ENCUENTROS

BaMaR

"Nunca pensé que unos ojos pudiesen cambiar alguna de las partes más profundas de mi cerebro. Toda mi estructura mental había permanecido inalterable desde los veintisiete años. No había ninguna fisura en el ordenamiento de mis ideas. Pero aquellos ojos perturbaron mi existencia. Sabía que estaba prohibido mantener la mirada más de tres segundos, pero descubrí que no estaba delimitado el número de veces que podíamos intercambiarlas".

Así comenzó Eloína a contar a Elisenda sus encuentros. Lo hizo después de haberse hecho cómplices de la versión oficial de sus vidas. Después de haber sucumbido a los deseos de sus cuerpos y haber ahogado todos sus sofocos. Y después de haber vigilado el Valle durante toda una noche. Empezó con la historia de BaMaR, Elisenda le cogió una mano y la animó a seguir.

"BaMaR 0.3. estaba en frente de mí. Al otro lado de la cinta transportadora. Por la cinta circulaban los dos primeros dispositivos de la máquina C. El primero, el analizador de la tierra, me correspondía a mí. Era una barra de un material sintético, medía un metro de altura y estaba sustentada en una base cilíndrica. Al llegar a mi puesto de trabajo tenía que ajustar la válvula que iba acoplada al receptor del aire. A BaMaR 0.3. le correspondía ajustar otra del dispositivo dos, el nutritivo, que circulaba en paralelo. A pesar de las normas me resultó imposible no cruzar con ella mi mirada. Estuve mucho tiempo intentando evitar que mis ojos se cruzasen con los suyos por temor a ser observada. Hasta que un día del mes tercero, harta de trabajar con los ojos fijos en la cinta de producción los levanté. Solo fue un instante, lo permitido, pero fue lo suficiente para que la curiosidad y el deseo penetraran en mi mente para impacientarme. Estuve un tiempo nerviosa y excitada hasta que descubrí el secreto que lo cambió todo. Comprendí que la repetición de ese acto reflejo e instintivo no estaba prohibido en el reglamento siempre que no superase el límite de los tres segundos. Ese día mis ojos bajaron a la cinta y subieron al rostro de mi compañera a un ritmo frenético, no paré hasta comprobar que ella también me miraba. Cuando observé que ella en el breve intervalo de un minuto me miró tres veces pensé que la atracción que sentía por ella era mutua".

Elisenda tenía cogida una mano de Eloína y la escuchaba con fervor. Ella no había tenido encuentros. Su vida fue una sola historia, como la de un río que fluye constantemente por un curso siempre idéntico. No había tenido sobresaltos ni había conocido una emoción. Escuchaba a Eloína como si su vida anterior no hubiese existido.

"El día que nos miramos veinticinco veces supe que mi amor era correspondido. Hasta entonces solo lo había sospechado. Pasamos de las tres veces a las veinticinco en solo dos días. Fueron dos días intensos, llenos de dudas, de imaginación y de esperanzas. Cuando levantaba mis ojos deseaba que los suyos lo hicieran también. Era la señal de nuestra sincronía porque aunque ambas tuviésemos el deseo de mirarnos, el hecho de hacerlo al unísono significaba que había algo mágico, superior a nuestros propios deseos, que nos propiciaba la coincidencia. Además, el gesto de nuestra cara nos delataba, a pesar de lo difícil que era percibir la sonrisa que salía de nuestros labios, la mascarilla siempre ocultaba una parte de lo que nuestros gestos expresaban, yo unía todos sus movimientos: —los de su boca, los de sus ojos, los de su cabeza, los de sus manos...—los comparaba con los que a mí me producían una sonrisa y un cosquilleo interno, y llegaba a la conclusión de que todo su cuerpo se estremecía, como el mío, cuando me miraba".

— ¡Qué suerte! — Tuvo que exclamar Elisenda interrumpiendo el monólogo con el que Eloína contaba su historia— Pero sigue, no te pares.

"Una vez concluido el amor de los ojos, cuando ya supimos cada cuanto tiempo teníamos que mirarnos y el número de veces que lo debíamos hacer diariamente para no levantar sospechas, iniciamos el amor de las manos.

El primer día que nuestros dedos se rozaron noté un estremecimiento por todo mi cuerpo. Nunca había experimentado una sensación tan gratificadora. A pesar de los guantes, noté su calor y sus pulsaciones. Por aquel entonces los guantes que utilizábamos eran sumamente táctiles, nos los habían diseñado sutilmente para poder coger entre nuestros dedos las diminutas válvulas que teníamos que ajustar al tubo que circulaba periódicamente por la cinta de ensamblaje.

Tocarnos con los dedos fue más sencillo de lo que nos habíamos imaginado. Bastó con colocarnos en paralelo, seguir el mismo camino en dirección a nuestro puesto de trabajo y simular una simple caída. La primera vez ella me ofreció su mano y yo la acogí con gusto. Nos mantuvimos agarradas un instante, el tiempo justo para no levantar ningún tipo de sospecha, pero fue el suficiente para que un impulso recorriese todo mi cuerpo.

El día que más aprovechamos nuestras manos fue el día del apagón. Ese día permanecimos unidas por las manos durante todo el tiempo que duró la incertidumbre de la oscuridad. La cinta se paró y yo instintivamente alargué una mano. Mi sorpresa fue encontrarme en la oscuridad con otra mano. Nos apretamos con todas nuestras fuerza y nos transmitimos unas sensaciones difíciles de olvidar. Cuando regresó la luz nos soltamos un tanto azoradas, nos miramos fugazmente y asentimos con una leve subida y bajada de nuestras cabezas.

Ese día fue el primero que utilizamos la palabra. Aprovechándonos del asombro que produjo la ausencia de luz y los murmullos que se produjeron entre las personas cercanas a nuestros puestos de trabajo, yo le dije que teníamos que solicitar conjuntamente una visita a la zona limpia".

— ¿Tú has estado alguna vez en la zona limpia? —Le preguntó a Elisenda interrumpiendo su monologo.

— Estuve la vez que me correspondió, pero no tengo buen recuerdo. Sigue tú contándome tu historia, yo ya tendré tiempo de contarte la mía.

— Sigo, pero tú también me tendrás que contar tus secretos.

— No sé si tengo secretos, pero claro que te contaré.

"La zona limpia significó regresar a mis orígenes. La ciudad de la Agricultura en la zona Sur del Estado Atlántico Este Centro era la zona más próxima a mi estado original, pero distaba más de cuatro mil kilómetros. Llegamos a la zona limpia en un enorme aparato volador con capacidad para mil personas que hacía el recorrido en dos horas y cuarto. La zona limpia constaba de cuatrocientos puntos de encuentro y se podía pasear con la cara descubierta porque el aire era puro. Tampoco era necesario llevar guantes y nuestros pies estaban protegidos por unos zapatos adaptados a las rugosidades del terreno. Era una zona totalmente recuperada para la vida. Por eso todas las trabajadoras teníamos derecho a visitarla una vez a lo largo de nuestra vida laboral. Era una recompensa a nuestro trabajo y una forma de revitalizar nuestra salud.

Era el año 59 y yo aún no había cumplido los cincuenta, lo recuerdo bien porque atravesaba una fase crítica de mi vida: comencé a pensar. Los pensamientos aparecieron con fuerza y desordenadamente. No los pude controlar. Primero apareció una obsesión: la de saber algo de mis tres descendientes. Me pareció absurdo no saber nada de tres personas que formaron parte de mi ser. Y después apareció ella y sus ojos..., y sus manos. Las dudas se apoderaron de mí, seguí fiel a los principios de jerarquía y de orden. El Estado seguía estando por encima de todo y los principios de supervivencia y solidaridad permanecían inalterables. Pero las dudas sobre las pequeñas cosas comenzaron a dar vueltas sobre mi cabeza. Las cosas absurdas cada vez me enfurecían más. No podía entender lo de no mirarnos más de tres segundos, ni la maldad de tocarnos, o de tener emociones. Me rebelé contra las pequeñas cosas y dejé de tomar la inhibidora que era el delito más grave que se podía cometer. Lo hice con precaución y disimulo para evitar ser detectada por el ojo visor y que los posibles efectos me delatasen. Fui cauta en los interrogatorios diarios para demostrar nuestra personalidad".

— ¿Esa píldora es la que nos ha hecho insensibles?

— Así es. Yo lo supe muchos años después.

— ¿Y cómo lo supiste?

— Fue cuando tuve contacto con el sabio. Pero te lo contaré otro día.

— Sí, sigue. Pero te aseguro que nunca volveré a tomar esa maldita píldora.

"En el terreno profesional progresaba notablemente. El cumplimiento a rajatabla de mis obligaciones y el aprovechamiento al máximo de los cursos de formación sobre las necesidades del campo me hicieron subir un puesto en la cadena de producción. Me convertí en jefa de sección y tuve nuevas responsabilidades. Era mi primera experiencia como jefa y en consecuencia tenía que asumir tareas de control sobre mis subordinadas".

— ¡Qué suerte! —La interrumpió Elisenda nuevamente— , pero sigue, me gusta oírte.

"Pues como jefa supe que todas las personas asignadas a la cadena de producción podrían solicitar un día para la visita a la zona limpia. Se podía elegir una fecha dentro de la primera quincena del noveno mes y uno de los cuatrocientos puntos disponibles. Así pues, para coincidir, solo teníamos que elegir ambas la misma fecha y el mismo punto. Y yo le propuse el día y el lugar.

Se lo dije haciendo uso de mis nuevos privilegios. Era la segunda vez que utilizamos la palabra, yo aproveché el momento del reparto de tareas para darle dos claves: 13-9 y 25. Utilizar la palabra era sumamente difícil, pero con el ascenso en mi escala profesional fuimos descubriendo algunas posibilidades.

Tuvimos suerte. Nos dieron lo solicitado. Coincidimos en la fecha y en el lugar. Es cierto que nos pusimos de acuerdo y pedimos lo mismo, pero aun así, si el azar no nos hubiera favorecido las posibilidades de coincidencia hubieran sido escasas. Las peticiones eran simplemente orientativas, el programa diseñado para el reparto las tenía en cuenta, pero en caso de coincidir demasiadas personas en el mismo día y en el mismo lugar actuaba un proceso aleatorio.

El día trece del noveno mes en el punto veinticinco pasamos una jornada de ensueño. La zona selvática que visitamos tenía unos parajes alucinantes y me llenó de recuerdos. Aunque distaba más de mil kilómetros de la zona de mi nacimiento yo le hablaba constantemente de mi etapa de primeros y de aptos y de la añoranza que sentía. El sendero principal era estrecho y debíamos ir en fila. Yo me puse delante y BaMaR se puso detrás. La zona por donde transitábamos estaba libre de control. El ojo visor no podía llegar a esos rincones tan escondidos de la naturaleza. El único riesgo que corríamos era que alguna de las personas que nos acompañaban nos pudiera delatar, pero estaban todas tan absortas en contemplar el paisaje que era fácil suponer que no se fijarían en las tonterías que hacíamos nosotras. Porque eso es lo que hacíamos, tonterías, como tropezar y caernos para que la otra nos cogiera de la mano.

Como yo iba delante me caí muchas veces y siempre que lo hacía sus manos me levantaban. Al hacerlo aprovechaba la ocasión para tocarme alguna parte de mi cuerpo. La primera vez que lo hizo me acarició la tripa y me apretó contra su cuerpo. Era un sendero empinado y yo resbalé, me agarró con una mano del brazo y con la otra me sobó la cintura, apretó mi espalda contra su pecho y noté el roce de sus tetas. Además en el brusco movimiento que hice para incorporarme, mi cabeza se rozó con la suya y aproveché para darle un ligero mordisquito en la oreja. Era una delicia, teníamos la cabeza libre, sin la máscara que utilizábamos en el puesto de trabajo y podíamos golpearnos y chuparnos las orejas, la nariz, los ojos e incluso los labios con solo simular un tropiezo o una caída. Yo tropecé mucha veces hasta que me di cuenta que ella debía hacerlo también para ser yo quien la levantase. Así se lo comuniqué y le cedí el puesto delantero. A medida que el paraje se hizo más espeso y el sendero se puso más empinado, ella se cayó mayor número de veces y yo la levanté y le toqué las mismas partes que ella me había tocado a mí anteriormente".

— Tocarse, ¡qué emocionante! — Volvió a interrumpir Elisenda— Me das envidia, pero no te pares.

"El día de visita a la zona limpia fue inolvidable, pero nuestra alegría duró poco. Cuando regresamos al trabajo me encontré con una sorpresa: me cambiaron de destino. Pasé de la cadena de producción a la de investigación. La noticia que en principio debía alegrarme porque era consecuencia de mi ascenso me lleno de tristeza. Me quitaron de la cadena de producción de la máquina C de la ciudad de la Agricultura y me mandaron a la de la Investigación.

Allí llegué con cincuenta años recién cumplidos a un laboratorio. Mi encuentro con BaMaR duró un año escaso. El trabajo que me encomendaron fue participar en el equipo de unificación de la píldora nutritiva con la inhibidora. El reducir el consumo a una sola píldora era un avance importantísimo tanto desde el punto de vista económico como del nutricional. Se llamó la unificadora, pero para mí supuso un trauma emocional. Cuando mi trabajo terminara y se unificaran ambas píldoras volvería a perder los sentimientos".

— A mi Estado no llegó nunca la píldora unificadora.

— La unificación de las dos píldoras tuvo muchos problemas y no llegó a generalizarse su uso en todos los estados.

— ¿Qué pasó?

— Cuando llegué a la ciudad de la Investigación me enteré de que no era yo la única que había dejado de tomar la inhibidora, en ese nivel casi nadie la tomaba ya, pero la rigidez de las normas del Estado impedía que se hiciese público. Entonces descubrí la hipocresía: había personas que se saltaban las reglas y que por estar en un estatus superior no sufrían sanción.

— ¡Qué desfachatez! Yo de eso me entero ahora.

— Sí, y te enterarás de muchas cosas más. Pero tendrás que esperar porque no te puedo contar todo en un instante.

— Vale, pero cuéntame qué hiciste tú. ¿Volviste a tomar la inhibidora?

— No. La nueva píldora, la unificadora, solo se aplicó en el Estado Atlántico Este Centro y tuvo carácter experimental y reducido a cierta clase de personas.

— Claro, a las de los niveles más bajos de la escala productiva.

— Algo así, se concretó en zonas de zulos de residencias y en naves de producción cuando se diesen las condiciones de proximidad conflictiva.

— ¡Proximidad conflictiva!

— Exacto. El consejo de sabios de la ciudad de la investigación se opuso a su uso generalizado y fijó las condiciones de proximidad en distancias inferiores a los dos metros.

— ¿Y las personas de la ciudad de la investigación nunca la tomasteis?

— Así es, por eso yo no perdí mis sentimientos y puedo seguir contándote la historia.

— Sigue, sigue...

"Cuando me apartaron de BaMaR me sumí en una profunda depresión. Estaba tan acostumbrada a sus miradas que no me hacía a la idea de perderlas. Me cambiaron de pabellón domiciliario y como no teníamos ningún medio de comunicación tuve que encomendarme a la fortuna para tener un nuevo encuentro con ella.

El encuentro ocurrió un año después y de forma casual en un acto enaltecedor. Los actos asamblearios para enaltecer nuestro trabajo se hacían todos los meses en el pabellón de adaptación de los puestos de trabajo. El pabellón estaba diseñado para que se cumplieran las normas de distancia y visibilidad establecidas por la normativa. Yo fui invitada como ponente para hablar de las ventajas de la píldora unificadora. Tuve una intervención breve, pero fue suficiente para ponerme en frente de la multitud y tener una visión panorámica de las personas asistentes. Entre tantas personas era prácticamente imposible encontrar a la que buscada, pero ella lo tuvo más fácil: me localizó nada más escuchar mi voz. Alzó la mano disimuladamente, me miró un segundo y cambió su mirada hacia la persona que tenía a su izquierda. Repitió el mismo movimiento tres veces y yo supe que era feliz, que había encontrado a otra persona y que me deseaba también a mí lo mejor. Esto lo supe porque la cuarta vez que me miró, abrió los ojos como para hacerme una seña, dirigió hacia arriba su cabeza en un gesto de despedida, después levantó la mano como cuando nos buscábamos y me señaló con su gesto que buscase yo también a otra persona más cercana".

— ¡Qué historia tan bonita!

— Sí, me dejó una huella imborrable. Desde entonces supe que el contacto con las personas era más importante que todas las teorías que nos habían inculcado en el periodo de adaptación.

— Me pasaría el día entero escuchándote.

— No podemos seguir. Hoy no te puedo contar más. Tenemos que descansar porque la noche nos espera.

ojos que bailan

Ojos que bailan cuando tú te callas

Pies descalzos que lloran en la lucha

Manos al cielo buscan esperanza

Palabras mudas gritan libertad.

— Deja de cantar y explícamelo porque no te entiendo nada —cortó Elisenda a Eloína haciéndole bajar de su delirio.

— Fue mi segundo encuentro —respondió Eloína bajando de su nube.

— ¿Tu segundo encuentro?

— Sí, después de la ruptura forzada con BaMaR y del cruce de miradas posterior en aquella asamblea, me asaltó la pena. Quedé sumida en una profunda desolación. Para superarla necesité a dos personas. Y aparecieron.

— ¿Dos personas?

— Sí, dos mujeres.

— ¿Mujeres?

— Sí, dos mujeres idénticas.

— ¿Idénticas?

— Sí, con su misma cara, sus mismos ojos, sus mismas manos...

— ¡Qué casualidad!

— Sí, daJla 9.7. y HairA 7.1. eran casi iguales en su aspecto físico, pero totalmente opuestas en su forma de ser. Aparecieron para calmar mi sed.

— ¿A la vez?

— No, primero llegó daJla 9.7, después HairA 7.1. No sé lo que me pasó, pero me devolvieron a la vida.

— Pues sigue contando, ya lo voy entendiendo.

La celda 116 y la 117 se han emparejado y cada una asume su papel, forman un duplo. A pesar de llevar tan solo dos días en la defensa del Valle las dos celdas han formado un perfecto pareado con roles complementarios. Eloína ha encontrado en Elisenda lo que siempre buscó: el encuentro con sus descendientes. Ella es la persona pequeña e inocente a quien le hubiese gustado contar cuentos. Es el recipiente donde deposita su memoria. Disfruta contando sus historias porque unen el vacío de sus orígenes con el dolor que le dejaron aquellos ojos convertidos en llanto. Cuenta sus encuentros con entusiasmo.

Elisenda la escucha ensimismada y de vez en cuando la interrumpe con una pregunta. Ha descubierto la alegría. Ha hecho un hueco en su ser para la escucha. Oír la voz cálida de Eloína le serena el espíritu. Los ratos compartidos con su vecina la tranquilizan y organizan sus deseos, sus sentimientos y sus prioridades. Lo primero, lo que la obsesiona, son sus historias. Elisenda se ha metido tanto en los personajes que Eloína describe que se siente atrapada por una nueva vida, la del ensueño.

Y todos los días sueña con la visita de la 116, se ha acostumbrado a su cuerpo, a su voz y al descanso sosegado en su celda. Terminada la noche de vigilancia, se junta con ella en el punto donde confluyen sus respectivas zonas y juntas se dirigen a su celda. Han elegido la suya por inercia, porque fue la que compartieron el primer día y porque Eloína es más abierta a lo desconocido. Solo llevan dos días juntas, pero la celda ya se ha impregnado de un olor compartido. Pasan tanto tiempo unidas que el diminuto espacio se fue adaptando a la percepción compartida de sus sentidos. El sonido de sus voces resuena entre las cuatro paredes y parece reflejarse como un eco continuo entre la textura del suelo y el techo. La luz que sale de sus ojos parece querer jugar a esconderse entre los pocos enseres de la celda. Y el olor es algo que impregna todos sus rincones. Todo el habitáculo tiene el sabor de las horas que han compartido, de las palabras que se han dicho y de las caricias que han disfrutado. Por eso se han acostumbrado, llegan juntas de la vigilancia nocturna y juntas se toman la píldora.

La píldora nutritiva y sanadora es la única que toman. Nutre su cuerpo, lo aleja del envejecimiento y mantiene activa su mente. La mente de Eloína, a pesar del avanzado estado de su enfermedad, está muy lúcida. Está muy lúcida porque lo que le pide Elisenda que cuente ha ocurrido hace más de cuarenta años y lo ha vivido con tanta intensidad que lo tiene grabado en su memoria como los datos identitarios que lleva en su brazo. Por eso, después de tomarse la nutritiva y relajarse mutuamente en el diván con una clarificadora conversación continúa su historia.

"Conocí a daJla 9.7. cuando llegué a la ciudad de la Investigación. Ella llevaba ya diez años y sabía tanto que podía burlar al ojo visor y a lo que era más importante: a la ignorancia. Convirtió los rumores en realidad y supo que la unificadora nunca se aplicaría a las personas sabias ni a quienes estaban próximas a ellas. Estaba destinada para el engaño. Era un experimento más para seguir ocultando a la mayoría de la gente la realidad. Por su cercanía con los dirigentes sabía que solo se iba a aplicar en los distritos de aquellos estados que tuvieran más dificultades en el control de su ciudadanía.

El laboratorio de investigación de la píldora unificadora era un espacio de tres círculos concéntricos. El primer círculo correspondía a la Jefa del proyecto, el segundo eran ocho despachos; uno, el más grande, estaba unido al de la Jefa y los otros siete ocupados por las personas que formábamos el equipo. La Jefa, desde el primer círculo, se comunicaba con el resto de los despachos mediante una ventana y nos asignaba periódicamente nuestro trabajo. El tercer círculo era un enorme pasillo que servía de acceso a cada uno de los despachos y al edificio principal. En el laboratorio convivíamos cuatro mujeres con cuatro hombres, la relación se limitaba a la puesta en común que teníamos a primera hora del día".

— Qué suerte llegar al nivel de investigación!— la interrumpió Elisenda cortando su relato— Yo nunca pasé del nivel de producción primero y del de control después.

— Yo siempre he tenido mucha suerte. Pero mi mayor suerte fue la de dejar de tomar la inhibidora.

— Mi única suerte ha sido encontrarte. Pero sigue contándome la historia de tus dos mujeres.

"Si encontrar la forma de relacionarte con una persona resultaba difícil, hacerlo con dos y al mismo tiempo lo era mucho más. Es cierto que las condiciones en la ciudad de la Investigación se habían relajado considerablemente, el ojo visor seguía existiendo, pero se centraba cada vez más en el seguimiento de los procesos de investigación y en diferenciar a los seres humanos de los simuladores que en controlar el seguimiento estricto de nuestra dieta alimenticia. Pero lo que más influyó en la mejora de las condiciones para la relación entre los humanos fue la necesidad de la discusión y el trabajo colaborativo. La producción de la píldora unificadora fue objeto de mucho debate en el Consejo de Sabios Investigadores.

En principio a nosotras solo nos llegaban rumores y contradicciones. Era suficiente para estar inquietas y para despertar nuestra curiosidad. La curiosidad es una sensación que propicia la comunicación incluso en quienes no están acostumbradas a hacerlo. Yo me comunicaba frecuentemente con mi jefa de proyecto. Era mucho más veterana que yo, me sacaba veinte años y había desarrollado ya innumerables proyectos.

Siempre he tenido la suerte de que personas con más conocimientos y más experiencia se fijasen en mí y me depositasen su confianza. daJla 9.7., daJla, como quería que la llamase, fue una de ellas. Llegó a la ciudad de la Investigación, según me contó el primer día que nuestros ojos bailaron, gracias a sus conocimientos de la era antigua. Nació en los tiempos convulsos del periodo previo a la Hecatombe en el Estado Atlántico Este Centro, en el distrito de autonomía energética número siete, en la zona donde las inundaciones fueron más grandes y más duraderas. Su familia pasó enormes dificultades. En aquellos tiempos aún vivían juntos los ascendientes, los procreadores y los descendientes. Los lazos de unión eran muy fuertes porque estaban ligados a las tradiciones, los afectos y a la sexualidad. Ella los llevaba tan dentro que su pasado se confundía con el presente y con el futuro.

Guardaba en su memoria los problemas de un pueblo exiliado y en permanente estado de guerra. Las generaciones anteriores así se lo habían transmitido. Eran un pueblo dividido. Dividido por un muro que separaba a los que habían huido de quienes permanecieron en sus casas sufriendo la opresión de sus invasores. Y dividido por el tiempo, que actuó como elemento corrosivo en las mentes de las personas atrapadas en los campos de refugiados, en su Hammada. Unos aguantaron como símbolo de lucha, de resistencia y de esperanza, y otros buscaron cobijo en diferentes países en los que eran acogidos con enorme cariño. Pero era un pueblo unido. Unido por las raíces de una cultura milenaria y por un deseo inquebrantable de supervivencia.

Todo se complicó aún más cuando los campos inhóspitos donde estaban refugiados se llenaron de lodo. El agua, que tanto habían echado de menos, ahora les destruía sus casas, se llevaba sus enseres más queridos y les dificultaba la ayuda exterior. Se tuvieron que adaptar al agua y al barro de la misma forma que antes lo hicieron a la arena y al polvo. Huyeron de los barrancos y construyeron nuevas viviendas en zonas más elevadas y más áridas olvidándose de los adobes y volviendo a las jaimas. Las ayudas humanitarias siguieron llegando, pero cada vez con mayor dificultad y el éxodo se hizo más generalizado.

Los padres de daJla resistieron a las inundaciones y resistieron a la Hecatombe. La zona de las inundaciones fue una de las menos afectadas por el desastre nuclear. El núcleo afectado más próximo distaba unos dos mil kilómetros y los efectos inmediatos no fueron perceptibles. Pero los efectos secundarios de la deflagración con sus cenizas radioactivas sí hicieron mella en sus cuerpos durante el año largo que tardaron en llegar los equipos de salvamento. Cuando llegaron, todos sus habitantes fueron llevados a la zona de Recuperación: en el Departamento número 45 del Estado Este Centro.

Diez años pasó en un zulo de recuperación y a los veintiuno la dieron por sana. Pero su cuerpo había sufrido muchos daños, el que más le dolió fue el de su incapacidad para participar en el proceso de procreación. Un dolor que se unió al de no volver a tener noticias de sus familiares. Llegaron con ella al zulo en el mismo momento, pero a cada uno le adjudicaron una nueva identificación y un nuevo destino. No poder tener descendientes y estar apartada de su entorno familiar y de todo contacto con las personas que hasta esa fecha habían formado su comunidad fue un golpe tremendo para daJla.

Los conocimientos para vivir en situaciones adversas, su tenacidad en conseguir sus objetivos y su voluntad de sobrevivir para encontrar a sus familiares y para trasmitir al mundo su verdadera identidad fueron los alicientes que ayudaron a daJla a la formación de su carácter. La rebeldía y el afán de superación la fortalecieron. También la ayudó mucho el reencuentro con el lugar que habitaba en su memoria. No veía el paisaje que le habían descrito sus antepasados, no veía las jaimas ni la bahía, pero sabía que estaban allí. Las coordenadas del departamento 45: 27º 09´ 24" N y 13º 12´13" O, correspondían a la localización de la tierra con la que siempre soñaron todos sus ascendientes.

Cuando le dieron de alta en el zulo de la recuperación y la pasaron a uno de producción de pantallas de absorción de partículas radioactivas creyó reencontrarse con su pasado. No se parecía en nada a lo que le habían contado, pero las coordenadas eran tajantes y el lugar al que llegó, en un aparato volador con capacidad para mil personas, se correspondía con el que tuvieron que abandonar en tiempos remotos. El Departamento 45 era el que estaba más al sur del Estado Este Centro, el más próximo al mío y a las zonas más limpias del planeta.

Ya no era una zona de guerra, ahora todas las personas eran iguales. Todas estaban sujetas a la misma autoridad: la del Estado. En él convivían multitud de personas de diferente procedencia y no existía ningún tipo de discriminación por cuestiones de raza o de creencias. Se había convertido en el Estado refugio. Era el más adecuado para la construcción de zulos seguros y para la producción de pantallas destinadas a la limpieza de la atmósfera. Unas pantallas limpiadoras de enormes dimensiones para cerrar un espacio cuadrangular según el diseño de las nuevas ciudades del reciclaje.

daJla llegó con veintiún años al departamento de los zulos de producción de pantallas y no volvió a salir hasta que tuvo cuarenta. Estuvo en todos los zulos, desde el uno hasta el diez. La construcción de las pantallas limpiadoras se hacía en zulos de diferentes dimensiones según las exigencias de sus respectivos tamaños. En el zulo uno se construía la pantalla básica: un cuadrado de dos metros de lado. Y en el diez la terminal: un prisma hueco de dos metros de anchura, veinte de largo y diez de alto. Desde la pantalla básica hasta la terminal se seguía un proceso de ensamblaje en zulos cada vez más espaciosos. Por todos ellos pasó daJla hasta que fue trasladada al departamento de simuladores cobaya".

— El sol está apunto de esconderse —le interrumpió Elisenda.

— Sí, lo vamos a tener que dejar. Hoy ya te he contado mucho.

— Cuéntame qué son los simuladores cobaya y mañana seguimos.

"Un simulador cobaya es lo más parecido al ser humano, está diseñado para el control de los niveles de radioactividad. Tiene la piel idéntica a la nuestra, con la dermis y la epidermis sensibilizadas para captar cualquier indicio de radiación y se pasea por la ciudad del reciclaje antes de que el Departamento de Seguridad proceda a aprobar el Decreto de Habitabilidad.

El departamento de simuladores cobaya fue otro de los grandes hallazgos conseguidos en el distrito de autonomía energética número siete, del Estado Este Centro. Era el año treinta, yo todavía no había salido de mi distrito y estaba en la etapa de la exaltación. Recuerdo que nos llegaban noticias de que en el Estado Centro estaba la salvación. Decían que allí se estaban diseñando proyectos para solucionar los problemas del mundo, que era el Estado del futuro y que demanda ayuda humana porque era el menos poblado del planeta. Por aquel entonces era el estado de mis sueños. Después, cuando me lo contó daJla, mi vida había cambiado mucho. La exaltación se había convertido en realidad y todos los avances tenían un precio. Y el precio que pagó daJla, como el que pagamos todas fue excesivo. En los años que estuvo en el departamento perdió todas sus esperanzas de reencuentro con el pasado y con el origen de sus antepasados.

Y por hoy no te cuento más".

"De la tierra desnuda,

nacen ardientes historias.

Las páginas de la vida,

se vuelven trasparentes.

Las colinas guardan la arena virgen.

El silencio es una palabra quieta.

El camino una ruta infinita.

El hombre espera la primera estrella,

abre sus manos al cielo

del interior de sus ojos

nacen las luces que buscan

la sombra de la nostalgia".

— Estás pensando en daJla.

— En una canción que repetía constantemente.

— Es muy triste.

— Es el sentimiento de su tierra.

— Es bonita.

La tercera noche transcurrió tranquila. Por primera vez la niebla desapareció pronto y Elisenda pudo contemplar las estrellas. La curiosidad la acompañó toda la noche. La imagen de Eloína hablando de un pueblo oprimido le absorbió sus pensamientos. Por eso esperó impaciente su llegada para seguir escuchando su relato. La encontró cantando, porque la historia de su segundo encuentro estaba ligada al canto, a la poesía y al baile.

— Es el sentimiento de su tierra. —Continuó Eloína— La Generación de la Amistad fue un conjunto de poetas que cantó sus hazañas y perpetuó su cultura.

— ¿Poetas?

— Sí, personas que juegan con las palabras y cantan en armonía.

— ¡Ahh! Pues sigue contando tu historia con las personas que bailan.

"Su tenacidad y sus deseos de saber la llevan a la Ciudad de la Investigación, a llegar a los niveles de dirección y a la categoría de asesora. Y allí la encontré yo. Una recién llegada y enfadada con todo, que busca unos ojos donde agarrarse, y otra, dominadora, que ha recorrido todos los escalones de la producción hasta conseguir entrar en la clase privilegiada: la de dirección.

daJla fue la jefa de mi primer proyecto en la ciudad de la investigación. Al principio no me fijé en ella. Mis ojos seguían pendientes de BaMaR y en mi jefa solo les mantenía fijos durante los tres segundos estipulados e incluso menos. Fue muy paciente conmigo en el primer año de nuestro proyecto. Descubrir la compatibilidad de la nutritiva con la inhibidora fue un trabajo arduo y requirió muchos ensayos. La ciencia nos suministró los datos y las proporciones exactas de nutrientes y de elementos inhibidores en la composición del producto, pero los experimentos tardaron en ser satisfactorios.

El día que mi jefa me clavó los ojos del deseo en lo más profundo de mi ser algo se removió por dentro. Volvieron a aparecer todos los sentimientos que creía olvidados para siempre. Después de BaMaR pensé que no iba a poder volver a amar a nadie. Cierto que sus ojos en aquella asamblea me animaron a seguir buscando, pero nunca lo hubiese conseguido si no hubiera notado que unos ojos penetraban en mí deshaciéndome. Fue la chispa para volver a encender la llama.

Los ojos de daJla se posaron en mí durante un tiempo excesivo. No podía ser nada relacionado con el proyecto que estábamos desarrollando, lo habíamos hablado todo durante el día y era la hora de la despedida. Nunca me había mirado así. No era por asusto de trabajo por lo que insistió con la mirada, era por lo que solamente una mujer que ha estado alguna vez enamorada puede comprender.

Yo lo comprendí en el acto y no aparté mis ojos de los suyos hasta que me dijo un lugar donde podíamos encontrarnos. Cuando estuve en su habitáculo me encontré con otros ojos idénticos a los que me habían cautivado.

— HairA 7.1. y yo somos un todo incompleto. Nos faltas tú. Súmate al baile. —Me dijo.

Entonces vi por primera vez a HairA 7.1. HairA, la persona que baila, la persona que obedece, la persona muda. Los ojos de daJla dirigen la danza, ella la mira y su cuerpo obedece. Parece seguir un rito ensayado montones de veces. Alza su mirada y sus brazos adquieren la extensión máxima, sus manos se balancean siguiendo el giro que marcan los ojos embriagadores de la mujer que me había vuelto a enamorar.

Las dos mujeres se convierten en un todo perfectamente sincronizado porque daJla se une al baile y sus manos surgen altivas cortando el viento en perfectas sintonía con las de HairA. Las piernas juegan a elevarse y a agacharse. Los dos cuerpos en perfecta armonía se divierten y el vientre se suma a la locura de la vida. Las dos mujeres se miran y sus ojos bailan y marcan el ritmo a todo su cuerpo. ¡Qué fácil es comunicarse cuando los ojos lo protagonizan todo!

Esa noche en el habitáculo de daJla todo fue sencillo. No hubo palabras, solo miradas. Con su complicidad ambas me rodean, sus brazos y sus piernas en un continuo vaivén me cierran la salida, me cercan, sus ojos me invitan a sumarme al baile y yo levito. Sin darme cuenta mis brazos se mueven, mis piernas se recogen y se estiran, mi vientre se gira y se estremece, todo mi cuerpo flota entre los suyos. Somos un todo que se mueve al unísono en perfecta sintonía. Mis ojos se dirigen alternativamente a los de ellas y me contagio del placer de la vista. Todo mi cuerpo se mueve en perfecta respuesta a los suyos y me doy cuenta que dejo de ser yo y me convierto en parte. En parte del baile sublime, en un gozo nuevo, el de sentir sin tocarse, el de llegar al éxtasis con la mirada".

— ¡No aguanto más!—Elisenda interrumpe el relato de Eloína, se pone frente a ella y levanta los brazos.

— ¿Quieres bailar?

— Sí, quiero que mis ojos bailen con los tuyos, que mi cuerpo se mueva al ritmo del tuyo. Que descanses de tu relato y disfrutes conmigo —Hecho.

La mañana en la celda 117 avanza tranquila y, en su huerto, dos cuerpos escondidos bajo la sombra de una parra bailan al ritmo de sus ojos. El sol comienza su largo recorrido diario. Tras el sofoco vuelve la calma y Eloína sigue contando la historia de su segundo encuentro.

"Conocí a HairA 7.1., HairA, esa noche. La noche en que llegué a un habitáculo pensando en disfrutar de los ojos de mi jefa y me encontré con dos caras iguales y unos ojos repetidos. Al principio me desconcerté, pero cuando las dos personas levantaron sus brazos y comenzaron a cimbrear su cintura llegó la sorpresa: la de los cuerpos que bailan. Y yo me sumé al baile.

HairA solo sabía bailar, era una perfecta persona nula, inexistente, la persona de los zulos, el ejemplo perfecto de la dualidad extrema en que se convirtió el distrito del odio número veintisiete del departamento de las diferencias del Estado Este Norte. No me contó nada, ella no tenía voz. La voz se la quitaron a sus ascendientes en la era antigua con el decreto de Invisibilidad de las Personas de Origen Extranjero sin Personalidad Jurídica Reconocida. Me lo contó daJla cuando acepté ser la tercera en el baile. Me lo contó el tercer año de mi estancia en la ciudad de la Investigación cuando mi intimidad con ella estaba en su comienzo. Fue la noche de mi desconcierto porque no sabía a qué ojos dirigir mi mirada. Los veía tan iguales que me parecía imposible que dos personas cuyos cuerpos eran casi idénticos pudieran tener orígenes tan distintos.

Me lo contó esa noche cuando HairA cayó rendida tras el baile y aparecieron las palabras, cuando la tempestad dio paso a la calma, cuando el alboroto se convirtió en sosiego y cuando la pasión alcanzó su cénit e inició el camino de la relajación y la paz.

Me dijo que tardó treinta años en pronunciar una palabra. Que la conoció en el Departamento de Recuperación y que, mientras ella se recuperaba de los efectos radioactivos, HairA lo hacía de los daños sicológicos. Su mente estaba totalmente destrozada y bagaba por el departamento sin atreverse a levantar la mirada. En su chip de identificación solo ponía que nació el año diez antes de la Hecatombe, en el Estado Este Norte, en las coordenadas 52º 31´N latitud, 13º 24´E longitud, y que había llegado al Estado Centro como consecuencia de la ley de Recuperación de Personas Exiliadas y del incremento de la Natalidad.

Me dijo que treinta años después volvieron a coincidir en la Ciudad de la Investigación y que fue cuando se enamoraron. Ella era ya jefa de un proyecto mientras HairA seguía desempeñando el trabajo de limpiadora, primero, y de control de un simulador limpiador, después. Y me dijo que gracias a su posición y al contacto con el equipo directivo tuvo ocasión de acceder a los chips documentales del Estado, ver los orígenes de HairA y descubrir que nació en el país de los zulos, de los árboles muertos y de las casas derruidas. El país del odio y de las personas colocadas cada una en el escalón que le correspondía. A ella le correspondió el más bajo, el de los sueños perdidos: el zulo de los lamentos, el de los desheredados.

Ella me lo contó a mí, y ahora te lo cuento yo a ti, pero lo vamos a tener que dejar para mañana. El sol se pone y el descanso es obligatorio".

— Bien, mañana sigues. Esta noche pensaré en los ojos iguales y en las personas que bailan.

Elisenda espera impaciente la llegada de Eloína. La cuarta noche se le hizo interminable. La niebla se agarró con fuerza a las aguas del río y los pájaros voladores de reconocimiento tardaron más en llegar que los tres días anteriores. La incertidumbre sobre los orígenes de HairA y la pasión con la que Eloína lo contaba la tenían expectante.

La vio llegar y sus ojos se iluminaron. Apenas llegó a su altura cuando ya su mano le rodeó su cintura, Eloína respondió apoyándose en su hombro y abrazadas se dirigen a su celda. Nerviosa le apremia para que continúe contando la historia de los ojos que bailan.

— Tranquila hoy tenemos mucho tiempo. Hasta que el sol no llegue a su cénit permaneceremos juntas y te contaré la historia de HairA tal y como daJla me la contó a mí.

— Estoy ansiosa

"HairA llegó al Estado Este Centro tras la primera deportación. Era un Estado en construcción, el menos afectado por los efectos de la Hecatombe y el lugar adecuado para desarrollar todos los proyectos de recuperación del planeta. Un Estado prácticamente deshabitado que llegó a un acuerdo con cada uno de los dos estados vecinos para incrementar su población. Con el del Norte, mediante un acuerdo de recuperación de las personas que habían emigrado en el período previo a la Hecatombe. Con el del Sur, mediante otro de inmigración, en principio voluntaria y altruista, al que me acogí yo, y después forzosa en función de las necesidades de repoblación en un Estado y de emigración en el otro.

En el Estado Norte se llamó la primera deportación y consistió en enviar a todas las personas nacidas a partir del decreto de Invisibilidad de las Personas de Origen Extranjero sin Personalidad Jurídica Reconocida. El decreto, que se había proclamado diez años antes del estallido bélico, había llenado los zulos de acogida de gran cantidad de personas nulas. No tenían ningún trabajo, ningún entretenimiento ni ninguna perspectiva de futuro. Eran personas que solo subsistían con la toma de la píldora nutritiva.

El país de los zulos, como era reconocido el Estado Norte, requirió gran cantidad de mano de obra barata para la construcción de los refugios atómicos en los años previos al conflicto, pero una vez finalizados los trabajos, y tras la nueva normalidad que se estaba produciendo después del desastre, estas personas dejaron de ser necesarias. Los supervivientes de origen nacional no podían salir de los zulos y su vida se limitaba a subsistir gracias al equipo de supervivencia que había en cada búnker, a organizarse mediante el restablecimiento de las comunicaciones y a esperar. Esperar a que los estados menos afectados por la Hecatombe pudieran venir en su rescate. Los supervivientes de origen extranjero estorbaban y fueron recluidos en zulos de acogida. Su única expectativa era esperar a la deportación o consumirse en una vida vegetativa.

HairA llegó el año dos de la nueva era cuando se pudieron reanudar las comunicaciones entre los dos estados. Fue el Estado Centro quien tuvo que ir a recogerlos en el primer aparato volador bunkerizado. Llegó hasta el lugar que marcaban sus coordenadas con un equipo de salvamento. Tenía doce años cuando llegó con su traje antirradioactivo y con su escafandra conectada a la botella de oxígeno que llevaba en la espalda al Departamento de Recuperación.

HairA y daJla, de fisionomía tan parecida y de vidas totalmente opuestas, me devolvieron a la vida. Volví a ser feliz durante cinco años, pero no voy a contarte más hasta que tú me cuentes a mí tu visita a la zona limpia".

— Está bien. El sol no ha llegado aún a su altura máxima y yo seré mucho más breve que tú.

— No seas vergonzosa. Después de las cuatro noches compartidas puedes tener confianza en mí.

— Tengo plena confianza en ti, pero a mí no me han pasado cosas. Y no sé expresarme como tú.

— Intentalo por favor. Cuéntame algo, quiero oír tu voz. Me has hablado de tu visita a la Zona Limpia, dame todos los detalles.

— No pasó nada.

— Por favor, algo tuviste que sentir. Exprésalo.

— De acuerdo, lo intentaré.

"Si no te hubiese encontrado y no me hubieses contado tus historias, la visita a la Zona Limpia hubiese sido el único episodio feliz de mi vida. Esas vacaciones junto con los momentos de amamantar a mis descendientes forman mis únicos recuerdos gratos. Pero después de escuchar tu relato lo mío se queda insulso. Me parece artificial y desde luego para nada se puede comparar con lo que estamos viviendo tú y yo en estos momentos.

Todo comenzó con una alimentación especial y, como era habitual en todas las ocasiones, con la píldora correspondiente. En este caso la de la alegría, que me proporcionó euforia, esperanza, ilusión y sobre todo ganas de vivir y deseos de conocer algo nuevo.

En el chip del pensamiento de ciudadana nos pusieron una música que nos acompañó durante los siete días de excursión. Como siempre, respeté estrictamente las normas que me llegaban a través de él. Fui respetuosa con el tiempo de fijación de la mirada a pesar de darme cuenta de que en la zona limpia era imposible que existieran ojos visores. También mantuve la distancia establecida entre compañeros y la norma de no utilizar la palabra.

Disfruté de todo lo que estaba permitido según nos habían anunciado en los días de adoctrinamiento: naturaleza, música y conocimiento. La naturaleza me impresionó. Disfruté de ella como nos habían recomendado y creo que mucho más. Estar solamente con la malla era un alivio. Nunca me pude imaginar andar por el campo sin mascarilla. Miraba a los árboles con detenimiento mientras escuchaba atentamente las descripciones que me llegaban al cerebro por el chip del pensamiento. Me impresionó su tamaño, su ramaje, sus hojas tan diferentes. Miraba y olía, me pasé todo el tiempo oliendo, intentaba relacionar a cada planta con su olor para después disfrutar recordándolo. Palpaba todo lo que estaba a mi alcance y seguía con exactitud todas las indicaciones que llegaban a mis oídos acompañadas de una tenue música.

La música me relajaba, penetraba en mi interior como un alimento sabroso que me producía una enorme alegría. Estaba contenta, saltaba pisando las hierbas y levantaba los brazos mientras miraba el horizonte. Todos mis pensamientos eran positivos. Los conocimientos que llegaban a mi cerebro me explicaban la naturaleza de todas las cosas que me rodeaban y notaba cómo mi sabiduría aumentaba".

— Y no te puedo contar más porque no hablé con nadie. No tengo ninguna historia. No me he relacionado con ninguna persona hasta que te he encontrado a ti.

— Bueno, cada persona tiene una vida que no puede cambiar. Todas las cosas son relativas, un hecho te resulta gratificante hasta que encuentras otro que te produce más satisfacción. Todo es comparación. Lo importante es ser feliz en el presente y poder en algún momento ser dueña de tu futuro.

— Yo quiero ser dueña de mi futuro contigo.

— De momento eres dueña de mi presente. Vamos a descansar y mañana lo seguimos viviendo.

Tenía todos los datos, pero tenía mucha curiosidad. Eloína le había contado minuciosamente lo que de sus dos amantes había conseguido averiguar. Pero Elisenda quería saber más. Se pasó toda la noche imaginando. En su cabeza las tres mujeres jugaban, las tres se despojaban de su vestimenta y las tres iniciaban el rito, pero cómo, cómo se podía hacer el rito entre tres.

Su quinta noche de vigilancia en el valle fue imaginativa. Fue una ensoñación que le hubiera impedido divisar a un hipotético enemigo porque a la espesura de la niebla se unía la de sus pensamientos. Por más vueltas que lo daba no se podía imaginar cómo lo que hacían las dos se podía hacer también entre tres. Las sensaciones compartidas, el placer reciproco, cómo podían sentirlo y gozarlo entre tres.

No le dio tiempo al saludo ni a las carantoñas que le hacía por la mañana, nada más divisar la silueta esbelta de Eloína se precipitó a su encuentro y se lo soltó de sopetón.

— ¿Cómo podíais amaros las tres?

— Cada una teníamos nuestro papel.

— ¡Ah, cuéntamelo!

"Todo lo bueno que se comparte se expande y cuanto más se expande mayor satisfacción produce a quien recibe la onda expansiva. El amor entre tres es igual que el de dos, pero con un añadido, la multiplicación. Todo se da doblemente y todo se recibe de forma repetida. Solo es necesario saber distribuirse el trabajo del placer.

HairA era los ojos, nos miraba por igual a las dos. Si clavaba su vista en mi cintura acariciándome la piel, segundos después lo hacía en la cintura de daJla. Posaba sus ojos en cualquier parte de nuestro cuerpo con una delicadeza inusitada, la suavidad de su mirada me hacía estremecer, gozaba de ese rayo luminoso que penetraba en mi cuerpo sin tocarlo. Entraba dentro como un grato pensamiento y una vez dentro se desparramaba llenando todo mi cuerpo de gozo.

daJla era el tacto, sus dedos eran una delicia. Todo lo que tocaba lo erizaba. Y con los ojos mirando mis entrañas y los dedos sobando tenuemente cualquier rincón de mi piel, levitaba. Y al mismo tiempo que yo me elevaba por los aires, sin tener sensación de que ascendía, veía como el cuerpo de HairA dejaba de ser pesado para elevarse hasta el estado de la ingravidez placentera.

Yo aporté la palabra. Trataba de poner sentido a lo que no lo tenía y pretendía resumir con palabras la felicidad que nos embargaba. Pero no lo conseguía, no hay palabras suficientes para definir el estado al que llegábamos cuando las tres nos abandonábamos al deleite. Buscaba las más sonoras, las que más placer podían aportar a nuestros oídos, pero no conseguía definir con exactitud lo que nos sucedía. Sin embargo notaba en los cuerpo de mis dos amantes que se estacionaban en la cima alcanzada y que permanecía allí todo el tiempo que yo mantenía vibrante mi voz.

Eramos tres cuerpos en uno".

— ¡Qué bonito! En vez de dos tres. Todo lo demás igual.

— Sí, todo es igual.

— ¿Y cómo acabo esta historia?

— Nuestras vidas se separaron cuando ellas fueron destinadas al Valle para participar en la batalla del setenta aniversario. Todo acaba en este Valle.

— O empieza, como lo nuestro.

— Sí, o empieza. De ellas no he sabido nada desde entonces.

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