LA BATALLA DEL CENTENARIO

La batalla del centenario

"Somos un Estado agresivo. Siempre estamos en disposición de ataque. Las celdas están siempre atentas para evitar cualquier intento de invasión. Los cuarteles están preparados para cruzar el río y los regimientos están adiestrados para aterrizar en el corazón mismo de las ciudades fortaleza.

La guerra es perpetua. Sistemáticamente nosotros hacemos incursiones en el estado enemigo con resultado de millones de víctimas por ambos bandos. Pero esta batalla tenía otras connotaciones. Hacía cien años que se produjo la Hecatombe y ambos estados necesitábamos una acción bélica exitosa. Nosotros nos propusimos llegar hasta los jardines del bunker. Nunca habíamos pasado de la segunda fortificación, pero esta era la batalla del centenario y habíamos preparado y enfervorizado a nuestro ejército para una victoria histórica".

— Así comenzó ELhoY a contarme la batalla del centenario.

— Sigue, por favor, estoy expectante.

"El sistema defensivo del Estado I está constituido por un centenar de ciudades fortaleza situadas todas ellas a una distancia de unos doscientos kilómetros de la orilla del río. Dos ciudades fortaleza por cada uno de nuestros regimientos. Cada ciudad tiene un número de defensores próximos a los cien mil.

Su estructura es parecida a la de una enorme pirámide cuadrangular de cuatro alturas. La diferencia radica en que no es una estructura maciza, sino que alterna las zonas edificadas de diferentes alturas, fortificaciones, con espacios en los que se comparten las calles y las zonas ajardinadas. Las zonas edificadas ocupan un espacio reducido de la ciudad comparado con la inmensidad del espacio abierto. En ellas habitan las personas en celdas de dimensiones muy reducidas destinadas exclusivamente al reposo. Los grandes espacios de calles y jardines tienen una doble misión: la separación de cada fortificación y la de socializar a las personas que las habitan. Las zonas edificadas son bloques de celdas hormigonadas y pegadas unas a otras sin fisuras y sin comunicación entre ellas y que configuran la fortificación.

La primera línea de defensa de la ciudad es una muralla cuadrangular, de un material sintético imposible de penetrar por las armas utilizadas en el combate, de una altura en torno a los cinco metros y finalizada por un sistema de almenas, de un metro de separación y de metro y medio de altitud, de material refractario. Un sistema de escaleras situadas cada cincuenta metros sirven para subir al adarve de la muralla: una calle de dos metros de anchura. La muralla se alza unos tres metros sobre la base de la ciudad y su vigilancia les corresponde a las personas más dispuestas para la muerte, las del nivel uno.

A la ciudad se accede por cada una de las diez puertas que hay en cada uno de sus cuatro lados, una por cada cuatrocientos metros. Se cierran herméticamente en el momento de la batalla, lo que hace imprescindible el abordaje para poder asaltarla. El dilema que tenemos siempre es el de decidir el lugar más apropiado para el aterrizaje de nuestros aparatos voladores. Hacerlo en el exterior de la ciudad lo más cerca posible de la base de la muralla es lo más acertado. Es lo que hemos hecho en todas las batallas excepto en una. De esta forma se salva el campo de visión de los arqueros enemigos y situamos a nuestros atacantes en disposición de escalar la muralla con las botas adherentes diseñadas para ello. Tratar de introducirnos directamente en el interior de la ciudad fortaleza, en el espacio situado entre la muralla y la primera fortificación, es siempre una opción tentadora. Lo hicimos en el noventa aniversario, pero fue un autentico fracaso. Desde las celdas fortificadas lanzaron un sistema de mallas metalizadas que impidieron la salida de nuestros aparatos voladores y dejaron atrapados a nuestros espadas. Desde entonces no lo hemos vuelto a intentar.

La primera fortificación es cuadrangular y sus lados miden alrededor de cuatro kilómetros. Está edificada con celdas unipersonales de dimensiones mínimas. Allí viven las personas más ancianas, las primeras dispuestas a la muerte. Las celdas, separadas de la muralla por un amplio espacio, están pegadas unas a otras sin ningún tipo de fisura, constituyen un bloque hermético de cuatro metros de altura que a su vez hace de segunda muralla y son el primer fortín de la ciudad piramidal. Cada celda tiene dos puertas: una que da acceso a la muralla y otra que la comunica con la segunda fortificación. Las personas que las habitaban tienen la misión de vigilancia desde la muralla. En los tiempos de tregua cubren solamente una de cada diez almenas y se turnan cada seis horas. En la batalla son la primera línea de resistencia, ocupan todos los puestos y con su equipo de arquero tienen que repeler el primer envite nuestro. Una ranura vertical con las dimensiones precisas para el disparo de la flecha con un ángulo de visión de unos cuarenta cinco grados les permite localizarnos y tratar de darnos muerte.

A la segunda fortificación se accede por un sistema de puertas coincidentes con las que dan a la calle y que se cierran también herméticamente al comienzo de la batalla. De esta forma los defensores de la fortificación uno solo pueden pasar a la dos por el pasadizo que hay en el interior de su celda.

La edificación de la fortificación dos consiste en un sistema de celdas adosadas de dos plantas. Las celdas de cada planta son dobles y están orientadas en dos sentidos: unas con puerta de salida hacia la fortificación uno y otras con puerta de salida hacia la tres.

Para acceder a la tercera fortificación las dificultades aumentan aún más. Las diez puertas coincidentes por cada lado son sustituidas por túneles, los T3. Cuatro túneles subterráneos, uno por cada fachada, que tienen un doble sistema de seguridad. El habitual, que es conocido por los habitantes de ambas fortificaciones, y el de estado de sitio, que solo es conocido por el Alto Mando. Su estructura es idéntica a la de la segunda, pero con tres plantas.

La fortificación cuatro, a la que llamamos bunker, es prácticamente inexpugnable. Allí se encuentra el Alto Mando. Nunca en nuestras numerosas incursiones hemos conseguido entrar allí para capturar y destruir a sus líderes. Lo llamamos bunker porque está herméticamente cerrado y porque disponen de alimentación y de oxígeno para periodos de tiempo superiores a la esperanza de vida de las personas que llegan a esa situación de mando. Se accede por una puerta blindada que en los momentos de guerra permanece cerrada. De él salen las órdenes y se controlan todas las situaciones que se desarrollan en los momentos de la batalla a través de los sistemas tele informáticos".

— Descansa un poco, que me estoy perdiendo — la interrumpió Elisenda.

— Sí, describir la estructura de una ciudad fortaleza es bastante complicado. ELhoY me lo tuvo que repetir varias veces y aún no lo tengo muy claro, así que no me extraña que tú te pierdas.

— También es una excusa.

— Para...

— Para esto — y Elisenda sin dejarle terminar la frase planta un beso en los labios de Eloína.

— Para esto me puedes interrumpir siempre que quieras.

— Pues sigue, que así lo haré.

"Diseñamos una estrategia de guerra supeditada a que el mayor número de muertes afectase a las personas que vivían en los regimientos —siguió contándome ELhoY— . Ellas serán las encargadas de asaltar la muralla y de entrar en las ciudades fortaleza. Están perfectamente adiestradas. Las personas de los regimientos serán las últimas en actuar, pero serán las definitivas en el resultado final de la batalla. Son las más enfermas y llegarán ebrias de satisfacción al combate. La noche anterior a la batalla vivirán la Noche de la locura. Todas podrán dar rienda suelta a su enfermedad. Desaparecerán los ojos visores, se administrarán a los hombres y a las mujeres la píldora de la felicidad, el Estado se irá a dormir y dejará a sus súbditos dedicados al abandono. La única consigna que pondrá el Estado esa noche a las personas de todos sus regimientos será: Esta noche haz lo que tu cuerpo te pida. Mañana ve a por la victoria".

— ¡La noche de la locura! Cuéntame más sobre esa noche.

— Te contaré lo que me contó ELhoY.

— Sí, por favor.

— Es la única noche de amor a la que tienen derecho todas las personas ciudadanas del estado D. Está reconocida en las normas y consiste en poder hacer todo lo que ha estado prohibido a lo largo de toda la vida.

— O sea, reconocer que nos han estado engañando todo el tiempo.

— Según ellos es la muerte feliz.

— ¿Y se hace lo que hacemos nosotras todos los días?

— Sí. Y con todas las combinaciones posibles.

— ¿Combinaciones?

— Sí. Mujeres con mujeres, hombres con hombres, hombres con mujeres, en grupos de dos, de tres o de los que se quiera. No hay límite.

— Un engaño. La ciudadanía hace el amor el último día de su vida. Los jefes lo hacen cuando les da la gana. Un engaño.

— El mayor engaño posible. Nosotras nos vamos a engañar muchas veces y vamos a retrasar lo más posible el último día.

— Buena idea. Sigue con la mentira, perdón batalla.

"Los cuarteles serán los encargados de hacer frente a la fortaleza enemiga en la llanura. También podrán morir algunas personas, pero estas están menos enfermas y es necesario protegerlas más. El ojo visor permanecerá atento la noche anterior a la batalla, se sustituirá la píldora nutritiva por una copiosa cena de manjares festivos y se terminará con el licor de la batalla. Un licor dulce y armonioso que proporcionará la tranquilidad y la cordura necesaria para sortear los peligros del combate. Podrán morir algunos porque el azar es siempre caprichoso, pero el Estado protector tiene diseñado el paso de las personas que sobrevivan para la repoblación de las bajas que se registren en los regimientos.

El número de muertes de las personas que habitan las celdas debe ser casi nulo. Ellas son las más sanas y tienen que coger el testigo de las que perecerán de los cuarteles. El Estado cuida con especial esmero a las personas que habitan sus celdas, les controla su enfermedad con analíticas periódicas y les hace un seguimiento exhaustivo de las píldoras nutritiva e inhibidora".

— ¿Y todas estas mueren sin gozar de la noche de la locura? — la interrumpió Elisenda.

— Así es.

— ¿Por no haber llegado al final de la enfermedad?

— Correcto.

— Qué vergüenza. Ni siquiera hay igualdad en el campo de batalla.

"Con estos objetivos se diseñó el plan de guerra. Atacaremos siempre por el este y a la salida del sol. Primero todas las celdas cruzarán el río y avanzarán parapetadas con sus escudos hasta fijar la posición frente a las ciudades fortaleza. Se mantendrán a una distancia prudencial para evitar ser alcanzadas por las flechas enemigas. Su misión será provocar al enemigo, irse acercando paulatinamente hacia la muralla para comprobar hasta dónde alcanzan sus flechas. Un juego macabro, acercarse demasiado significará correr el riesgo de ser alcanzado por las flechas y que estas lleguen con la suficiente fuerza como para traspasar el escudo protector y penetrar en su cuerpo. Quedarse demasiado lejos significará no facilitar lo suficiente el camino a los arqueros que serán quienes deban afinar su puntería para colocar las flechas en la pequeña abertura de las almenas. La misión de las celdas será esa: provocación y tanteo. Una vez conseguido el objetivo de situar a los cuarteles en el punto estratégico más adecuado para alcanzar su misión pasarán a ser retaguardia. Avanzarán detrás de los arqueros para cubrir las posibles bajas de los escudos.

Los cuarteles entrarán en la batalla una vez que las celdas hayan tomado posición en el territorio enemigo y se situarán en la explanada este. Serán transportados en aparatos voladores y ocuparán la zona localizada por las celdas. Estarán divididos en dos grupos: los escudos y los arqueros. Los primeros avanzarán emparejados formando una fila parapetada tras sus escudos. Dos personas formarán una unidad de protección. Una llevará el escudo en su mano derecha cubriendo las piernas hasta la cintura y con la izquierda se emparejará con su compañero. Este a su vez utilizará la mano derecha para enlazarse con su pareja mientras que con la izquierda sujetará el escudo que cubrirá el tórax y la cabeza de ambos cuerpos. Unidas todas las unidades protectoras como los eslabones de una cadena se construirá una fila que protegerá a los arqueros.

Avanzarán muy despacio porque los escudos, a pesar de estar hechos de un material sintético, son grandes y difíciles de controlar. Además, su campo visual será muy limitado. Detrás y pegados a ellos irán los arqueros. Cuarteles y celdas avanzarán cautelosamente esperando la primera lluvia de flechas. Cuando el cielo esté cubierto por las flechas lanzadas por ambos bandos las naves acorazadas de los regimientos llevarán a sus atacantes a la base de la muralla de cada ciudad fortaleza.

Las personas adiestradas para el manejo de la espada treparán por las paredes de la muralla con sus botas adhesivas e intentarán penetrar en el primer nivel de la ciudad fortaleza. Allí se librará la batalla más cruel. Se enfrentarán con los defensores del primer nivel donde los mejor preparados para la lucha les esperarán. Lo harán parapetados con su traje de guerra detrás de cada almena. Habrán disparado todas sus flechas y ahora estarán con las espadas en alto esperándonos para quitarnos la vida.

Los nuestros lo sabrán y llegarán a la muralla con el escudo protector en una mano y la espada atacante en la otra. En lo alto de la muralla, en cada almena, se librará el primer combate cuerpo a cuerpo. El enemigo tendrá ventaja, sus pies están perfectamente apoyados en el suelo y su escudo y su espada gozan del privilegio de la gravedad para conseguir que los nuestros caigan. Pero los nuestros estarán bien preparados, en sus pies dispondrán del imán salvador que les sujetará fuertemente a la muralla. Así la lucha se convertirá en una mezcla de fuerza y de maña; ellos defendiendo, nosotros atacando.

Nosotros seremos más. Sabremos que entre almena y almena hay un hueco estrecho que debemos aprovechar. Así lo haremos, mientras uno de los nuestros se empareje con otro de los suyos en cada orificio de la almena, un tercero se colocará entre los dos e intentará saltar por encima de la almena.

Ellos estarán vigilantes desde la segunda fortificación y desde la ventana de cada celda habrá una flecha apuntando a la persona que intente superar la almena. El objetivo fundamental de la batalla del centenario será pasar la segunda fortificación y la tercera hasta llegar a las puertas del Bunker para morir en sus jardines.

La batalla del centenario fue un éxito rotundo. Las celdas fijaron sus posiciones correctamente y el número de víctimas no superó el millar. Hicieron una retirada perfecta y en sus caras se reflejaba la satisfacción por haber participado por primera vez en una batalla histórica. Los cuarteles abrieron hueco en la muralla, colocaron sus flechas con precisión en los huecos de las almenas inhabilitando al enemigo y facilitando la llegada a la base de la muralla de nuestros aparatos voladores. El número de bajas fue insignificante, menos de cien mil. Su retirada fue triunfal, con cánticos de esperanza porque en su mente se albergaba el anhelo de pasar a los regimientos y ser ellos quienes tuviesen el honor de morir en la próxima batalla. Y los regimientos llegaron al corazón de todas las ciudades fortaleza donde descansaron en el pozo del olvido. Dos millones perecieron en los patios y jardines de nuestros enemigos dando satisfacción a sus deseos. La enfermedad llegó a su fin: una noche de locura y una muerte honrosa.

Hubo más de dos millones de muertos. Nunca en los cien años de la historia del nuevo Estado había habido un número tan alto de víctimas. Las ciudades del adversario quedaron inundadas de cadáveres. Allí descansarán. Permanecerán eternamente en el campo enemigo como señal de nuestra victoria. Fue una invasión digna del acontecimiento histórico que celebramos. No será la última porque siempre estaremos alerta y dispuestos a infringir otra derrota al enemigo. Nuestra felicitación al Consejo Supremo de la Defensa y a la GRAN SABIA que nos dirige.

Con este comunicado pasó a la historia la batalla del centenario. Todos los datos quedaron registrados en el archivo de la memoria porque así los contaron los narradores de los hechos. Los testigos insensibles de los acontecimientos: los simuladores.

Los simuladores de celdas las acompañaron para fijar sus posiciones pasando desapercibidos. Los simuladores de los cuarteles fueron escudos y arqueros sin ser descubiertos por los humanos y captaron con sus ojos visores todos los momentos de la batalla en la llanura. Los simuladores de los regimientos treparon por la muralla desconcertando al enemigo, combatieron como los humanos y se retiraron. Los simuladores de los regimientos fueron los únicos que salieron de cada ciudad fortaleza grabando para la historia los patios, los jardines, las calles, las celdas y la muralla repletas de cadáveres. Los simuladores de la información, camuflados en todos los campos de batalla, transmitieron sus crónicas a todos los rincones de todos los pueblos del estado D y en todas las hemerotecas quedó registrado que en la ciudad fortaleza número 1 fueron veintitrés mil cuatrocientos cincuenta y cinco quienes gozaron del privilegio de pasar al olvido en el territorio enemigo.

Con la misma precisión quedó registrado el número de seres que gozaron del mismo privilegio en el resto de las noventa y nueve ciudades fortaleza. Siendo el total de quienes pasaron al olvido en la célebre batalla del centenario de la Hecatombe de dos millones cincuenta mil novecientos sesenta y cinco.

Los simuladores contadores de la historia de la batalla, una vez concluida su misión, se desintegraron por el método de restauración de los procesos naturales y cada elemento del sistema periódico volvió a su origen".

— Así me lo contó ELhoY. Y así te lo cuento yo

— ¿ELhoY era el jefe?

— Uno de los jefes. Él estaba en el Consejo Supremo de la Defensa.

— Pero ¿participó en la batalla?

— El Consejo Supremo de la Defensa nunca participa en las batallas. Las dirigen desde el centro de operaciones del Estado Mayor, el regimiento 51. Lo hacen a través de los visores y los altavoces de los satélites instalados en los aparatos voladores.

— ¡Vaya, qué injusto!

— Sí, ellos solo reciben las condecoraciones.

— Vergonzoso.

— Sí, el propio ELhoY lo reconoce. Por eso queremos que cambien las cosas. Pero esa es otra cuestión. Y hoy se nos ha hecho la hora.

— Sí, ya me has contado bastante.

La controladora

Eloína salía a su huerta y cantaba todos los días nada más despertarse. Era un acto llamativo porque sabía que Elisenda saldría a observarla. Y cuando la veía aparecer unía a la voz el movimiento y el ritmo. Su cuerpo se cimbreaba y se volvía liviano y frágil como si recuperase la juventud. Todo él adquiría la tonalidad del viento y levitaba como si fuese su imaginación en vez de sus piernas quien lo controlase.

Entonces se paraba el tiempo para las amantes. Protagonista y espectadora se fundían en la llama del deseo y ya nada podría ser controlado. Eloína danzaba, los movimientos acudían a su cuerpo como si una fuerza ancestral llamase a su puerta. No sabía muy bien ni cuándo ni por qué empezó a cantar, pero sí sabía a ciencia cierta que cuando MsiTa 0.5. cantaba desnuda a ella se le empezaron a mover las piernas y ya no pudo parar.

La danza y el canto eran el preludio del gozo. Cuando Eloína, extasiada, dejaba de danzar, su cuerpo era recibido con un enorme abrazo por Elisenda, que había pasado a hurtadillas a su parcela. La contemplaba ensimismada y solo esperaba que cesase en sus movimientos para abalanzarse sobre ella y llenarla de besos. Sus cuerpos jugaban a tocarse, a mezclarse y a confundirse. Sucedía todos los días excepto cuando esperaban la llegada de la controladora.

Periódicamente, una figura del departamento de inteligencia revisaba el estado de las celdas y observaba la evolución de la enfermedad de la persona que la habitaba. Para Elisenda y Eloína era una figura indeterminada. No se ponían de acuerdo sobre si quien les controlaba era un ser humano o era un simulador diseñado por el departamento. Elisenda pensaba en la primera opción mientras que Eloína lo hacía sobre la segunda. No podían resolver su incógnita porque desde su ingreso en las celdas el tiempo de identificación humana se había suprimido.

Nunca era una visita anunciada, pero ellas tenían un instinto especial que les permitía adivinar cuándo llegaría la controladora con un margen de error muy escaso. La visita era fugaz. Aparecía en el pájaro volador y desaparecía minutos después. Recorría todas las celdas a velocidad de vértigo y no tenía más misión que la de controlar que la normalidad se cumplía en todas ellas.

Se limitaba a comprobar que la celda estaba ocupada, que los aparatos que había en las diferentes zonas del habitáculo funcionaban perfectamente y que los mecanismos de comunicación estaban activos. También hacia un seguimiento del desarrollo de la enfermedad de quien ocupaba la celda para comprobar si seguía su curso con normalidad.

Se consideraba evolución normal al proceso de concienciación hacia el desenlace final: la muerte en la batalla y el descanso en el pozo del olvido en el territorio enemigo. También entraba dentro de la normalidad la evolución del cuerpo en un estado aceptable de deterioro. La visitadora tomaba muestras de saliva y de sangre y grababa un cuestionario limitado estrictamente a preguntas y respuestas sin ningún análisis valorativo. Preguntas y respuestas acumulativas que pasaban al Estado Mayor y que servían para determinar el orden de prioridad para el acceso a los Cuarteles primero y a los Regimientos después.

La controladora hacia visitas aleatorias, pero con el paso del tiempo fueron descubriendo los momentos de mayor y de menor posibilidad. Por eso Eloína programaba sus canciones y sus danzas a las horas más seguras de intimidad. No es que temiera ser descubierta, sabía que su actitud sería considerada como un proceso de avance degenerativo de su enfermedad, pero quería reservarlo para su intimidad, un secreto que solo perteneciese a ella y a Elisenda.

Ese día fallaron en sus previsiones. La controladora se presentó en la celda de Elisenda a una hora inhabitual, al finalizar la tarde. Era la hora más imprevista porque era el tiempo de descanso previo al de vigilancia. Nunca habían recibido una visita a esas horas. Por eso Elisenda y Eloína estaban en el huerto y bailaban. Así las encontró la controladora. No las encontró en ninguna situación erótica, como hubiese sucedido si se hubiera retrasado unos pocos minutos, pero estaban juntas. Y eso ya era una forma de infringir la norma.

Pero la controladora no venía a hacer una inspección rutinaria, el cambio de su horario no fue debido al comportamiento de Elisenda ni respondió a ninguna estrategia relacionada con su conducta. Llegó a la celda número 117 del cuartel 107 del regimiento 11 para recoger a Elisenda. Su ciclo en las celdas había terminado. Su destino estaba ahora en el regimiento 51, en el cuartel general del estado Mayor. Debía participar en el juicio del invasor. Sería la testigo principal.

La controladora podría haberse llevado también a Eloína, pero no. A por ella vendría después. Solo un día pasó desde que la controladora se llevó a Elisenda hasta que regreso a por Eloína. Lo hizo con la misma celeridad, posó su aparato volador frente a su celda y mandó a su cerebro el mensaje de que recogiese su maletín personal y la acompañase. El aparato volador descendió en la explanada del segundo cinturón de la ciudad de la justicia y Eloína salió siguiendo a la controladora. La llevó hasta un lujoso apartamento del enorme edificio de Asesores del Consejo de los Justos.

Los asesores del Consejo de los Justos eran los segundos en el organigrama de poder de la Ciudad de la Justicia. Estaban en contacto permanente con los miembros del Consejo y eran seleccionados por cada uno de ellos. El enorme edificio donde se alojaban estaba separado del Consejo de los Justos por una enorme plaza.

Eloína llegó hasta el apartamento siguiendo los pasos de la controladora que, con un ligero ademán, le indicó que entrara, le pasó a su cerebro el chip de asesora del Consejo de los Justos y desapareció. El chip empezó a funcionar y una sensación de asombro se apoderó de ella. Nunca había visto nada igual. El simulador asistente se presentó y le dio la primera instrucción: Soy el simulador asistente 43 43 43 de la asesora NAhrA 4.1. encamínese a la habitación ropero y elija uno de los trajes que allí tiene. Cuando haya elegido uno indíquemelo. Le despojaré de la malla y le ayudaré a vestirse.

Eloína retrocedió en el tiempo. A su mente vino la imagen del simulador mutante 55 55 55 que la acompañó en el proceso de procreación. Y apareció la añoranza. Pensó en su infancia, cuando tenía seis años y el cielo se cerró. Y cuando acudió a su mente aquella palabra...

Cuando eres niño una palabra puede ser un mundo. A veces cuadrado, otras circular y siempre moviéndose. Un mundo sin nombre que canta por la mañana y que llora cuando los árboles pierden las hojas. Un mundo que te persigue cuando corres sin moverte y que te hace volar cuando estas atado. Un mundo que te acecha y que te llena de miedo. Mucho tiempo después descubrí que era cierto, que llevaba un mundo a mis espaldas y que me asfixiaba porque no podía ponerlo nombre. Lo encontré en el tiempo de la duda, cuando me di cuenta de que todo en lo que había creído era falso y que las criaturas que había llevado en mis entrañas y que me arrebataron en el tiempo de la exaltación eran mi razón para amar. Entonces supe que esa palabra era un mundo y tenía un nombre: madre, y que me había faltado durante toda mi vida.

Eloína pensó en los momentos de confusión de su alocada juventud, cuando no sabía distinguir con firmeza al ser humano del simulador, porque todavía no había gozado del calor de las personas y se tuvo que conformar con el descubrimiento del gozo en aquel aparato que era tan fiel a sus deseos y tan adaptable a los caprichos de su imaginación que le proporcionó su primera satisfacción. Pensó en sus tres descendientes. Calculó sus edades, oscilarían entre los sesenta y tres y los sesenta y siete. No se había acordado mucho de ellos, pero ahora ante la orden del nuevo asistente le volvieron a su mente. Se los imaginó engañados, como lo estaba Elisenda y quiso recuperarlos y contarles todo lo que le estaba contando a ella. Llegó a la habitación ropero y las estanterías repletas de ropas, todas desconocidas, todas atractivas la volvieron al presente. No imaginaba cómo podían acoplarse a su cuerpo, pero no dudaba de que con la ayuda de quien se había presentado como su asistente se adaptaría a la perfección a su contorno. Un cuerpo que ahora veía reflejado en el espejo de una de las paredes de esa inmensa habitación y que le parecía hermoso. Más hermoso que nunca, porque nunca se había visto reflejada así, con todas sus proporciones expuestas ante sus ojos. Un cuerpo viejo, pero lleno de vitalidad, con una piel carnosa, mofletuda, pero lisa y con una negrura abrasadora. Y unos ojos que brillaban y que miraban atónitos lo que se reflejaba en el espejo.

Nunca habían visto un edificio tan grande, ni unos aparatos que subieran trepando por las pareces acariciando el aire y mostrando una naturaleza salvaje, con plantas exóticas, de diferentes formas y tamaños. Un aparato que se paró donde la mente de la controladora le indicó. Antes de acceder a la planta treinta y cinco se concentró en la panorámica que se ofrecía ante sus ojos y disfrutó de un paisaje solamente comparable con el de los glaciales del Sur.

El edificio de cincuenta plantas y de más de ciento cincuenta metros de altura se confundía con la naturaleza. La rugosidad de sus paredes, la sinuosidad de su contorno —compaginando la verticalidad con salientes oblicuos— y la opacidad de algunas de ellas con la transparencia de otras, lo convertían en una joya arquitectónica que se confundía con los árboles de la naturaleza. Cedros, palmeras o tecas, compartían espacio con plantas exóticas, orquídeas, helechos, bromelias y formaban el paraíso del regimiento 51 del valle. Un lugar estratégico a la orilla de un río que alcanzaba allí su máxima anchura, y donde la tranquilidad de sus aguas serenaba la mente de quien lo contemplaba.

Todo un mundo nuevo se presentó ante sus ojos. En el espejo de esa pared inmensa, que servía de entrada a un habitáculo de enormes dimensiones situado en la planta treinta y cinco del edificio de Asesores del Consejo de los Justos, vio su vida. Vio su pasado, vio su presente y vio un futuro que nunca se había imaginado: un futuro libre.

Volvió a pensar en sus hijos, en recuperarlos y en conseguir para ellos también un futuro libre. A su mente acudieron pensamientos que nunca antes había tenido. Recordó sus caras, tan negras y tan diminutas las tres, con las manos inquietas buscando siempre su pezón para agarrarse. Recordó el momento de las despedidas y no pudo entender como ahora sentía más dolor que en aquel instante. ¿Qué le hicieron para no sentir dolor entonces? ¿Y qué le han hecho para sentirlo ahora?

Su asistente leyó sus pensamientos y la devolvió al tiempo real: Tendrá tiempo de recrearse en todos esos recuerdos, porque aquí disfrutará de un horario especial para esos menesteres. Pero ahora concéntrese en elegir su ropa.

Antes de decidirse por el traje que debía ofrecer a su simulador asistente su mente dio otro giro y pensó en Elisenda. La vio salir el día anterior y no la dejaron despedirse. No sabía nada de ella y estaba muy inquieta, se negaba a pensar que pudiese perderla como había perdido a tantas otras. Se la imaginó en otra habitación idéntica, con sus mismas dudas, pero con otros recuerdos; se preguntó si ella habría tenido la misma suerte, lo dudó, lo dudó porque Elisenda nunca había disfrutado de la vida, fue ella quien la enseñó a vivir. Se la imaginó dudando sobre qué ropa escoger. Qué podía escoger una mujer que había pasado toda la vida con su cuerpo tapado por una malla. Se la imaginó y deseó que siguiera formando parte de su futuro porque no concebía un futuro libre sin ella.

Tuvo que ser su simulador asistente quien, conociendo el laberinto por el que deambulaba su cerebro y su incertidumbre para elegir la ropa, la aconsejase: Las medias hasta la cintura y la túnica morada es la ropa más apropiada para estar en sus habitaciones. Puede empezar así y cuando quiera cambiarse solo tiene que pensarlo y yo me daré por enterado, yo estoy conectado a su pensamiento.

Desprenderse de la malla le supuso una contradicción. Se alegraba de disfrutar de su cuerpo, de concederlo la libertad, pero tenía aprecio por esa malla que había sido como su segunda piel. El simulador detectó sus pensamientos: No se preocupe, no destruiremos la malla, la guardaremos para el recuerdo y si alguna vez la añorase tanto que quisiera recuperarla lo podría hacer. De todas formas se irá adaptando cuando note la libertad en su cuerpo y cuando vea al resto de personas dar paseos por la ciudad con esas ropas tan sofisticadas.

Aceptó sumisa las indicaciones de su asistente y con su ayuda se despojó de esa segunda piel que le había acompañado durante toda su vida y cubrió su cuerpo, ahora totalmente libre, con una túnica morada, de una textura tan suave que parecía acariciarlo. Comenzó a recorrer sus aposentos, lo hizo con lentitud, curioseando todos y cada uno de los rincones. Observó objetos que nunca había visto, pero que, cuando los captaban sus ojos, llegaba a su cerebro la definición de lo que eran. Algo muy raro le estaba sucediendo. Veía una cosa sujeta en la pared y a su mente acudía la definición de cuadro, la definición de pintura y la definición de arte. Y apreciaba la belleza de las obras de arte de la era antigua mientras que una sensación de absoluta relajación se apoderaba de su ser.

Cuanto más paseaba por su apartamento, cuanto más percibía esa sensación de placidez al contemplar los objetos que adornaban sus habitaciones y, sobre todo, cuanto más sentía las caricias de la túnica sobre su cuerpo, más se acordaba de Elisenda. Cada habitación era un estímulo para que su cerebro se la imaginase a su lado. Pasear agarradas de la mano era su sueño. Disfrutar del agua conjuntamente era su deseo, porque el agua era lo nuevo, lo que más le llamaba la atención y de lo que nunca había disfrutado. El apartamento tenía lujosas habitaciones, tenía un dormitorio muy amplio con una cama como no había visto nunca y tenía un salón repleto de recodos para recostar el cuerpo, pero lo más espectacular era el inmenso salón de baño y masaje. Y el simulador volvió a acudir en su ayuda: Sé que está sorprendida, pero yo la guiaré por los placeres del agua.

Sí, estaba sorprendida, pero aún faltaba la sorpresa mayor: la puerta de su apartamento se abrió y ante ella apareció ELhoY.

— Bienvenida — fue su recibimiento.

— Es para mí un gran honor estar a tu disposición.

— Tenemos mucho trabajo por hacer, pero hoy disfruta de tu nuevo destino. Sigue fielmente los consejos de tu asistente. Disfruta de todos los placeres. Más tarde recibirás mis indicaciones por nuestra vía habitual.

— Sí, pero tengo un deseo muy especial.

— Dime

— Quiero contactar con Elisenda.

— Tranquila. Todo llegará.

— Pero ella...

No le dejó terminar la frase.

— Sí, ella está tan desconcertada como tú.

Eloína y ELhoY se miraron y se dijeron muchas más cosas que las que habían pronunciado con sus frases.

Confidente

El regimiento 51, Estado Central, está ubicado en el Estado Atlántico Oeste Sur, donde nació Eloína. Es donde se encuentran todas las instituciones y donde se toman todas las decisiones. Su Consejo Supremo de la Defensa es el máximo órgano de poder y sus decisiones afectan a todos los estados federados.

Los doscientos veinticinco sabios que integran el Consejo representan a todos los estados integrantes y a todas sus instituciones fundamentales. Cien corresponden al Consejo de Sabios del Estado D. Cincuenta elegidos por los Consejos de Sabios de cada una de las instituciones. Cincuenta en representación de los Asesores. Y veinticinco en representación de los Confidentes.

El Consejo tienen la responsabilidad de garantizar la seguridad, el orden, la paz, la justicia y la convivencia. Toman las decisiones por unanimidad y la máxima responsabilidad corresponde a La Gran Sabia, que es la persona de más edad que aún conserva el deseo de mantenerse con vida y que es capaz de demostrar ante el resto de los consejeros su mayor sabiduría. Su ubicación en la zona ancha del río y la proximidad a su desembocadura lo convierte en el punto neurálgico de todo el Estado D.

El río es una muralla natural que hace prácticamente imposible ser atacado con lanchas o barcazas. No obstante tienen diseñado un sistema de lanzamiento de flechas automático que imposibilitaría cualquier intento de ataque: cien mil aparatos simuladores de defensa están siempre dispuestos para lanzar aleatoriamente hasta sesenta flechas por minuto. El enemigo lo sabe y nunca en los cien años de guerra ha osado intentar un ataque. Además el Estado I no es agresivo, toda su estrategia de guerra está basada en la defensa.

La tranquilidad reina siempre en el Estado Central. Una enorme urbe con la mirada siempre puesta en el Gran Río. Todos sus edificios están orientados hacia él. Lo están la ciudad de los grandes palacios de los Sabios, las ciudades de los Asesores y las ciudades de los Confidentes.

Los palacios de los Sabios son enormes edificios diseñados combinando la arquitectura antigua con la moderna. En cada uno de ellos se albergan uno. El más espectacular es el de La Gran Sabia, el siguiente en grandilocuencia pertenece a ELhoY 6.4.

Las ciudades de los Asesores están constituidas por edificios enormes. Cada ciudad lleva el nombre de la institución que representa y se encuentran separadas entre sí por una red de canales y jardines. A la de la Justicia llegó Eloína.

Las ciudades de los confidentes son edificios de menor altura y están separadas de las ciudades de los asesores por enormes parques: los parques de los paseos. Los confidentes pasean, se miran a los ojos todo el tiempo que sus encantos lo requieren y sobre todo hablan. Son un espacio de paseo y un lugar de diálogo. Conviven personas de diferente sexo y no hay ningún límite a sus relaciones afectivas.

Los edificios son acogedores, están separados por grandes avenidas y espacios ajardinados y tienen nombres de la era anterior. Al edificio de la Armonía a un habitáculo situado en la cuarta planta y con una gran azotea desde la que se divisa el Gran Río, llegó Elisenda tras su estancia en la celda. Llegó como confidente. Ser confidente es una situación especial. Requiere que una persona que es sabia o consejera se fije en ti y reclame tu confidencia. Elisenda ocupó el habitáculo de la cuarta planta del edificio de la Armonía como confidente de Eloína porque así lo decidió ELhoY 6.4. Llegó el día en que la controladora fue a su celda y la trajo al regimiento 51, pero ella entonces no lo sabía. Lo supo una semana después tras un tiempo de ensueño y de añoranza.

De ensueño, porque todo lo que le sucedió le pareció ficticio. Nunca pudo imaginar que estar todo el tiempo que quisiera mirando a otra persona no fuese delito. Nunca pudo imaginar que tocar la mano a alguien no estuviera penado. Ni que lo pudiera realizar sin que en su interior se produjese un enorme remordimiento. Que apareciese como norma la toma de la píldora tranquilizadora y que la nutritiva viniese siempre acompañada con manjares que antes solo había podido comer en los festejos del Estado. Y sobre todo porque los sentimientos, que ahora sí llegaban a su espíritu, venían acompañados de la tranquilidad y el sosiego. Y de añoranza porque aunque en su mente reinaba la tranquilidad, siempre, desde la primera hora del día hasta cuando sus ojos se cerraban y su consciencia se iba, tenía un recuerdo para Eloína.

El primer día, cuando le cambiaron el chip de celda por el de confidente, lo pasó mirando al río. Mirando al río desde la azotea y desnuda. Desnuda porque no supo qué ropa ponerse y porque le desapareció el pudor. Lo que tanto la perturbó a su llegada a la celda ahora había desaparecido por completo. Era una sensación inexplicable que le hacía recordar no solo a Eloína sino a lo que le había contado sobre MsiTa.

Se quedó absorta viendo atardecer, observando cómo el sol fue adentrándose en sus aguas hasta desaparecer. Fue un instante sublime porque al penetrar el sol en las aguas del río sus rayos refulgieron negándose a desaparecer y formaron un espectáculo único. Todas las tardes a esa misma hora subió a la azotea a gozar de la puesta de sol y a recordar a Eloína. Siete días la tuvo en su cabeza, hasta que el octavo se posó ante sus ojos, se acercó lentamente hacia ella y posó su frente junto a la suya.

Para entonces Eloína ya había tenido tiempo de dormir con ELhoY, de disfrutar de los placeres del agua y de disipar todas sus dudas. Ya sabía que él era la persona con más poder en el Consejo Supremo de la Defensa después de La Gran Sabia, ya sabía que iba a ser el presidente del jurado en el juicio contra el invasor, sabía que él fue el responsable de que Elisenda fuese su confidente y sabía que las dos iban a poder disfrutar de la vida sin temores ni remordimientos. Pero sobre todo, y se lo había dejado muy claro ELhoY, sabía que Elisenda tenía que censurar sus propios pensamientos.

Por eso, lo primero que hizo Eloína cuando se encontró en el habitáculo de Elisenda fue apoyar su frente junto a la de ella, apoyar sus manos sobre su cabeza, concentrarse al máximo y transmitirle el chip del pensamiento alternativo.

La confianza entre las dos amantes era absoluta. Cuando Eloína apoyó con fuerza su frente, apretó con sus manos su cabeza, se concentró en ella y pasó a su cerebro el chip del pensamiento alternativo, Elisenda lo recibió satisfecha y comenzó a pronunciar frases diferentes a las que acudían a su mente. Eloína supo desde el primer momento distinguir cuál era el pensamiento cierto de los dos que habitaban en el cerebro de su amada.

El chip del pensamiento alternativo solo funcionaba cuando las ideas que acudían a su mente no eran las que se correspondían con las normas establecidas por el Estado. Entonces aparecían en la mente de quien lo sustentaba la duplicidad de las ideas: las establecidas, que inmediatamente eran captadas por el chip oficial, y las alternativas, los pensamientos verdaderos que solo eran captados por la persona que tuviese en su cerebro otro chip de pensamiento alternativo. Así pasaban desapercibidas por el chip oficial.

El nuevo chip no afectaba a los sentimientos relacionados con el placer del reencuentro por lo que sus besos, sus caricias y sus frases llenas de alegría no tenían que ser disimuladas. Tampoco afectaba a los halagos que mutuamente se dirigieron ni al reconocimiento de un habitáculo espléndido y de un lugar maravilloso.

Pero sí afectaba al proceso del juicio del invasor.

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