cerebral se recuperó en un instante. Noté su cambio de pensamiento y me sumé a él. Pensé en la satisfacción que me producía tenerlo pendiente de mí y en cómo mi cuerpo se encendía con sus fantasías eróticas que se unían a las mías.
Invertimos el proceso que habíamos realizado anteriormente y fue él quien palpó mis zonas más íntimas. Juntos conseguimos que mi excitación se fuera incrementando lentamente al ritmo que yo iba marcando. Yo controlaba mi deseo y el ritmo que quería imprimirle y él me acompañaba imaginándose mi estado. Elegí un ritmo lento, teníamos mucho tiempo para disfrutar juntos, la noche estaba a nuestra disposición. Así lo pensé y así me lo leyó.
Cuando no puede más, me extasié por dentro, él lo notó y ambos disfrutamos simultáneamente de mi orgasmo. Me apagué como él se había apagado antes. Reduje mi actividad cerebral como él antes redujo la suya. Y quedé recostada en el diván. Él se levantó, acomodó mi cuerpo a las dimensiones del diván, me cogió una mano, apoyó su frente encima de mi pecho y su cerebro me besó. Fue un beso largo, duró todo el tiempo que mi mente quiso. Fue penetrante, su lengua llegó a través de mi boca hasta el lugar donde más placer produce. Me besó en todas las partes que mi deseo le indicaba. Y mi deseo no dejó que ninguna parte de mi cuerpo quedase sin ser besada.
Dormí plácidamente en el diván. Él se acomodó en el suelo. A pesar de que nuestras frentes no se tocaban yo percibí sus sueños y él percibió los míos".
La sorpresa
— Cuando hubimos saciado todo nuestro amor, Cuando él tuvo confianza absoluta en mí y yo en él me contó toda la verdad.
— ¿La verdad de qué?
— La verdad de todo. De lo que somos y de dónde venimos. De nuestros orígenes y de nuestra historia. De la salud y de la enfermedad. De las píldoras y de su utilidad. La verdad filosófica.
El diván donde estaban recostadas no era lo más adecuado para hacer el amor. Estaba diseñado para dormir una persona boca arriba, pero no para ser compartido por dos.
Elisenda y Eloína se habían adaptado a compartir su tiempo recostadas en el diván, tumbadas de lado y en posición de vientre contra espalda. Así lo hicieron mientras Eloína contaba cómo ELhoY le había dado a conocer la verdad. Pero ahora necesitaban más. Conocían la verticalidad del amor, pero necesitaban otra postura más relajada para superar el cansancio de una noche de guardia. El suelo de la celda era duro, pero tenían que probarlo.
Lo probaron esa tarde después de que Elisenda mandase parar a Eloína en su discurso porque era incapaz de asimilar más información. A cada pregunta que hacía Elisenda le respondía Eloína con otra palabra tan desconocida como la que había propiciado la pregunta anterior. Así encadenaban preguntas y respuestas hasta que Elisenda se aturullaba e, incapaz de asimilar tanta información, optaba por la relajación corporal. Esa tarde sustituyeron el diván por el suelo y procedieron al rito del amor con la misma lentitud y el mismo reparo con que lo habían hecho otras veces en la posición vertical.
Repitieron las mismas posiciones y añadieron otra nueva: el abrazo invertido. Las dos amantes se abrazaron, pero ahora la boca de la una estaba pegada a la rodilla de la otra y las manos tenían libertad para hacer cosquillas desde los dedos de los pies hasta las caderas sin olvidarse de los muslos y los glúteos. La boca también tuvo libertad para subir y bajar desde la rodilla hasta el ombligo pasando por el delicioso monte de Venus.
Después de la hora de la conversación y del acto amoroso, ambas mujeres cayeron en el fondo de los sueños.
— Sigue con la historia de ELhoY y su verdad filosófica —susurró Elisenda rompiendo el sueño.
— La historia de ELhoY es muy larga —respondió Eloína mientras se desperezaba—, te la contaré más adelante y poco a poco, antes tengo que contarte otro encuentro.
— ¡Pues hale!
— Primero terminaré la historia de ELhoY contándote la sorpresa.
— ¿La sorpresa?
— Sí. ELhoY, al regresar de los Glaciales me invitó a conocer su habitación y me enseñó algo único.
— Cuéntame, estoy expectante, ¿qué era?
— Un cuadro.
— ¡Un cuadro!, ¿qué es eso?
— Yo había visto dos en la celda de procreación, pero tampoco sabía lo que eran. Él me lo explicó. Me dijo que en la época anterior se llamaba pintura y era un arte.
— ¿Arte?
— Sí, el arte es parte de la verdad, me dijo, pero eso vendrá después. Ahora volvamos al cuadro. Su vista me sorprendió, nunca había visto nada igual. Eran imágenes y colores encerrados en un espacio rectangular. Me dijo que el borde era de madera y que en la antigüedad la sacaban de los árboles, esas enormes plantas que vimos en la zona limpia
— ¡Madera, qué cosa tan rara!
— Sí, eso fue el principio de mi asombro, después me fijé en una figura extravagante. Era una persona en lo alto de un peñasco y vestía de una forma extraña. Yo nunca había visto esa vestimenta. ELhoY me dijo que llevaba un abrigo de tela, una camisa y unas botas y que se hacían del pelo y de la piel de algunos animales. Además sus ropas no estaban totalmente ajustadas al cuerpo, como las nuestras, y parecían tener vida propia. Llevaba la cabeza descubierta y su pelo era rizado, como el mio, pero el de él era rubio, como lo fue el tuyo cuando eras joven. Desde su posición parecía dominar el mundo, pero yo no podía entender cómo había llegado hasta allí. No había ningún camino y su figura era majestuosa, dominadora, intachable... Daba la impresión de que había caído desde el cielo. Todo lo que había a su alrededor era tenebroso, las nubes se parecían más a la neblina que se forma por la noche junto al río que a los nubarrones que se forman en los días de tormenta. Los peñascos que se divisaban entre ellas relucían y parecían querer sonreír como si el sol les hiciese cosquillas. El color negro de las ropas del hombre contrastaba con los marrones de su cabellera y de las puntas de las rocas. En ambos casos eran nítidos, los demás colores estaban revueltos, mezclados los unos con los otros, formando grises de diferentes tonalidades, pero sin que ninguno dominase con claridad sobre los demás. Además olían, olían como a limón, y me decían algo. No eran palabras ni frases, pero sentía un ruido que se me metía hasta lo más dentro de mí, un ruido como el de las olas enloquecidas. ¿Has visto alguna vez las olas furiosas?
— Sí, las he visto en estado bravío una vez que nos llevaron de excursión a la costa.
— Pues ese era el ruido que notaba contemplando el cuadro, pero además me produjo una sensación de vértigo, como cuando nos montan en los aparatos voladores, y la angustia se apoderó de mí. ELhoY me dijo que eso era la emoción, y que es lo que produce el arte.
— ¿Arte, otra vez?
— Sí, estamos otra vez en el arte y en el camino de la verdad. ELhoY me dijo que el arte es el principio de la verdad que nos han ocultado.
— ¿La verdad filosófica?
— Sí, pero escúchame con atención y no me interrumpas. ELhoY se puso serio y me dijo: El arte es el preludio de la felicidad. Las emociones determinaron la etapa antigua. Las personas se guiaban por emociones. El arte era el control de las emociones y el equilibrio mental. Serenaba el espíritu y lo hacía caminar por el sendero de la bondad que estaba siempre en lucha con la maldad.
— ¿Qué es eso de la felicidad?
— La felicidad, según él, es un estado emocional de las personas que nunca llegaron a definir bien los filósofos, cada uno la definió de una manera y ninguno se dio cuenta de que correspondía a cada individuo encontrar su propia definición.
MsiTa
Había pasado ya una semana, pero esa noche fue muy dura, Elisenda no había asimilado aún todos los acontecimientos y en su mente se peleaban los recuerdos. La niebla lo cubría todo y tenía que esforzarse para dirigir el haz de luz de su linterna a las ondulaciones del río. Veía hombrecillos por todos los lados. Venían en lanchas, con las manos en alto y vociferando la palabra paz. Y veía aparatos voladores encima de su cabeza que le obligaban a detenerlos.
Entre tanto revuelo recordaba las frases de Eloína y se esforzaba por poner cara a ELhoY, ese personaje nuevo que había irrumpido en su vida revolucionando su mente. La mañana en soledad fue angustiosa, se había habituado a la presencia de Eloina y la espera se le hizo eterna, pero mereció la pena, después de tomarse la píldora nutritiva la vio aparecer. La tarde llegó y el calor apretaba cuando la vio cruzar la valla y le ofreció su mano. Fueron juntas a recostarse en el diván y su presencia la tranquilizó.
Después del episodio del Invasor los controles de las celdas fueron más frecuentes. Los aparatos voladores recorrían el cielo desde las primeras horas de la mañana. A veces se posaban encima de las celdas y tomaban imágenes de lo que en ellas sucedía. Eloína y Elisenda tuvieron que extremar las medidas de seguridad. Limitaron sus encuentros a las horas más calurosas del día. Aunque ambas habían perdido el miedo y no temían a los castigos, el hecho de que pudiesen ser separadas les hacía ser muy precavidas. Por eso fijaron las horas de más calor de la tarde para juntarse y disfrutar de sus cuerpos.
Elisenda se había convertido en una perfecta sobona convulsa, cogió adicción al tacto, manoseaba a Eloína en cualquier momento y en cualquier parte. Todo era contacto carnal. Fue tanta su ausencia de afecto en la etapa anterior que, a pesar de sus años, quiso compensarla con una actitud exagerada. A Eloína la agradaba, había tenido tantas relaciones y tan distintas que todo era satisfacción. Lo que más agrado producía en su alma era dar felicidad a los demás y por eso gozaba tanto del placer de Elisenda como del suyo propio.
— Vamos a hacer una cosa.
— ¿Qué?
— Descansar.
— Ya hemos descansado esta mañana. Estoy impaciente por conocer tu último encuentro.
— Antes vamos a centrarnos en lo cotidiano.
— ¿A qué llamas tú lo cotidiano?
— A cultivar la huerta, por ejemplo. La tenemos abandonada. Todavía no te he dicho como se utiliza la azada.
— ¿La azada?
— Sí, la azada y el resto de aparatos que tienes colocados en el cobertizo. Te hablé de ellos el día de tu llegada, ¿recuerdas?
— No mucho, ¡nos han pasado tantas cosas!
— Por eso. Vamos a practicar en el huerto.
— Vale.
— En el huerto no tienes que pensar. Tienes que ordenar.
— ¿Ordenar?
— Sí, mira.
Eloína desconecta un aparato que está en el cobertizo. Es una azada robotizada. Marca en su pantalla una zona del huerto que está en barbecho y dice:
Dirígete a la zona seleccionada y remueve la tierra.
La azada robotizada se encamina a la zona marcada ante la mirada expectante de Elisenda. Cuando llega unas enormes cuchillas salen de su cuerpo y comienzan a remover la tierra.
— ¡Ooooh!, es la primera vez que veo trabajar a un aparato como este.
— Concéntrate en lo que ves. Así tu mente toma otro camino y puedes serenar tu espíritu.
Dirígete a tu punto de alimentación. Volvió a ordenar Eloína.
La azada se dirige a su punto de alimentación y Eloína desconecta otro aparato. Marca en su pantalla una zona que está sembrada y dice:
Recoge las patatas.
La recogedora robótica, un aparato más sofisticado, se dirige al lugar seleccionado. Llega a la zona de trabajo y se desdobla. En la primera parte aparece un sistema de pinchos corvos y en la segunda un aparato con una malla fina en forma de bolsa. Los pinchos penetran en la tierra y cuando han conseguido una profundidad de veinte centímetros la levantan. Entre los pinchos aparecen las patatas mezcladas con la tierra y el aparato empieza a vibrar. Cuando la tierra ha caído al suelo y quedan solamente las patatas, el aparato voltea su contenido a la malla del segundo aparato. El proceso se repite continuamente ante la mirada alucinada de Elisenda, hasta que todas las patatas de la zona seleccionada son recogidas en la bolsa.
— ¡Bien! — Exclama Elisenda— nunca he visto nada igual.
— Sigue mirando.
La recogedora, una vez finalizado su trabajo, esconde el aparato de pinchos y vuelve al lugar de alimentación con la bolsa repleta de patatas. Una vez en el cobertizo deposita las patatas en un cajón, esconde el aparato segundo y vuelve al sitio de alimentación. Elisenda aplaude con fervor y Eloína le dice:
— Ahora viene lo mejor.
Vuelve al cobertizo, saca la maquina sembradora y señala en su pantalla la parte de la huerta que unos minutos antes había sido arada. La maquina sembradora tiene una bolsa donde Eloína echa veinte patatas de las recogidas anteriormente y le dice:
Siembra estas patatas en la zona seleccionada.
La sembradora llega al sitio asignado y le aparecen dos brazos. Uno tiene un horadador y el otro una pinza. El horadador hace un agujero en la tierra y la pinza coge una patata de la bolsa y la deposita en el agujero. La operación se repite cada veinte centímetros de terreno y cuando las veinte patatas han sido sembradas la máquina se dirige a su punto de alimentación.
— Ya sí puedes aplaudir. Dentro de cuarenta días tendrás nuevas patatas. Mientras, disfrutaremos de estas.
— Esta noche las comemos fritas antes de empezar la vigilancia.
— Muy buena idea. ¡Y no nos tomamos la nutritiva! Pero antes cuéntame tu último encuentro
"Fue con MsiTa 0.5. Para mí siempre fue Afrodita. Fue quien ocupó la celda que tú ocupas ahora y fue quien me elevo el amor a la categoría de lo sublime. Me enseñó a sobrevivir con ilusión en la defensa del valle y a llegar a la etapa final de la vida con la dignidad de ser la dueña de todas mis decisiones.
Era una mujer que ahora tendría ciento seis años si no se hubiese cruzado la oscuridad del pozo en su camino. A pesar de su edad tenía la piel de su mente lisa y limpia porque siempre se comportaba como su corazón le indicaba. Fue la persona que me elevó hasta el séptimo cielo del placer. Había conocido todas las formas del amor, pero no había descubierto aún el único que está fuera del alcance de este mundo: el que se asoma al abismo del futuro y siembra la duda sobre nuestra subsistencia.
Estaba en la fase final de la enfermedad. Hacía su guardia desnuda, solo llevaba los prismáticos para ver el río a través de la niebla. Paseaba su desnudez por el borde del río. Llevaba una enorme melena que le llegaba hasta la mitad de la espalda y cuando la niebla se retiraba y comenzaban a aparecer las primeras luces del alba cantaba:
Viva...mos, Lesbia mía, y ame...mos, ame...mos,
y de los más serios viejos las voces
en el valor de un as tengamos todas.
Viva...mos, Lesbia mía, y ame...mos.
Pueden morir y regresar los soles;
muerta una vez la breve luz, nosotros
dormir debemos una noche eterna.
Dame mil besos, y después... un ciento;
Luego otros mil, luego... segundos ciento;
Luego otros mil seguidos, después ciento.
Luego, cuando hecho habremos muchos miles,
Los turbaremos, porque no sepamos,
O no pueda aojar algún malvado
Cuando sepa que tanto había de besos.
Dame mil besos, y después un ciento;
Luego otros mil, luego segundos ciento;
Luego otros mil seguidos, después ciento.
Vivamos, Lesbia mía, y amemos.
Su canto matutino me daba vida todas las mañanas al regreso a mi celda. Era un canto que se unía en perfecta sintonía con los cantos de la naturaleza. Entonaba a la perfección con el canto del estornino o de la alondra, se armonizaba con los cantos del ruiseñor, del pinzón, del mirlo o del zorzal, que al amanecer se escondían entre la niebla del valle para hacer placentero el despertar. Era un canto melancólico que a mí me ponía los pelos de punta, mi piel se erizaba porque no lo distinguía del canto de la curruca, del chochín, del pardillo o del verderón. El valle al amanecer era una orquesta, una sinfonía perfecta y el canto de MsiTa sobresalía melódicamente sobre el canto del colibrí, del herrerillo, del tordal, del carricero, el escribano, el acentor, el colirrojo, la bisbita, la buscarla o el acentor. Toda la música armonizaba el valle.
Su canto era el preludio del comienzo del día. Cuando lo oía me dirigía a su encuentro, le miraba los ojos y le ofrecía mi mano. Ella la aceptaba gustosa y juntas dábamos el primer paseo de la mañana. Cuando cesaba en su canto me hablaba de los seis primeros años de su vida. Su mente había olvidado todo, menos esos seis primeros años. A su recuerdo vago se sumaban todas las historias que su padre le había contado. Ahora ella, cambiando el tono de su voz, pasando de la dulzura del soprano a la gravedad del bajo, me las contaba a mí. Y lo hacía tan fielmente al recuerdo de su padre que me parecía estar escuchándole a él. Entonces cesaba la música y aparecía la filosofía. En sus historias del mundo anterior todo eran sentimientos. Sus padres y, sobre todo, su abuela materna, solo le habían contado el lado dulce de la vida de nuestros antepasados.
Recitaba poemas de Ovidio y de Horacio. Me hablaba de la Ilíada, la Odisea y de Homero. Nadie sabía quiénes eran esos poetas, porque nadie sabía que los poetas existiesen. Pero ella al final de cada canto añadía un nombre. Siempre eran los mismos y cuando había mencionado el nombre del autor llamaba a su padre. Era un gemido que siempre iba acompañado de frases sin ninguna conexión. En sus delirios me contaba que su padre tenía una biblioteca antigua, que burló todas las inquisiciones y que en los años primeros de la nueva era guardó en su memoria de elefante".
— ¿Biblioteca?— Elisenda no pudo aguantar callada por más tiempo e interrumpió a su compañera.
— La biblioteca era el lugar donde se guardaban los libros.
— ¡Ah!, sigue con tu cuarto encuentro que me está resultando fascinante.
"También colaboró su abuela — me dijo— y juntos memorizaron poemas y epopeyas de los tiempos más remotos.
Los libros desaparecieron por inanición. Primero dejaron de publicarse. En la etapa previa a la Hecatombe los libros habían sido sustituidos por los estímulos visuales. Los medios informáticos arrasaron con todo. Las bibliotecas fueron un refugio para las personas que añoraban el tiempo pasado y dejaron de tener interés para la juventud. Los libros desaparecieron de la mayoría de las casas y solo aguantaron en algunas recónditas en pueblos olvidados. La casa de la abuela materna de Afrodita fue una de ellas. Los libros adornaban sus paredes y compartían estanterías con aperos de labranza de tiempos históricos.
En las escuelas también se dejó de leer. Los libros no era la mejor forma de adoctrinar a las personas. Eran propicios para la reflexión, para el diálogo y para el entendimiento. Todo lo contrario de lo que la sociedad necesitaba en aquellos momentos. Las imágenes se hicieron las dueñas de la educación porque se podían manipular, falsear, y la primera consigna de aquellos tiempos era la del mantenimiento de la verdad unánime. La de cada parte, porque la verdad de un Estado era justamente la contraria de la del otro. Y ese fue el desencadenante del conflicto, las verdades opuestas creadoras de mundos opuestos, pero ambos con un objetivo común: sobrevivir a costa del otro.
Después de la Hecatombe los libros desaparecieron por completo. En el mundo nuevo que se configuraba no tenían cabida. Estaban llenos de sentimientos y los sentimientos, que fueron la causa de todos los males, debían de desaparecer.
Afrodita estaba en la fase final de su enfermedad: no recordaba nada de lo que había hecho en su vida, pero tenía una biblioteca en su cabeza. Era la biblioteca de su abuela materna, aquella que estaba en una casa recóndita de un pueblo olvidado. Y recitaba...
A LESBIA
Igual a un dios, y si posible fuese,
aún más que a un dios se me figura, ¡ay Lesbia!
El que sentado faz a faz te mira,
te oye riente.
En tanto que él de tus ternezas goza
mísero yo desfallecer me siento,
que torno a verte y en el punto mismo
todo me falta.
Torpe la lengua se me anuda, corre
llama secreta por mis miembros, zumban
ya mis oídos, y pesada noche
entre mis ojos.
Funesto el ocio te será, Catulo,
Y tú en el ocio te solazas. ¡Guárdate!
Celos el ocio y fortunadas villas
ha sepultado
Afrodita me salvó la vida dos veces. La primera fue del espíritu. Cuando yo creía que todo estaba acabado, que mi camino hacia el pozo lo encontraría en la primera batalla, me ató al pasado para quedarme amarrada al presente. Mi llegada a la celda 118 y el alejamiento de ELhoY supuso un duro golpe en mi espíritu. Por un momento tiré la toalla, yo que siempre había buscado el lado bueno de la vida, estaba sumida en una profunda angustia. Ella llegó y con su canto y sus historias volví a recuperar la ilusión. Su presencia creó en mí una incertidumbre y unas ganas enormes de que llegase un nuevo día para volver a escuchar su canto y almacenar en mi mente todas esas ideas que me contaba. Recuperé las ganas de vivir.
La segunda vida que me salvó fue del cuerpo, lo hizo cuando se puso delante de mí y la flecha que estaba destinada a clavarse en mi corazón lo hizo en el suyo.
La gran batalla del centenario era esperada por ambos bandos con suma expectación. Sabíamos que era una fecha señalada y que significaría el devenir del futuro. Nuestros jefes la prepararon concienzudamente. Todo nuestro ejército actuaría coordinadamente: las celdas, quinientas mil personas con sus espadas y sus escudos nos encargaríamos de la retaguardia. Los cuarteles, dos millones de arqueros, desembarcarían en la orilla contraria a la misma hora y harían el cerco. Y los regimientos, con otros dos millones de personas guerreras llegarían en los aparatos voladores y rematarían la operación en una incursión histórica que penetraría hasta el corazón de la ciudad fortaleza.
Las celdas, a la hora 0, según el plan de ataque diseñado, cruzamos el río en las lanchas voladoras. La niebla aún persistía y la linterna que llevaba sujeta en mi cabeza mantenía la primera batalla con la oscuridad de la noche. A diez metros Afrodita me acompañaba, su luz se peleaba también por abrirse hueco entre la espesa niebla.
Salimos del río cuando los primeros rayos del alba empezaron a ganar la batalla a las tinieblas de la noche. Afrodita y yo tomamos posiciones en el campo enemigo. Los diez metros de distancia que manteníamos las celdas se redujeron a dos. Nos fuimos juntando para sitiar a la ciudad fortaleza más próxima, la número veintidós. Teníamos que facilitar el camino al cuartel ciento diecisiete: las escudos y las arqueras.
Afrodita, con su traje de guerrera, con la cara pintada de amarillo y con el escudo protegiéndola de los primeros rayos del sol caminaba a mi lado. Acostumbrada a verla pasear desnuda, me resultó desconocida. Su belleza permanecía intacta, la melena blanca salía por debajo del casco, se posaba en la malla metálica que cubría su cuerpo y le llegaba hasta la cintura. Cruzamos el río en la lancha voladora separadas por los diez metros reglamentarios y fijamos nuestra posición.
Parapetada entre los girasoles, que a esa hora dirigían sus cabezas hacia el campo enemigo, Afrodita era la heroína de mis sueños. No veía enemigos, ni compañeros, ni escudo, ni espada, solo veía su silueta y escuchaba su canto. Como diosa que baja del Olimpo, que se mezcla con los mortales y ve en el fulgor de la batalla la luz que engrandece al espíritu de los humanos, ella seguía cantando. Lo hacía suavemente para no despertar la ira de quienes, ofuscados por el odio, tenían el rostro ensangrentado y las manos sucias.
Todo estaba en calma. Avanzamos hacia el campo de batalla por la gran llanura de los girasoles. Yo iba confiada, ella se acercó y me miró con la alegría de quien lo ha ganado todo. No estábamos en guerra. Jugábamos a estar en guerra. Me lo decía con su suave canto y con la sonrisa que siempre la acompañaba. Verla me tranquilizaba, escucharla me trasladaba a los momentos placenteros del gozo. Camufladas entre los girasoles, con las caras pintadas de amarillo, avanzábamos lentamente, el sol comenzaba a levantarse. Afrodita se calló como si la diosa que decía engendró a su abuela le percatase de que un ave rapaz se acercaba. No se oyó nada.
Como el trueno rompe los pactos entre las nubes del firmamento e irrumpe en el mar levantando estrepitosas olas, así aparecieron los aparatos voladores rompiendo el silencio y llenando de polvo la llanura. Uno se posó encima de nuestras cabezas y los girasoles temblaron. Descendieron en blancos paracaídas las escudo y las arqueras que se quedaron a nuestra espalda. Desde la retaguardia esperaban la señal para lanzar sobre el enemigo la ira acumulada en las sesiones del odio.
Afrodita se arrimó a mí y su mano izquierda me apretó el brazo. En mi cerebro apareció la señal del combate. Antes de que flaqueasen mis fuerzas sentí otra vez la música. Era suave y contrastaba con el ruido estruendoso que hacían los pájaros voladores en su retirada. La batalla del centenario comenzaba y no podíamos escapar de la misión que se nos había encomendado: fijar la posición desde la que las arqueras llegasen con sus flechas a la ciudad fortaleza.
Una lluvia de flechas sobrevoló nuestras cabezas. Supimos que las arqueras habían recibido también la orden de ataque. Las flechas que vimos pasar hacia las almenas del enemigo fueron respondidas por otras que tenían como blanco nuestros cuerpos. No nos alcanzaron. Cayeron lejos, en el campo abierto tras los girasoles. Recibimos la orden de avanzar lentamente. Lo hicimos, abandonamos el campo de los girasoles y nos situamos a un solo metro de donde las flechas enemigas habían caído. Nos quedamos desprotegidas. Solo el escudo nos podía salvar. El episodio se repitió otras dos veces. La segunda vez las flechas cayeron a nuestros pies. La posición estaba fijada.
Primero nos sobrepasaron las escudo, después las arqueras. El sol ya había derrotado a la niebla cuando el cielo se lleno de flechas. El silbo de los proyectiles se confundió con el griterío de nuestras escudo y de nuestras arqueras. Las primeras bien formadas daban cobijo a las segundas que avanzaban lentamente hacia la ciudad fortaleza. Estas, parapetadas detrás de ellas, lanzaban sus flechas sin cesar.
A través del chip de la batalla nos llegó la orden de retirada. Fue entonces cuando sucedió lo terrible. Retrocedíamos andando hacia atrás, protegiendo nuestro cuerpo con el escudo y sin perder de vistas las flechas que nos lanzaban los enemigos. Una perdida se clavó en el tobillo de mi compañera del lado derecho y cayó al suelo. Traté de ayudarla y tropecé. En mi caída mi escudo desprotegió mi pecho y vi como MsiTa se abalanzó para protegerme porque una flecha envenenada por el dios de la muerte se acercaba a mi cuerpo. Afrodita la vio venir, vio mi cuerpo desprotegido, adivinó que tenía mi corazón como objetivo... y saltó. Saltó para protegerme, para interponerse entre la flecha y mi cuerpo. Caímos las dos al suelo. Yo ilesa, ella encima de mí herida de muerte. La cogí con mis brazos, levanté su cabeza y un hilo rojo apareció por su boca al mismo tiempo que una voz apagada me despedía tiernamente:
Todo lo que he cantado, todo lo que he recitado y todo lo que he pensado y hablado ha sido para ti. Era mi forma de amarte. Penetrar en tu mente con todos mis pensamientos y dártelos para siempre. Entregarme a ti totalmente para que tú, prométemelo, lo hagas con otra persona. Para que tú te entregues integra, entera, en cuerpo y en espíritu, a otra persona. Solo así podrás encontrar la universalidad del amor para que nunca desaparezcan los libros, las ideas y los sentimientos.
Afrodita murió en mis brazos, pero antes de morir me apretó fuertemente con las manos, me miró fijamente a los ojos y me sonrió. Algo raro pasó por mi cuerpo que me estremeció: sentí que todo lo que había oído estaba dentro de mí, que lo podía repetir palabra por palabra. Y en el instante final, cuando ella suspiró, algo se removió en mi interior, sentí una corriente de ideas circular por mis brazos y llegar hasta lo más profundo de mi cerebro y supe que todo lo que de ella se escapaba penetraba en mi ser para ser conservado y revelado a otra persona.
Mi dolor es el de un asno que ríe en un pozo.
La calle está vacía, las personas vuelan y no hay árboles
ni plantas ni libros ni eco.
Es como la alegría de los planetas que cambian de órbita.
Tiemblo como una rana enganchada en el resquicio de un peñasco.
El campo está seco, los patinetes aparcados en la ribera del río
y los balones en el vertedero.
El cielo está en silencio, no hay rayos ni truenos,
la luna sale cada día y nadie la mira.
Amo a un pueblo al que azota su padre.
El río está rojo, camina cansado, las piedras se ríen,
el viento se para y los virus se esconden.
Aparece la música, las letras bailan, los colores juegan,
hay besos en las ventanas y mi corazón palpita.
Así me quedé. Después apareciste tú y supe que eras esa otra persona. Ya nunca podré separarme de ti".
— He tenido mucha suerte en conocerte — dijo Elisenda— Tus historias me han emocionado.
— La suerte ha sido mía, pensé que MsiTa sería la última persona que me alegrase la vida y te vi aparecer con tu aire tan despistado, con toda tu inocencia a cuestas y me devolviste la ilusión después de la terrible batalla.
— Cuéntame la verdad de la batalla. Yo aún estaba en la ciudad de la movilidad controlando a un simulador. A pesar de tener la mente muy deteriorada me llegó la versión oficial, el documento de exaltación del Estado.
— Te la contaré como me la contó ELhoY.