EL VALLE

Defensa

Elisenda recogió su espada, La Perpetua XXT, su escudo y su puñal y se comprometió a defender el Valle por el resto de los días que le quedasen de vida. La Perpetua, un modelo XXT, era de acero con una hoja de doble filo, una empuñadura ligera y una cazoleta simple. El escudo que asignaban a las mujeres era de tamaño mediano. Era lo suficientemente alto como para proteger las dos terceras partes de su cuerpo. Estaba elaborado con una fibra sintética. Apenas pesaba y evitaba tanto el corte como la penetración de cualquier objeto punzante. También recogió un puñal de quince centímetros de longitud de un material cristalino e invisible que debería llevar siempre pegado a su cintura porque cumplía una doble misión: la de terminar con la vida del enemigo en una situación extrema o con la suya propia en el caso de riesgo de ser detenida. Nadie debía arriesgar la vida del grupo, era necesaria la inmolación antes de caer en las garras del enemigo e informar sobre los secretos del Estado.

Además, Elisenda recibió el kit de subsistencia: un pastillero y un dosificador. El pastillero tenía capacidad para treinta píldoras nutritivas y treinta inhibidoras que tenía que tomarse ante el ojo visor. El dosificador era un recipiente cilíndrico de material plástico indestructible que llevaba colgado a su cintura desde que le asignaron su primer ropaje de ciudadana. Servía para controlar la cantidad de agua revitalizadora que debía beber diariamente.

Iba vestida con una malla metálica que le cubría todo el cuerpo excepto la cabeza, las manos y los pies; unos calcetines y unos guantes del mismo material que la malla y un casco que le tapaba el cráneo, con un refuerzo para proteger el occipital y los oídos. Además llevaba colgadas del cuello unas gafas con un sistema de rayos X que permitían una visión perfecta a través de objetos opacos tanto de día como de noche, y sobre todo, a través de la niebla.

Elisenda tenía cien años cuando recibió la célula que la liberaba de todas sus obligaciones ciudadanas y la convertía en guerrera. La eximía de todos sus compromisos de construcción del Estado y de fortalecimiento de la felicidad ciudadana para convertirla en su defensora. Le desactivaron todos los microchips que tenía acumulados a lo largo de su vida y le activaron en su cerebro uno nuevo: el microchip defensivo.

Había demostrado ya los primeros síntomas de fatiga: respondía con diez segundos de retraso a las órdenes que recibía. Y de debilidad mental: había fijado su mirada durante más de tres segundos en otra persona ajena al trabajo que tenía encomendado. Eran los síntomas de que la enfermedad empezaba a causar efecto en su persona y que ya solo servía para la guerra.

Nació justo el año que ocurrió la Hecatombe y en realidad se llamaba ZaHiR 2.7. Todas las personas nacidas después de la fecha fatídica tuvieron nombres que eran una combinación de números y letras, era el nombre que definía su identidad, pero después cada uno elegía otro a su gusto y lo utilizaba clandestinamente. Eligió Elisenda porque lo encontró en una nota que había dentro de un cofre pequeño que perteneció, según sus propias averiguaciones, a una bisabuela materna. El cofre fue el único resto del pasado que descubrió, o que creyó descubrir, a lo largo de toda su vida. Lo encontró cuando era niña y todavía su cerebro tenía sueños y la curiosidad la mantenía contenta. Fue en la primera etapa de su vida y de ella solo recordaba ahora el cofre y su nombre. Era de las pocas personas que habitaban el planeta que había conocido todas las etapas posteriores a la Hecatombe, pero de ninguna tenía recuerdos, o eran tan vagos que imposibilitaban la construcción de un mínimo diseño vital. Ninguna persona tenía pasado, solo tenía futuro. Y el futuro de las personas que empezaban a dar los primeros síntomas de la enfermedad estaba perfectamente diseñado: la defensa del Valle.

El Valle era una inmensa llanura que bordeaba el Río Grande. El río tenía una longitud de más de nueve mil kilómetros, cinco mil de los cuales correspondían a la llanura. La anchura de esta, en su margen derecho, llegaba en muchas zonas hasta los mil quinientos. El margen izquierdo de la llanura, defendido por el enemigo, tenía una extensión similar. El cauce del Gran Río, como también se le llamaba, tenía una anchura que oscilaba entre los dos y los quince kilómetros, pero en la zona de mayor aprovechamiento agrícola se estacionaba en torno a los diez. Era un remanso de paz que contrastaba con las zonas abruptas que tenía en su recorrido inicial. Hacía de frontera entre los dos Estados en que se dividió el planeta después de la Hecatombe dándoles incluso el nombre. La parte derecha correspondía al Estado D y la parte izquierda al Estado I, siempre utilizando como referencia su desembocadura.

El rio surgió como consecuencia de los grandes terremotos y de las erupciones volcánicas que sufrió el planeta durante los siglos anteriores a la Hecatombe. En ese periodo de tiempo los continentes se modificaron y los ríos cambiaron su rumbo. Muchos desaparecieron, otros se unificaron y otros fueron apareciendo al mismo tiempo que se modificaba el relieve. Las erupciones volcánicas iban siempre acompañadas de movimientos sísmicos que provocaban enormes tsunamis. El río nacía en un gran lago que era el resto de un mar extinguido. A ambos lados, dos enormes cadenas montañosas lo custodiaban.

Los movimientos sísmicos que se multiplicaron en los últimos años de la antigua era y las erupciones volcánicas que los acompañaron crearon montañas de más de diez mil metros de altura. El más intenso de todos, conocido como el Gran Terremoto, fue el origen de la nueva configuración del planeta. Las altísimas temperaturas provocaron a su vez una evaporación exagerada de las aguas de los océanos y, en especial, del mar que había quedado cerrado tras ese gran terremoto que unificó los antiguos continentes de Eurasia y África. Las lluvias se prolongaron durante largos periodos de tiempo propiciando torrenteras y dando origen a multitud de cauces nuevos que siempre tenían un mismo final: el Río Grande.

El Gran Terremoto aisló el antiguo mar del océano y lo convirtió en un lago enorme que iba subiendo de nivel a medida que los volcanes se sucedían en las zonas periféricas a su costa. El nuevo lago llegó a superar los dos mil metros de altura sobre el nivel de los océanos. A medida que sus aguas subían de nivel buscaban un resquicio por las irregularidades del terreno como forma de evasión. Encontraron salida entre dos enormes montañas. La primera brecha que se formó fue una enorme cascada de más de más de cien metros. El agua caía bruscamente hasta un enorme pozo y producía una nube que escondía todo el paisaje. Durante un kilómetro el agua se repartía en pequeños riachuelos, sorteaban los riscos de una montaña retorcida y se unificaban en una enorme laguna. Era el nacimiento del río.

Allí sus aguas descansan antes de iniciar un camino azaroso. Su curso alto, de unos dos mil kilómetros, es una inmensa telaraña de ríos y riachuelos que transcurren entre enormes montañas por terrenos abruptos, propician cascadas gigantescas y producen inmensas nubes de vapor de agua. Es un terreno de difícil acceso para los humanos e imposible de aprovechar para el cultivo. Pero fue el refugio de la vida animal y fue el pulmón que salvo el planeta. Porque cuando cesaron los movimientos sísmicos y los volcanes configuraron el paisaje definitivo aparecieron árboles nuevos que, unidos a los que sobrevivieron a los desastres, fueron tejiendo un espacio amable con la naturaleza.

Las aguas de todos los riachuelos se unen al río Grande a medida que se encuentran con la llanura, entonces se relajan y el cauce aumenta progresivamente hasta convertirse en un inmenso caudal.

La gran llanura es una enorme meseta a unos mil metros sobre el nivel de los mares. El paisaje cambia radicalmente y los árboles dan paso a los arbustos primero, a las praderas después y a los campos de cultivo, al final.

Las aguas tardaron muchos años en ser aprovechables para el regadío. Por su procedencia de un mar interior, la salinidad, impedía utilizarlas para el consumo humano y para la alimentación de las plantas. Pero las continuas lluvias y el proceso de evaporización del mar interior unido a la confluencia de todos los ríos que desembocan en él fueron posibilitando que, poco a poco, sus aguas fuesen perdiendo salinidad y pudiesen ser aprovechables para el riego del campo en un principio y para el consumo humano después. Las técnicas de depuración y los nuevos métodos de aprovechamiento de las aguas influyeron también de forma decisiva.

En el Valle se producían la mayor parte de los recursos alimenticios, por eso su defensa era el objetivo prioritario del Estado D. Para conseguirlo se dispuso de un entramado de celdas, cuarteles y regimientos distribuidos a lo largo de la ribera del río. Cada diez metros había una parcela donde estaba ubicada una celda que solo podía estar habitada por una persona. Las celdas de los hombres estaban separadas de las de las mujeres. Cien kilómetros de celdas correspondían a mujeres y los cien siguientes a los hombres. Los cuarteles se situaban cada diez kilómetros y seguían segregando a las mujeres de los hombres. Eran alojamientos en forma de naves enormes con cabida para diez mil personas. Y cada cien kilómetros estaban construidos unos enormes regimientos con capacidad para cien mil personas. Eran considerados, junto con los cuarteles y las celdas que les correspondían, como distritos de autonomía energética. Eran un laberinto de naves organizadas por secciones donde se permitía la convivencia entre los dos sexos. Estaban diseñados por diez enormes calles perfectamente alineadas y atravesadas perpendicularmente por otras muy cortas, numeradas del uno al cien, que guardaban proporciones idénticas.

En los regimientos se diseñaban las estrategias de guerra. Eran cincuenta y uno, cuarenta en el Estado Este Centro y once en el Este Sur. En el cincuenta y uno, se encontraba el centro de mando, que era quien decidía sobre el tiempo y la forma de defender o de atacar. Sus órdenes eran transmitidas en primer lugar al resto de regimientos, después a los cuarteles, para llegar en última instancia a cada celda.

Para llegar hasta los regimientos era necesario pasar por todos los puestos anteriores. Empezando por las celdas. Y allí llegó Elisenda. Eran las doce horas de un día de primavera cuando fue transportada hasta la celda 117. Llegó en un aparato volador, un transportador de guerra con capacidad para doscientas personas, que fueron distribuidas en las celdas de la ribera del río. Cuando el aparato llegó a la 117 se activó el paracaídas y Elisenda, con su espada XXT, su escudo de mujer, su puñal de quince centímetros de longitud y su kit de subsistencia, aterrizó en su destino.

Futuro

Del pasado tenía pocos recuerdos y los tuvo que dejar grabados en los archivos del Estado. Su memoria los iba perdiendo poco a poco como consecuencia de la enfermedad. Solo uno permanecía constante en su cabeza: el recuerdo de aquel cofre donde encontró un papel arrugado y un nombre raro que ella asumió como propio.

Y el futuro lo tenía perfectamente diseñado. Se lo habían notificado el día que la mandaron a la guerra y le sustituyeron el chip productivo por el de la defensa. Sabía en qué celda tenía que alojarse, quién le suministraría las píldoras, los líquidos y los productos de higiene y limpieza. Sabía qué zona del río tenía que vigilar y durante cuánto tiempo. Sabía que sus vecinas eran la ciento dieciséis y la ciento dieciocho y sabía el tiempo que podía dedicar cada día al paseo y al cultivo del trozo de huerto que le había asignado su controladora. Y, sobre todo, sabía todos los códigos secretos que debía utilizar para dar la voz de alarma en el caso de que algún enemigo se infiltrase y cruzase el río en alguna misión de guerra. También sabía a quién debería obedecer en caso de que se organizase alguna acción de ataque. Las escaramuzas, ataques propios o del enemigo, le dijeron que no eran muy frecuentes, pero que ocurrían de vez en cuando y que había que estar continuamente atentos. La última estaba en la memoria de todos y había sido tan cruenta que no se esperaba que hubiese una repetición a corto plazo.

La anchura del río dificultaba cualquier tipo de invasión, sobre todo durante el día, pero en la tabla voladora se podía llegar a la otra orilla en menos de quince minutos. Encontró la tabla voladora colgada en el cobertizo de su celda junto a unos aparatos muy raros. Era una cosa sencilla, una superficie plana con dos plataformas en su base para acomodar los pies y el manillar con un cable para enchufarlo a un generador de energía solar. En un apéndice del manillar se encontraba el teclado que hacía volar al aparato y ajustar su velocidad.

Todo se lo habían explicado con perfección y todo lo tenía previsto. Pero no tenía previsto ningún cruce de miradas. Hasta ese momento Elisenda solo había permanecido una vez con la mirada fija en otra persona más de tres segundos. Solo fue una vez, lo suficiente para que su mirada fuese captada por el ojo visor y se convirtiera en el detonante para que la cesasen en su actividad productiva y la mandasen a la guerra.

Eloína, la vecina de la parcela 118, situada en su lado derecho siguiendo el cauce del río, se fijó en ella con descaro. Observó sus dudas cuando llegó a su destino. Vio como se quedó parada ante la puerta de entrada y se fijó en la tabla voladora. Notó cómo su mirada cambiaba de dirección para dirigirse al huerto y observar el estado ruinoso de las plantas. Se dio cuenta de la extrañeza que le produjo ver unas herramientas perfectamente colocadas en un cobertizo pegado al lateral izquierdo de la diminuta celda. Percibió su asombro cuando cogió con sus manos un aparato muy raro que miró con extrañeza. Y se sorprendió del respingo que dio el cuerpo de Elisenda cuando apretó el botón de puesta en marcha y comenzó a vibrar como si tuviese vida propia.

Pero, sobre todo, lo que llamó la atención de Eloína fue su enorme cabellera, un pelo blanco brillante se posaba en sus hombros remarcando una belleza antigua. Una belleza que recordaba a los bustos almacenados en el museo de las cosas perdidas que le había enseñado ELhoY 6.4., y a los cantos de MsiTa 0.5. La observó detenidamente recreándose en la esbeltez de su cuerpo y en la agilidad de sus movimientos.

Elisenda respondió a su mirada tras un tiempo de duda. Primero se sintió observada por una mujer a la que solo dedicó un abrir y cerrar de ojos, lo estipulado. Después comenzó a ponerse nerviosa ante la insistencia de una mirada que parecía querer penetrarla. Y por último, ante la quietud de una persona totalmente distinta a ella, que la retaba con su mirada, optó por aceptar el desafío. Pensó que por su aspecto tendría unos diez años menos que ella, pero por la intensidad de su mirada y el tiempo que permaneció con sus ojos fijos, dedujo que su enfermedad estaba mucho más avanzada. Intentó controlar su mirada y ajustarse a lo que estaba permitido, pero algo instintivo la arrastró a su quebranto. Fue el presagio de algo inevitable porque después de aguantar más de tres segundos esos ojos que se clavaban en los suyos como agujas invisibles, ya no pudo evitar responder a su pregunta.

— Te estaba esperando. ¿Cómo te llamas?

— Me llamo ZaHIR 2.7., pero, ¿cómo te has atrevido a preguntar mi nombre?

— Yo me llamo NAhrA 4.1., pero me gusta que me llamen Eloína. He hecho ya muchas preguntas como esa a personas diferentes, he hablado con ellas durante mucho tiempo y he aceptado que el proceso de mi enfermedad es irreversible.

— Es la primera vez que yo digo mi nombre a una ciudadana, nadie nunca me lo había preguntado. Solo se puede contestar a las preguntas de los jefes. Me debería callar y no hablar más contigo.

— No temas. La enfermedad no es tan mala como nos dicen. Yo lo asumo y estoy tranquila. Tengo sensaciones nuevas. Procuro ser reservada y solo inicio mis conversaciones cuando la persona a la que miro me aguanta su mirada durante más de tres segundos. Tú lo hiciste y por eso estoy segura que podremos seguir hablando y no me delatarás.

— No, no te delataré, pero estoy asustada. Estoy haciendo algo que no debo. Algo que no he hecho nunca. Te estoy mirando y te estoy hablando.

— No te preocupes, aquí todo es diferente. Para empezar solo tenemos un ojo visor en la celda y es muy torpe. En el huerto nadie nos vigila.

— Tenemos a nuestro ojo interior —respondió Elisenda bajando la mirada.

— Tu ojo interior te salvará. A mí me está salvando. ¡Mírame fijamente y empezarás a salvarte!

— No estoy acostumbrada, solo incumplí la norma una vez y fue el inicio para venir hasta aquí.

— Aquí todo es diferente. En el huerto eres libre. Nadie te vigila. No apartes tus ojos de los míos. ¿O no te gustan?

— Me gustan y me atraen, aunque tengo miedo, estoy incumpliendo la norma.

— No te preocupes por la norma. Ya no te pueden hacer más daño. ¿O a caso piensas que puede haber algo peor que la soledad a la que nos han condenado?

— No sé. Acabo de llegar y la guerra es lo que corresponde para finalizar nuestra vida.

— Eso es lo que te han dicho, pero esto no es la guerra. Es la soledad. Aquí vamos a estar tú y yo. Estamos en el final de nuestros días y tenemos que olvidar esa estúpida norma de no mirarnos más de tres segundos. ¿Qué sentido tiene? ¿Alguna vez te lo has preguntado?

— Me lo he preguntado muchas veces, pero...

— No hay pero. Es una norma injusta que evita que las personas disfrutemos de nuestro sentido de la vista. Tú eres bonita y mirarte me agrada. ¿Por qué voy a renunciar a tu belleza?

— Tienes razón soy una ignorante.

— No lo eres, te han obligado a serlo. Y ya es hora de que aprendas. Dime, ¿te gustan mis ojos?

— Sí.

— ¿Y la negrura de mi piel?

— También.

— ¿Y mi pelo rizado?

— Me encanta.

— ¿Y mi risa?

Eloína emite una sonora carcajada que cambia por completo la fisonomía de Elisenda y por primera vez aparece en su rostro una ligera sonrisa que le hace exclamar:

— ¡Tu risa me quita el miedo!

— ¡Pues disfruta de la risa y del cuerpo de Eloína! ¡Y déjame disfrutar a mí del cuerpo de...?

— Elisenda, mejor llámame Elisenda.

— ¡Elisenda! ¡La de la melena blanca! ¡La que sonríe! ¡La que no tiene miedo!

— ¡Eloína! ¡La que ríe! ¡La que me ha enseñado a mirar! ¡La negra guapa!

Las dos mujeres ríen satisfechas durante un breve tiempo y cuando la calma vuelve al huerto donde se encuentran dice Eloína:

— ¿Te puedo hacer otra pregunta?

— Hazla.

— ¿Te has tomado la píldora inhibidora?

— Hoy todavía no.

— Te aconsejo que no la tomes más.

— Pero, la enfermedad...

— La enfermedad seguirá igual. Yo hace mucho que dejé de tomarla y estoy bien. Tú hoy no te la has tomado. ¿Cómo estás?

— Confusa. Estoy haciendo algo que no debería hacer.

— Es buena señal. Has sentido. Me acabas de decir que no me vas a delatar. Eso es un sentimiento. Un sentimiento de solidaridad. ¿Alguna vez en tu vida te has solidarizado con alguien?

— No. Yo no sé lo que es la solidaridad.

— Es compartir los problemas con otra persona de tal forma que tus problemas son también de ella y los de ella son también tuyos. Es confiar. Confía en mí, no te tomes nunca más la inhibidora y conocerás otros sentimientos.

— Pero debemos hacerlo en nuestra celda delante del ojo visor.

— Te he dicho que aquí el ojo visor es torpe. Te tomas la nutritiva y le das la espalda.

— Entonces merecerás un castigo.

— Este es el peor castigo, es la soledad. No puede haber nada peor que esto. Nuestros superiores no se molestan en controlar quién se toma la inhibidora y quién no. Hazme caso que yo soy experta en burlar al ojo visor.

— Entonces tú ¿no te tomas la inhibidora?

— No, ya te lo he dicho, desde los cincuenta años nunca he tomado la inhibidora.

— ¿Cómo es posible si el ojo visor lo controla todo?

— No todo, siempre se le puede engañar. Yo lo empecé a hacer con semillas de frutas de formato similar a la inhibidora y nunca me han descubierto. ¿Tú siempre te la has tomado?

— Yo siempre he cumplido con todas las normas.

— Pues ya es hora de que te saltes alguna. Hazme caso: no te tomes nunca más la inhibidora y ríe.

— De acuerdo. Te haré caso. Tu conversación me produce tranquilidad.

— La tranquilidad es el principio de la felicidad.

— ¿Felicidad? ¿Qué es la felicidad?

— Te lo explicaré cuando dejes de padecer los efectos de la inhibidora.

— Vale. Cuéntame a cuántas personas has preguntado sus nombres.

Y Eloína habló a Elisenda de las personas a quienes había preguntado sus nombres. No entró en los sentimientos, eso vendría después, solo le habló del poder de los ojos, de la calidez de la voz, del olor de los cuerpos desnudos y del tacto de los dedos sin guantes. Enumeró uno a uno sus nombres, el oficial y el que cada una se había asignado a sí misma al principio de la enfermedad. Le contó el lugar donde se habían conocido y cómo había sido su primer encuentro. Le dio detalles de las dificultades que habían tenido, de cómo las habían superado, y de quiénes seguían con vida y quiénes habían pasado al pozo del olvido. Le detalló los problemas con los que iba a enfrentarse y le dio consejos para superarlos. Cuando terminó le dijo que, si quería, ella podría incorporarse al grupo de las personas valientes que comparten sus vidas.

— No tienes que responder ahora. Tómate el tiempo que consideres necesario, pero déjame que te haga otra pregunta.

— Dime.

— ¿Has cultivado alguna vez un huerto?

Eloína sabía que no, lo supo cuando observó su cara de sorpresa, cuando se quedó absorta contemplando aquellos frutos colgados de los árboles, aquellas plantas llenas de productos rojos y, sobre todo, aquellas maquinas colocadas en el cobertizo acoplado a la celda. Una tras otra, todas diferentes, colocadas en riguroso orden y enchufadas a un aparato que parecía su madre. Lo supo cuando la observó con descaro, cuando se dio cuenta de su nerviosismo la primera vez que cruzó su mirada y cuando ante su mirada insistente le aceptó el reto.

Supo que hablar del huerto era un buen comienzo para entablar una relación. Le detalló los trabajos de preparación de la tierra y la forma de cultivar los frutos. Le habló de que el huerto era lo único que permanecía tolerado del pasado. Enumeró los productos que podía cosechar y le dijo cómo los podía cocinar. Y le habló por primera vez del reponedor: un simulador de los humanos que pasaba todas las semanas por las celdas para comprobar minuciosamente las cantidades de ingredientes necesarios para cocinar lo que la la huerta producía. Inmediatamente reponía todo aquello que escaseaba.

Eloína le dijo que el huerto estaba ligado a la evolución de su enfermedad y que se convirtió para ella era su entretenimiento preferido. Le aconsejó que ella hiciese lo mismo, se ofreció para ayudarle en todo lo que necesitase y notó cómo todo su cuerpo se relajó.

Tenía una longitud de veinticinco metros y una anchura de diez. Era un recinto de unos doscientos cincuenta metros separado por una valla electrificada, de no más de cincuenta centímetros de altura, de los huertos vecinos. Estaba medio abandonado, pero tenía algunas plantas con frutos, la persona que ocupó su celda con anterioridad no debió tener tampoco muchos conocimientos de horticultura, pero algo sí debió saber porque se notaba que el huerto había sido cultivado. Además, tenía un olor especial, un olor a música asociado al cántico de los pájaros. Y sabía a pasado, a un pasado desconocido, que se intuía.

Bordeando la valla de la pared orientada hacia el norte había cuatro árboles frutales de gran tamaño: un cerezo, un melocotonero, un peral y una higuera. La pared opuesta estaba ocupada por otros cuatro: dos almendros y dos avellanos. La celda, un habitáculo de treinta metros cuadrados aproximadamente, estaba protegida por dos parras entrelazadas para formar un techado y proporcionar un espacio de sombra. El huerto y la celda se comunicaban por una pequeña puerta orientada hacia el oeste y en la misma orientación tenía un enorme ventanal. En la valla de enfrente no había árboles, pero quedaban restos de rosales y plantas ornamentales no muy bien cuidadas.

Elisenda nunca había visto una cosa así. Había pasado la mayor parte de su vida en el sótano. El tiempo que pasó en el exterior se limitó, en un principio, a lo que el reglamento asignaba: lo imprescindible para mantener la actividad del cuerpo. Y después, cuando salió al mundo exterior en la ciudad cincuenta y siete, solo vio edificios, zonas para el paseo y pájaros voladores. Nunca había visto los frutos colgados de los árboles y solo los había degustado el día semanal del mantenimiento del cuerpo y los cuatro días festivos del Estado.

El día semanal del mantenimiento del cuerpo se administraba una dieta equilibrada para el control y el mantenimiento activo de los órganos del aparato digestivo. Era una dieta individualizada tras una rigurosa analítica para saber lo que cada organismo necesitaba. Consistía en la cantidad justa de los productos naturales que cada organismo demandaba para compensar la deficiencia que los químicos ocasionaban. Las proteínas, las vitaminas, las grasas y los hidratos de carbono eran ajustados a las necesidades gastronómicas de cada organismo.

Los días festivos del Estado se comía una dieta exagerada de carnes y pescados, de cereales y legumbres, de frutas y verduras, de lácteos y otros productos de la era antigua acompañados de bebidas exóticas. Se podía comer con gula hasta la saciedad. La fiesta consistía en comer y beber sin ningún control. Era un día en el que se mantenían todas las normas excepto la de la comida. Las calles estaban repletas de estantes abarrotados de viandas frescas y elaboradas y de todo tipo de bebidas. Las personas se divertían comiendo y bebiendo hasta caer exhaustos. Solo eran cuatro días, uno por cada una de las estaciones del año, y estaban divididos en doce horas de comida y doce de descanso. El resto de los días la comida era química: una píldora con las necesidades nutritivas y energéticas necesarias para el mantenimiento de la vida y la realización del trabajo.

Cuando Eloína hubo contado todas las delicias que proporcionaba una huerta se pasó a la parcela de Elisenda. No tuvo dificultad en saltar la valla electrificada, su esbelta figura la permitía hacer saltos de altura próximos al metro. Una vez dentro, ante la sorpresa de Elisenda, se quitó el guante de su mano derecha y se situó a un metro, aproximadamente, rompiendo también la norma de la distancia.

— Las manos forman parte de la naturaleza. Los frutos del huerto tienen que ser cogidos con las manos. Tocados. Palpados. A veces estrujados entre los dedos para llegar lustrosos a la boca.

— Pero...

— Sí, ya sé que enseñar las manos es otro síntoma de la enfermedad y que tú aún no te has sobrepuesto, pero a medida que te familiarizas con ella te vas dando cuenta de que no es tan mala.

— Sí, pero es la primera vez que incumplo tantas normas.

— Y te has reído.

— Sí, pero tú lo has dicho: aún no me he sobrepuesto.

— No te preocupes, la enfermedad no es como nos la han contado.

— Pero lo de las manos...

— Nosotras no solo nos las enseñamos, también nos las tocamos. El roce de unas manos con otras nos da vida, produce una corriente eléctrica que pasa por todo nuestro cuerpo.

— No sé. Nunca he tocado una mano.

— Te ofrezco la mía. Y si quieres te acompaño a entrar en tu celda.

Elisenda la volvió a mirar fijamente. Sus miradas volvieron a aguantarse rompiendo todas las normas establecidas, pero ahora una sensación de serenidad le inundó todo su cuerpo. Se quitó el guante de su mano derecha y aceptó la oferta que le hacía aquella persona, tan solo unos minutos antes desconocida, que ahora le estaba enseñando una nueva vida. El sol estaba en todo lo alto cuando Elisenda tocó por primera vez una mano.

— Sí, acompáñame porque me siento muy perdida.

— No te preocupes. Te enseñaré. Todas nos hemos sentido perdidas cuando hemos llegado aquí.

La sensación que experimentó Elisenda cuando la mano de Eloína apretó la suya fue tan agradable como excitante. Con las manos unidas y mirándose a los ojos permanecieron un tiempo largo. Ninguna de las dos supo cuantificarlo, pero ambas quisieron alargarlo.

Las manos en el mundo real solo servían para el trabajo, para la comida y para el aseo. Y siempre con la protección del guante. Lo que estaba viviendo ahora Elisenda era un vuelco radical a todas sus convicciones. Nunca en tan poco tiempo había tenido sensaciones tan contradictorias. Había sentido miedo, había tenido curiosidad, había sentido alegría y por primera vez en su vida tuvo la necesidad de elegir. Tomar una decisión era el síntoma del agravamiento de la enfermedad: pasar al segundo grado.

— No tengas miedo — le dijo Eloina sin soltar su mano.

— Es que no sé qué hacer.

— Todas hemos dudado. La duda dura un instante, pero después, cuando la despejas y tomas una decisión el miedo desaparece para siempre. La toma de una decisión nos hace fuertes.

— Entonces quiero ser fuerte tomaré mi primera decisión: acompáñame al interior de la celda, pero no me sueltes la mano.

La celda era un rectángulo de seis por cinco metros ubicada en la parte de la parcela que daba al camino y donde se hallaba la puerta de entrada. El camino era una franja ancha paralela al río por donde podían pasear las personas pertenecientes a ese cuartel. La parcela de Elisenda, la 117, era una de las mil que había en los diez kilómetros que dependían orgánicamente del cuartel 107. Ella era una de esas mujeres sujetas a las instrucciones del equipo de mando que a su vez estaba a las órdenes del regimiento número 11. Los diez metros de su parcela eran los que debía defender.

Las paredes de la celda eran de un material plástico refractante de color oscuro y tenían una cámara interna que evitaba la penetración de los rayos solares desviándolos hacia el suelo. Tenía dos grandes ventanales en las paredes laterales a la puerta de entrada y un ventanuco en la de enfrente. El habitáculo único tenía un aposento para dormir, una placa solar para cocinar, un fregadero, una mesa y una silla. El aposento para dormir, de un conglomerado que se asemejaba al mármol, tenía una anchura no superior a los sesenta centímetros y de un largo de dos metros adaptados a la fisionomía de la columna vertebral. La placa de cocinar tenía un tamaño mínimo: el necesario para cocinar en un recipiente de acero inoxidable los productos que ofrecía la huerta. El fregadero también era muy reducido, tenía una concavidad y dos grifos. Acoplado a uno de ellos había un contador para suministrar al dosificador el agua revitalizadora. El otro era para el lavado y por él salía el agua al acercar cualquier objeto. La mesa tenía unas dimensiones mínimas, no más de un metro de largo por cuarenta centímetros de ancho, y la silla era también muy simple y de un material sintético. Además disponía de un menaje de cocina y un armario con los ingredientes para el consumo de los productos de la huerta. El menaje se reducía a los elementos imprescindibles: un plato, una cuchara, un tenedor, un cuchillo y dos trapos. Y en el armario estaban colocadas las especias y los condimentos propios para los guisos y las ensaladas. Un simulador-reponedor pasaba periódicamente por cada celda para revisar sus necesidades, restablecer lo gastado o sustituir lo deteriorado.

En la esquina situada a la derecha de la puerta de entrada y camuflada tras una mampara opaca se encontraba una diminuta taza de evacuación. Los residuos iban a un pozo con un sistema de reciclaje que los convertía automáticamente en abono para el huerto y que afloraba a la superficie mediante un mecanismo que lo mezclaba con el agua procedente del rio, destinada al riego por inducción.

El techado era una enorme placa solar que proporcionaba mediante un termostato la energía que la celda necesitaba para una temperatura estable a lo largo de todo el año. Además tenía un enchufe para alimentar a la placa de cocina, otro para proporcionar energía a la tabla voladora y a los aparatos del huerto, y un tercero para la depuración de los residuos humanos.

Elisenda entró por primera vez en su celda agarrada a una mano. Nunca había sentido nada igual.

Intimidad

Elisenda y Eloína se soltaron las manos, se miraron a los ojos, hicieron un gesto de asentimiento e iniciaron un rito nuevo: el de quitarse su vestimenta. Eloína era una experta, pero Elisenda nunca había realizado nada igual. Estaba muy excitada porque nunca otra persona la había tocado y un mundo mágico se abrió para ella.

La malla que les cubría permanentemente el cuerpo era difícil de quitar. Quitársela a sí misma significaba iniciar un proceso lento y complicado que obligaba, en la mayoría de los casos, al desistimiento. Deshacer la atadura principal, la que cerraba la malla desde el coxis hasta la cervical, era un camino de difícil recorrido. Todo estaba pensado para que la malla fuese una continuación de la piel. Tenía una estructura tan porosa que permitía que el agua penetrase por ella para que así el cuerpo y la malla se lavasen al unísono. Ducharse con la malla puesta era el primer hábito que se enseñaba desde la niñez. Así se conseguía que la mayoría de las personas considerase a la malla como si formase parte de su ser.

Con la ayuda de otra persona todo resultaba más fácil. Eloína fue desatando, por la parte de la espalda, el fino cordón que hacía de costura desde la cervical hasta el coxis. Una vez deshecha la costura principal todo fue fácil. La malla cayó al suelo y las piernas se deshicieron fácilmente del tejido que las aprisionaba.

El color de la piel de Elisenda era de un blanco rosáceo que contrastaba con el de Eloina que era de un negro azabache. Ese contraste de sus cuerpos los hacía aun más atractivos. Cada una sintió el deseo de tocar el cuerpo que tenía a su lado. Pero eso vendría después. Lo primero que hicieron cuando sus cuerpos estuvieron desnudos fue cogerse de las manos, mirarse a los ojos y desnudarse el alma: cada una contó a la otra el texto integro que había memorizado cuando dejó su trabajo y se incorporó a la defensa del Valle.

Toda persona cuando terminaba su vida productiva y pasaba a la vida de defensa tenía que dejar grabado todo lo que tenía acumulado en su cerebro. Era un acto de confesión forzosa que quedaba registrado en los archivos de personal y que significaba el final de una vida de formación, de trabajo y de control. A partir de ese momento la vida degenerativa tomaba las riendas de su destino y el Estado se desinteresaba de su evolución. La persona que llegaba a esa situación ya solo tenía la función de defender el Estado e iniciar el camino hacia el pozo del olvido. La confesión quedaba registrada junto a la identidad de la persona en el archivo general y quedaba grabada en su memoria, pero había una gran diferencia: mientras en los registros de Estado lo grabado permanecía inalterable para la eternidad, la memoria de cada persona se iba debilitando y poco a poco los datos pasaban al olvido a medida que la enfermedad progresaba. Por eso el paso de la fase productiva a la fase defensiva se hacía en el momento mismo de aparecer el primer síntoma de deterioro de la memoria. Y por eso Elisenda y Eloína lo primero que hicieron fue intercambiarse lo que en ese momento tenían registrado en su cerebro.

Cuando todo estuvo dicho, cuando se dieron cuenta de que estaban totalmente desnudas, por fuera y por dentro, iniciaron el ritual del amor. Para Elisenda era la primera vez, sabía que era un paso de gigante en el proceso de su enfermedad, pero lo aceptó con agrado, con el agrado que Eloína le iba proporcionando. Ella era ya una experta, lo había descubierto en la ciudad de la Agricultura y lo había repetido varias veces, pero también para ella siempre era la primera vez porque siempre el rito va unido a la cara de la persona amada. Los pasos que fueron dando los disfrutaron de manera conjunta y tuvieron el sentido de lo único.

La verticalidad del amor

La celda donde se encontraban no estaba diseñada para la horizontalidad. Eloína lo sabía, por eso su imaginación recurrió a la verticalidad. De pie, frente a frente, ella iniciaría a Elisenda en todos los ritos del deleite. Las cuatro posiciones, de las que tenía un dominio perfecto, las aplicaría con la compañera nueva.

La primera verticalidad correspondía a estar una frente a la otra. Era la forma adecuada para empezar cualquier relación porque todo comienza con la mirada. La mirada era el tabú: lo prohibido. El Estado prohibía la mirada. Mantener los ojos fijos más de tres segundos era sospechoso de rebeldía ante la norma establecida. Era el principio de lo que denominaban enfermedad y el inicio del camino hacia la guerra y la muerte. Porque la mirada es el sendero por donde penetran los sentimientos, los buenos y los malos. Y a los sentimientos les echaban la culpa de todo lo malo que había ocurrido en el planeta.

Todo comienza con la mirada. Era preceptivo dedicar el tiempo necesario para reconocer perfectamente todas las partes del cuerpo. Siempre había que empezar por los ojos. El primer ejercicio era describir minuciosamente como eran los ojos de la persona que cada una tenía enfrente. Descubrir los ojos de la otra persona era descubrir los tuyos. Elisenda, en sus cien años de vida, nunca se había visto los ojos.

— Mírame a los ojos y dime cómo son —le dijo Eloína.

— Tus ojos son casi negros. Es un marrón tan intenso que se acerca al negro y no se distingue apenas la pupila. Tengo que fijarme mucho para distinguir esa línea fina que la separa del iris. En ellos hay un brillo cegador. Y tu mirada es dulce. Además tienes unas pestañas muy largas... preciosas.

— No te pongas zalamera.

— Es la verdad. Además huelen a mandarina, que es la fruta que más me gusta. Y ahora, dime, ¿cómo son los míos?

— Tus ojos cantan y me enloquecen.

— No, en serio, ¿cómo son? No me los he visto nunca.

— Son verdosos, en infinitas tonalidades. El verde se confunde a veces con el amarillo y otras con el azulado, pero en ellos hay una extraordinaria viveza y una chispa reluciente se asoma por diferentes puntos según por donde incida la luz. Me encanta pasar el tiempo mirándote.

Comenzaron a quererse por los ojos. Elisenda nunca había querido. Nunca había tenido el deseo de posesión ni el de ser poseída y por eso se sentía extraña. Pero quería profundizar en su extrañeza. Era una sensación dulce y así se lo transmitía a Eloína con el brillo de sus ojos.

— Ahora fíjate en mi cara. ¿Cómo es? —le preguntó Eloína continuando por el camino del deseo.

— Es negra y reluciente como todo tu cuerpo, pero lo primero que me llama la atención es tu pelo, tan negro y tan rizado que está llamando a mis dedos para juguetear con él.

— Tendrás tiempo de hacerlo. Ahora sigue con más detalles sobre mi cara, me gusta oír tu voz.

— Tu piel es bastante lisa, parece que no han pasado los años por ti. Tienes algunas arrugas que desaparecen cuando me miras y sonríes. Tu nariz es proporcional al tamaño de tu cara con una simetría perfecta, un tanto carnosa, haciendo juego con la voluptuosidad de tus labios.

— No me halagues tanto, sé imparcial y no me ocultes mis rasgos de vejez.

— No te halago. Es cierto que tienes menos arrugas que las personas de color blanco. Seguro que yo estoy mucho más envejecida. Dime, ¿cómo me ves?

— Sí, tú tienes una cara marcada por los años, pero me gustas. Cuando me miras acuden a tu frente unas arrugas respingonas que me hacen mucha gracia. También se notan en el rasgo de tus ojos, en el contorno de tu cara y en el cuello, pero me agradan, además se diluyen cuando te ríes. Sí, tú tienes una cara marcada por los años que se esconden cuando tersas tu piel y me sonríes. Lo primero que me atrae también a mí es tu melena. Tu pelo tiene una blancura especial, radiante. Marca tu personalidad, me encanta. Y me vuelves loca cuando respiras profundamente y cuando se iluminan tus ojos por el deseo.

— ¿Cómo notas que te deseo?

— Lo noto en el brillo de tus ojos, en tu respiración acelerada y, sobre todo, en la textura de tu cuerpo. Toda tu piel se estira cuando respiras aceleradamente y cuando un ligero temblor se apodera de ti.

— ¿Sí? ¿Lo notas?

— Lo noto y me doy cuenta de que coincide con lo que siento yo.

Siguieron recreándose en la visión de las partes de su cuerpo. Sus ojos se detuvieron en los hombros y en los pechos. Cuando llegaron a esa parte de su cuerpo sus manos se unieron y volvió a aparecer la palabra.

— Sobre mis tetas no me puedes adular porque me las veo yo —dijo Eloína.

— Entonces coincidirás conmigo en que son más duras y se mantienen más empinadas que las mías.

— Sí, coincido. Las tuyas están más flácidas y más caídas, pero son tentadoras. La idea de posar mi cabeza sobre ellas me atrae, pero lo dejamos para después, ahora es el tiempo de la vista y la palabra. Sigue por favor. Baja tu mirada por mi vientre y busca el tesoro que tengo escondido en la pelvis.

— El color de tu piel da un brillo especial a todas las partes de tu cuerpo y lo hace más atractivo. Tu vientre apenas tiene arrugas, el vello rizado de tu pubis hace más apetecible lo que se esconde dentro. ¡Ábrete un poco, por favor!

Y Eloína abrió sus piernas y tensó sus muslos al tiempo que se apartó levemente para que la visión de sus genitales fuese más directa. Elisenda nunca había visto a una mujer desnuda. Disfrutaba contemplando la belleza de su cuerpo al mismo tiempo que le ofrecía el suyo.

La vista fue el principio y el olfato fue el siguiente, pero el tacto no pudo aguantar más y se unió en perfecta sintonía con los dos precedentes. Elisenda miraba, olía y tocaba. Eloína hacia lo mismo, ambas se unían en un todo armónico que comenzó por la cabeza y terminó en los pies. Los ojos, la nariz, las manos y... la boca, porque hubo un momento en el que el gusto, cansado de esperar, se sumó al juego y, en conjunción perfecta, todos se movían al ritmo que marcaba el deseo.

Y el deseo en la primera verticalidad subía y bajaba, de la cara a los muslos, tocando, oliendo y lamiendo. Los ojos, la lengua, la nariz y los labios rivalizaban parándose en las orejas, en los hombros, en las axilas, en los pechos, en los abdominales y en el pubis. Y descubrieron los lugares más maravillosos y repitieron, para seguir jugando a subir y bajar, a oler y a gemir, a lamer y a chupar hasta quedar extasiadas. Y así, erguidas la una frente a la otra, comenzaron a abrazarse, a mover instintivamente sus manos desde la nuca hasta los glúteos, con lentitud pero sin pausa, y en un momento determinado cuando sus bocas se enredaron confundiéndose la una con la otra, apretaron sus cuerpos con todas sus fuerzas.

La segunda verticalidad era la de la espalda. Espalda contra espalda. Así se colocaron al tiempo que se agarraron con sus manos a la atura de los muslos. Lo hicieron de tal forma que al levantarlas podían jugar con ellas y acariciarse las partes escondidas de su espalda: la nuca, los omóplatos, la columna vertebral —desde las cervicales al coxis— y las piernas, desde los glúteos a los tobillos. Y mientras jugueteaban con las partes traseras de sus cuerpos con suaves movimientos de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo su imaginación volaba.

— Aprieta tu espalda contra la mía y dime lo que sientes —dijo ahora Eloína.

— Siento el roce de tu nuca con la mía, el contacto de tu espalda, desde los hombros hasta los glúteos. Percibo tu calor y el olor que desprendes. Noto el roce de tus brazos y mis manos tienden a unirse con las tuyas. Palpo tus dedos como si fuesen míos y sigo disfrutando del roce de tus muslos, de tus piernas y de los talones de tus pies.

— Aprieta todo tu cuerpo contra el mío y respira hondo —insistió Eloína mientras la cogía las manos y las elevaba por encima de sus cabezas.

Respiraban al unísono. Al inspirar sus cuerpos crecían, se hacían enormes y con el aire contenido en sus cuerpos sus músculos se rozaban con toda su textura. Tras unos segundos expulsaban el aire. Lo hacían despacio para notar cómo sus músculos se relajaban y con ellos relajados seguían palpándose con los poros de su piel desde la nuca hasta los tobillos.

Fueron reconociendo cada una el cuerpo de la otra como si lo tuviesen que grabar para siempre en sus cerebros. Y cuando sintieron que todos los rincones de sus partes traseras estaban reconocidos, Eloína se dio la vuelta y le dijo:

— Hasta ahora hemos disfrutado del amor en igualdad. En la tercera verticalidad debemos buscar la entrega y la posesión. Por eso tiene dos versiones.

— ¿Qué es el amor? —preguntó Elisenda.

— El amor es lo que nos han robado.

Eloína se colocó detrás de Elisenda y le susurró al oído:

— Todo está en la mente.

La tercera verticalidad consistía en colocarse la una detrás de la otra, por eso tenía dos versiones. La persona que estaba delante se entregaba. La persona que se colocaba detrás la dominaba. Por eso se colocó Eloína detrás, ella sería la dominadora porque era más experta, su enfermedad estaba más avanzada y la tenía más controlada. Además quería ejercer de maestra y enseñar a Elisenda todo lo que ella ya había vivido. Se colocó detrás del cuerpo de Elisenda para tener más control, para tenerla en sus manos: para poseerla.

— Relájate y piensa en lo que más te guste —le dijo Eloína.

— Sí, en lo que nos han robado.

Eloína acercó suavemente la parte delantera de su cuerpo a la espalda de Elisenda, que estaba en posición firme, totalmente quieta y relajada, obedeciendo fielmente sus indicaciones: las manos pegadas a los muslos, la mirada fija en el punto más alejado y la respiración serena. Sus cuerpos quedaron pegados desde la cabeza hasta los pies intercambiando su transpiración porosa. En esta posición las manos de Eloína tenían una libertad máxima para tocar el cuerpo de su compañera desde las rodillas hasta la cabeza. Comenzó masajeándole la frente. Lo hizo con mucha delicadeza y al tiempo que las yemas de sus dedos acariciaban las rugosidades frontales notaba cómo estas se estiraban para propiciar una cara más hermosa.

— Todo está en la mente —volvió a repetir Eloína— . No lo olvides. Hasta ahora teníamos unas ideas que nos habían inculcado. Eran esas las que nos habían modelado nuestra mente, las que guiaban todos nuestros actos. Ahora esas ideas las estamos perdiendo, se nos están olvidando, y a eso lo llaman enfermedad. Se nos olvidan unas ideas y aparecen otras nuevas, pero las nuevas aparecen con algo desconocido, con algo que antes estaba prohibido: aparecen con sentimientos. Por eso estás aturdida, porque están apareciendo en ti los sentimientos. Y eso es bueno, es una pena no haberlos descubierto antes, pero todavía estamos a tiempo. Lo desastroso hubiese sido habernos ido al pozo sin haberlos conocido. Por eso fíjate bien lo que hago yo en tu cuerpo y disfruta, disfruta sin miedo, sin reservarte nada, cada sensación nueva es un alimento para tu mente. Fíjate en mis manos y en las sensaciones que provocan en tu cuerpo para que luego tú lo intentes repetir conmigo. Esto es el amor.

Y Eloína pasó de la frente a la cara, acarició su mejilla, su nariz, el lóbulo de su oreja, y sus labios..., y cuando uno de sus dedos se introdujo por su orificio bucal notó como su respiración y su pulso se aceleraban. Notó como sus arrugas se estiraban y su cuerpo entero crecía. Crecía y se llenaba de vida, se rejuvenecía. Y ambas participaban de un gozo callado, silencioso, que solo se percibía por los gemidos y por los latidos de sus corazones.

Sus manos pasaron de la cara al pecho, masajeando antes los hombros y el cuello, y cuando sus dedos llegaron a sus pezones fue cuando le habló del circuito sensual.

— Todo pasa por la mente. Desde el último rincón de tu cuerpo, el dedo meñique de tu pie por ejemplo, hasta el centro de tu cerebro siempre hay un circuito. Es el circuito neuronal que recorre todo tu ser, que desde el pie te llega al cerebro para volver nuevamente al pie y que genera en tu cuerpo un escalofrío, una sensación maravillosa, única, un circuito que mantiene vivo el deseo y el gozo.

Elisenda no decía nada, solo gemía y alguna vez si algún sonido se escapaba de su boca era simplemente para decir, "sigue, sigue...", y cuando los dedos de Eloina se posaron en el vello de su pubis, cuando acariciaron sus rizos estirándolos con infinita suavidad, y cuando palparon el interior de sus labios vaginales sin apenas rozarlos fue cuando notó lo que nunca antes había notado: aquello por lo que había merecido la pena esperar cien años.

Extasiada de gozo asumió para siempre que convivir con la enfermedad era algo maravilloso. Agarró las manos de Eloína, las acercó a sus labios y las besó con infinita ternura. Se dio la vuelta, le miró los ojos y se colocó parsimoniosamente detrás, se apretó a su cuerpo, la rodeó con sus brazos y se dispuso a ser ella ahora su dueña.

Y comenzó a repetir con absoluta fidelidad lo mismo que Eloína había hecho con ella, a seguir los mismos pasos, a besar las mismas partes que ella besó y a palpar las que ella palpó. Y mientras lo hacía se le escapó una frase:

— De perdidos al río y a mí que me quiten lo bailao.

— ¿Qué dices?

— Será por la enfermedad. Nos vienen dichos de nuestros antepasados. A mí también me sucede. De todas formas tienes toda la razón. ¡Que nos quiten lo disfrutado!

— Sí, pero...¿Cómo he podido vivir sin tener sentimientos?

— Sí teníamos, teníamos otros. Es imposible vivir sin sentimientos porque es imposible dejar de ser personas. Teníamos sentimientos pero no éramos sus dueños. Era el Estado quien nos los imponía. Porque no éramos libres. Nuestra enfermedad se llama libertad: olvidamos los sentimientos impuestos y recordamos sentimientos de nuestros antepasados. Cuanto más avanza la enfermedad más sentimientos tenemos.

— Entonces hoy estoy más enferma que ayer.

— Según ellos sí. Según nosotras era ayer cuando estabas más enferma.

— ¿Quiénes sois vosotras?

— Somos quienes sentimos.

— Yo siempre he sentido.

— Entonces somos las que sabemos distinguir los buenos sentimientos, los propios de nuestra naturaleza, de los malos, los impuestos por el Estado.

— ¿Y cómo se sabe?

— Eso es lo importante, saber distinguir los buenos sentimientos de los malos. Yo me di cuenta pronto y supe que los sentimientos no fueron la causa de la catástrofe. La causa fue no saberlos distinguir. Hemos sido individuos aislados que solo sentíamos lo que nos inculcaron desde pequeños: el odio al pasado, la sumisión, la jerarquía, el cumplimiento de la norma, la obediencia, el automatismo..., hemos sido marionetas movidas por unos hilos manipulados por un Estado controlado por unos pocos. No nos han enseñado buenos sentimientos.

— ¿Y cuáles son?

— Uno es el que hemos sentido hace un momento: el amor.

— ¿Y hay más?

— Sí, la generosidad, la solidaridad...

— ¿Qué es eso?

— Lo irás aprendiendo poco a poco. Ahora debes descansar. El sol ha avanzado cuarenta y cinco grados desde tu llegada y debemos prepararnos para estar atentas esta noche.

Eloína había mirado al sol y se había dado cuenta de que el tiempo había transcurrido sin apenas enterarse. Desde la llegada de Elisenda, cuando el sol estaba en su punto más alto, hasta la posición actual, habían pasado más de cinco horas, pero ella no fue consciente hasta que el sensor de su muñeca le anunció que era la hora del descanso.

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